Perfiles

El ideal de perfección en el Ariel de Rodó

Antonio Hermosa Andújar | Universidad de Sevilla (España)

 

Para Dino Pastine, preferido de las musas.

 

Juventud es un término usado por Rodó no sólo en su usual sentido descriptivo, sino también en un sentido valorativo. En el primer caso, además de una fase determinada del desarrollo del hombre, comprende a todos los que se hallan en dicha fase. Como tal se conforma el héroe inicial y final del libro; o, alterando los factores, el destino de la esperanza y el resorte que la habrá de realizar. Cuando Rodó ha terminado de invocar en tal modo a la juventud, ésta es ya, también, una fuerza moral (pág. 53); es decir, hemos entrado en el segundo caso, con el que se resalta determinado estadio cultural del desarrollo de ciertos pueblos ("juventud de los pueblos"), o bien se designa el permanente y mutante vuelo del ideal que la ensoñación humana aspira a encerrar en una jaula de perfección. Juventud es entonces o la inmortal Grecia [2], magnánimo regalo de los dioses a la historia, o bien la primavera del alma, ese haz de valores encarnado según Rodó en Ariel, el genio shakespeariano de La tempestad -la razón y el sentimiento imperando sobre la irracionalidad, el altruismo en la acción, la espiritualidad de la cultura, etc.-, y que el presente lega a sus jóvenes como tarea a realizar en un próximo futuro. Entre ambos estratos del tiempo, entre la realidad y el ideal, y entre éste y las fuerzas que deberán darle vida, emplaza Rodó el grueso de su discurso, que da forma aun proyecto social construido sobre los pilares de la ciencia moderna y de la teoría democrática. En su discurso se atisba, asimismo, el supuesto una filosofía de la historia dominada -bien que no de manera absoluta- por el progreso. A la caracterización de tal ideal, a la crítica de la cultura actual que implica, así como a la crítica del mismo, dedicaremos las páginas que siguen.

El ideal de perfección dibuja un sujeto dotado de ciertas facultades que no puede dejar sin desarrollar. Razón, sensibilidad y sentimiento constituyen otras tantas capacidades diferenciadas de cada individuo, que obedecen a estímulos distintos y persiguen objetos diferentes. Cada una por su lado, reclaman su parte alícuota en la regulación de la conducta de su titular. Pero la perfección, lejos de realizarse cuando los derechos de una se imponen por sobre los de la otra, o cuando sólo una de ellas hace valer su poder en su propio ámbito jurisdiccional, exige que la armonía reúna a las tres en el trazo del círculo de la existencia. No acepta, pues, ni la solución clásica dejada en herencia al cristianismo ya parte del mundo moderno, ni la solución contemporánea, abogada de una especialización utilitarista que deja al hombre a medio hacer. Cuando ese individuo se mire en el espejo del pasado, verá quizá la imagen, algo desvaída, del hombre renacentista (pero ahora definitivamente exiliado de la corte y por lo tanto en la escala ampliada de la sociedad civil, con mayor hondura en sus ideales y más alto rango en sus pasiones); y verá también -afirma Rodó- la imagen del hombre ateniense, ese dechado de prodigios que hizo del concierto de sus facultades la divisa de su vida, llegando por ello a forjar un modelo hoy a todas luces irrepetible (pág. 62).

Acabamos de decir que, para nosotros, la perfección ideada por Rodó supera la ideal del modelo clásico; y también que, para Rodó, dicho modelo es hoy irrepetible: ¿acabamos, pues, de incurrir en una contradicción al interpretar en tal modo el pensamiento del ensayista uruguayo? Veámoslo un poco más despacio. Lo que hace irreproducible el modelo ateniense no es la cualidad de sus materiales, ni el conjunto de elementos que reúne y aúna, su perfección intrínseca, en suma, sino el hecho -histórico- de que la cultura griega discurría por los cauces de una "graciosa sencillez", claramente en contraste con la "creciente complejidad" de la civilización actual. Ahora bien, pese a las limitaciones que ésta impone -según veremos casi a continuación- al pleno desenvolvimiento del sujeto, no sólo hemos constatado que Rodó no ha renunciado a su ideal, ni ha dejado de considerar posible la actuación de "los intereses del alma" [3]; asimismo, si bien por nuestra cuenta y riesgo, lo hemos considerado no sólo distinto, sino también superior a ese lujo cultural constituido por el ideal ateniense que Rodó elevara a arquetipo.

Hay, creemos, por lo menos tres razones para esa doble afirmación. En primer lugar, la incorporación al ideal del sentimiento, que la "moral armoniosa" de Platón (pág. 77) retradujera en pasiones e interpretara como parte concupiscible del alma, y a la que, por lo mismo, había reservado en su moral un castigo análogo al otorgado en su política a la clase social que la personificaba. En segundo lugar, característico del ideal de Rodó, aun llegando a acoger una cierta superposición de estratos -el sello de la jerarquía cuando vincula personas o cosas-, era el equilibrio de sus partes constitutivas; vale decir, el reconocimiento de la regla de la armonía entre elementos antaño en conflicto. Por último, en nuevo y terminante paso adelante -la clara presencia del mundo moderno-, Rodó incorpora al acervo de su hombre nuevo un ingrediente despreciado por esa parte de la cultura helena que el propio Rodó evoca (a costa de sublimar lo que toma y olvidarse de parte de lo mejor de la misma): la dignificación del trabajo [4], ese instrumento de servidumbre para el -adorado- dios Platón y para su mejor apóstol, Plutarco. En la morada del ocio clásico, "pensar, soñar, admirar" (pág. 67) puede ser actividad y fin del hombre libre. Pero por mucho que se enaltezca todo ese ambiente del espíritu, hoy no puede ser suficiente para encontrar al hombre perfecto que se busca. De hecho, cuando Rodó fija a continuación en el atleta Cleantes la figura del nuevo modelo a seguir, quiéralo o no está, a la vez, rindiendo un homenaje al estoicismo (que en este punto bebe en la fuente de Hesíodo, y no, desde luego, en Platón), mientras se aleja de esa Atenas que nunca existió como el propio Rodó la quiso, redimiendo una parte de su propio mundo.

Así pues, el nuevo ideal de perfección convoca a todas las fuerzas del hombre tanto a desarrollarse como a hacerlo en armonía. El sujeto alcanza la plenitud cuando su actividad hace visible ese fenómeno interior que para Rodó tiene el vigor de un axioma: "la íntima armonía del espíritu", "la unidad fundamental de nuestra naturaleza" (pp. 57, 59 y 82-83), eficaz garantía de una posible comunión de los seres racionales, en la que cada uno se muestra como sinopsis de la Humnidad en su conjunto. Esa comunión complementa por el lado de lo común las cualidades y vocaciones particulares que cada uno lleva en su persona, y que le harán decantarse por uno u otro trabajo. Un ser común y singular simultáneamente es, pues, el ser pleno. Un ser, por tanto, que, siendo así, ejecuta en sí mismo la sinfonía de sus facultades, y simultáneamente interpreta la no menos importante facultad de la solidaridad social. Justo lo contrario del hombre contemporáneo, al que la ley de la especialización no sólo exilia la armonía de su espíritu, sino que le hace perder de vista la sociedad, que por ello se convierte en pasto de su ignorancia y egoísmo. El conflicto entre ambos tipos de hombre, el existente y el buscado, ejemplifica en su reducida escala el conflicto entre dos modelos de sociedad, la real y la futura. Hasta el momento, hemos visto la tensión entre ambas, pero es menester reconocer que el río del tiempo no traza en su curso únicamente grandes barrancos que fatalmente aíslen unas de otras las diversas culturas que lo habitan, sino que, con mayor o menor intensidad, las posteriores mantienen una cierta deuda con las anteriores. Por consiguiente, nos toca ahora caracterizar la fisonomía del presente, con el fin de constatar cuál de sus rasgos, y en qué modo, ayuda a integrar la identidad del ideal.

Sin duda, desde la atalaya del concepto, lo primero -y más fundamental- que se advierte al relacionar el presente con el futuro es un choque; y lo segundo, la primera víctima del mismo: el sentimiento de lo bello (pág. 71). Por la importancia del personaje se medirá la del daño, y para Rodó la muerte de la belleza no es un crimen cultural más, sino casi el principal magnicidio, un baldón que de por siempre estigmatizará la civilización de la utilidad. Téngase presente, en efecto, que nos hallamos en pleno planeta del arte, que ocupa uno de los centros neurálgicos de la actividad del sujeto, el de la sensibilidad, y constituye uno de los criterios básicos para tasar la cualidad civilizatoria alcanzada por los pueblos a lo largo de su trayectoria histórica. Se trata de un planeta cuya órbita mantiene, por si fuera poco, puntos de contacto permanente con las de la moral, la justicia y el conocimiento.

Cuando el presente sacrifica su tiempo al ídolo de la inmediatez, y sus aspiraciones a la forja del individuo parcial está lesionando la exigencia de universalidad promulgada por el ideal de perfección, y con ello está también dañando el arte -en suma: el lenguaje de la forma graciosa, del gusto, el sentimiento de lo bello-, esa herramienta del espíritu en grado de satisfacer la exigencia de universalidad en dos maneras. La primera, que Rodó toma directamente de Schiller, consiste en impulsar como ninguna otra actividad humana la armonía de las facultades, reforzando así la proclamada unidad interior de la naturaleza humana [5]. La vertical alianza entre el mundo superior de la moral y el inferior de la naturaleza que procuraba el arte en las Cartas sobre la educación estética del hombre es retraducida horizontalmente aquí como armónico equilibrio de las virtualidades humanas. Pero el arte es más que un aliado de las "idealidades" superiores (el bien, la justicia y la verdad), por la sencilla razón de que es, en realidad, un componente de ellas. Ciertamente, Rodó se cuida bien de señalar que el bien o la caridad [6], por sí mismos, valiéndose de "groseras apariencias" o de "medios toscos" -vale decir, sin el añadido de la forma hermosa y selecta-, adquieren santidad suficiente y producen sus benefactores efectos. Pero no es menos cierto que enseguida añade que el alma bañada en el sentimiento de la bello tiene medio camino recorrido para distinguir el bien del mal; que la virtud misma es un "arte, un arte divino"; y, sobre todo, que dicho sentimiento constituye una auténtica pedagogía de la justicia, porque nunca el deber se impone más segura y fácilmente que cuando la hace como armonía. Añade, por último, que la propia caridad o el mismo bien intensifican sus efectos -son más bien y más caridad- cuando la forma antes omitida se añade a sus preceptos [7] . Más aún, el poder del arte es tal que, precisamente, se hará notar más cuanto más se aproxime la humanidad a su ideal, pues en ese punto del trayecto "se concebirá más claramente la ley moral como una estética de la conducta" (pág. 75). La segunda vía de acceso que conduce desde el arte a la universalidad se recorre cuando se considera el arte en su papel histórico de difusor cultural. Las ideas y demás productos con sello humano engendrados por los pueblos adoptan la delicadeza y la gracia de las formas artísticas como vehículo preferente -cuando no único- en sus viajes por el espacio o por el tiempo en busca de otras culturas. Es precisamente bajo dicha configuración como antes ganaron reconocimiento y primero se les rindió pleitesía (pp. 80-81) [8] .

El mal de la cultura del presente se extiende, empero, más allá de las fronteras del arte, afectando también a la producción intelectual -a la que lo repele tanto como a la que la justifica- y a la organización política. Vayamos por partes. La crítica del interés inmediato, el imán que atrae toda la energía de la cosmovisión utilitarista, no se ha producido sólo desde un proyecto social movido por las palancas del altruismo, la espiritualidad o el sentimiento de lo bello, y anclado en el futuro. Ha recibido otras respuestas que han concretado su rechazo de la sociedad emanada de la revolución industrial y del desarrollo del capitalismo, bien apostando por una vuelta al pasado, bien retirando toda confianza al porvenir . Romanticismo y nihilismo están de acuerdo en renegar de la sociedad industrial, aun cuando se contrapongan en el modo de afrontar el destino. El primero, en efecto, eleva ciertos modos de convivencia del pasado a religión y sueña para el futuro un dios ya sepultado por la historia. El segundo sacrifica incluso al dios de los sueños: la esperanza de un mejor mundo posible y la convicción de que la voluntad posee el secreto que nos conduce hasta él. Nada, pues, tienen que negociar ambos entre sí con vistas a una posible historia profética, por decirlo con la gráfica expresión de Kant. Pero romanticismo y nihilismo coinciden en algo más, nos enseña Rodó: en la errónea valoración del presente, al que consideran una suerte de demonio, una especie de mal absoluto. Esto delata la ingenuidad de creer que existe algo -o alguien- tan perfecto como para ser sólo malo. Y en ello llegan a confluir con otras críticas de la cultura actual que, en cambio, sí tienen un proyecto para el avenir, y no lo cifran en restaurar alguna de las catedrales del pasado.

Que el presente está enfermo, y que la fisonomía utilitaria adoptada por su moral sea la enfermedad, es algo que parece concitar el acuerdo de la totalidad de las ramas que brotan del tronco común de la crítica. La coincidencia obtenida en el diagnóstico persiste cuando se enumeran las causas del mal, básicamente dos: el espíritu matemático de la ciencia moderna, tan falto de espiritualidad, y la paulatina instauración de la democracia, tan proclive al número. Con independencia de la diversidad de direcciones emprendidas por cada una de las corrientes del pensamiento, y de la divergencia de las soluciones propuestas -que desembocarían en conflictos recíprocos si quisieran aplicarse a un mismo territorio -constatamos, sin embargo, la coincidencia de la crítica a la democracia -Rodó prescinde de considerar la primera causa- en algún punto de sus trayectorias. La tentación cesarista del Idealismo alemán, con su vocación regia frente al dominio de la soberanía popular; el reduccionismo científico de Comte, que aspira a tratar el problema social como una cuestión natural más, y darle su correspondiente -y objetiva- solución mecánica; la exaltación de la cultura y de la cualidad de Renán frente al Calibán democrático son -en supuestos, método y fines- extraordinariamente diversos entre sí, pero, repetimos, comparten con sus mutuos adversarios el blanco del enemigo común: la democracia. Sin duda, añadamos, no es poco lo que el propio Rodó teme de aquélla, en concreto el poder de la vulgaridad sobre la "alta cultura", la posible degeneración de la igualdad jurídica en la ideología del igualitarismo [9], la dictadura de la cantidad, el recambio de unas desigualdades injustas por otras de la misma condición, etc. En suma, un miedo que no es sino un ramillete de temores que comprenden desde los del citado Renán, pasando por los de Tocqueville, hasta los suyos propios entre otros. Con todo, no es ésa, como veremos después, su última palabra sobre la democracia, pues cree perfectamente posible -forma parte de su ideal- compaginar la presencia del número con la selección cualitativa, evitar que el talento y el mérito acaben ahogados en el océano de la rutina y la mediocridad, y recompensar a los prohombres que los encarnan con el reconocimiento y el gobierno de la sociedad. De esta manera, supera la barrera de la medianía más a la manera del héroe de Carlyle -que se integra en aquélla- que del superhombre de Nietzsche, para quien constituye sólo el suelo por donde ha de pisar su bota (cfr. pp. 85-107).

La preservación de la democracia llevada a cabo por Rodó no sólo marca su distanciamiento crítico de la -por parafrasear a Marx con ánimo irónico- Crítica crítica (de la sociedad industrial); es asimismo una señal de la originalidad, el rigor y la profundidad del autor uruguayo, así como de su talante generoso y ecuánime. Se tratará, sin embargo, de una preservación que pasa por un cambio sustancial de su configuración actualmente en vigor, lo cual lo lleva a abandonar de inmediato el transitorio punto de encuentro compartido con la ideología oficialmente encargada de velar por el cumplimiento del status quo. Pero la nota común señalada resulta indicativa de la visión que el presente merece a Rodó. Si de ella habíamos visto hasta aquí únicamente sus disonancias respecto de la armonía que espera, es hora ya de completar la torva imagen general con los trazos amables que también la moldean.

Uno de los mayores obstáculos para el advenimiento del ideal es que el material a partir del cual debe ser elaborado, las sociedades industriales más desarrolladas, son precisamente las más aquejadas de la enfermedad que se trata de curar; es en ellas donde con mayor fuerza hace presión el interés, donde mejor rinde la utilidad y donde más se le exige a la educación no perder su tiempo y energías en ocuparse del espíritu. Ahora bien, llevar a cabo eso que tan bien hace, aunque entrañe el menoscabo de las "aptitudes individuales", es, pese a todo, "una condición necesaria de progreso" (pág. 60). No hay idealismo sin su correspondiente base material, y en la sociedad industrial la inteligencia resuelta en técnica ha preparado como en ninguna otra época histórica el dominio de la voluntad humana sobre la naturaleza, recabando del mismo unas cotas de seguridad y bienestar material que hacen factible la "florescencia de idealismos futuros" (pág. 85). La nueva organización productiva permite la satisfacción de las necesidades básicas de las sociedades, es decir, construye el pedestal requerido por el espíritu para batir sus alas en pos de la perfección. Tal es, en resumen, el aporte de la sociedad actual a los cimientos del futuro; éste no será como aquélla, pero tampoco será sin ella. La fábrica de sueños sólo se edifica cuando es posible soñar -aunque su funcionamiento también depende de que alguien quiera dedicar tiempo a sus sueños, y ese soñar despierto es la que el interés prohibe a la razón.

La civilización actual tiene un arquetipo de real: Estados Unidos de América. Es la vida material de la civilización de la utilidad, su acabado histórico, su perfección intrínseca. Por eso es menester, a los estrategas de un futuro más espiritual, lidiar con semejante toro, y por eso nosotros podemos valorar el resultado final de la lucha de Rodó con tal civilización analizando su visión del modelo. Presente y futuro, política y cultura se dan la mano en la formulación y resolución del problema siguiente: ¿debe ser el gran país del norte el referente para el desarrollo de los países del sur? O si se quiere, ¿debe ser el anglosajón el modelo cultural de la tradición mediterránea? Más simplemente, ¿debe Hispanoamérica imitar a Estados Unidos? Veamos a continuación cuál es la respuesta y cómo se llega a ella.

El concepto de imitación no goza del favor del pensamiento de Rodó, de la cual tiene la culpa una filosofía de la historia inspirada en la tradición herderiana. Los pueblos, a la manera de individuos ampliados, tienen una fisonomía y un carácter propios, dentro de los cuales es posible y precisa la innovación, pero no a costa de desdibujar su personalidad. Se fiará a la educación la paciente tarea de aligerar el peso de la herencia y las costumbres en su acomodo a la novedad de los tiempos, de remodelar tradiciones y leyes con arreglo a las exigencias y necesidades de la historia, pero evitando en el embate recurrir al sacrificio de su originalidad. Esa línea directriz gobierna la entera argumentación filosófica contra todo intento -y por consiguiente contra la idea, tan en boga- de imitación. El organismo vivo de un pueblo no podría asimilar la traslación mecánica de la cultura y las instituciones de otro, y resultaría tan ridículo como vano aspirar a forzar la imposible. No sólo eso: un pueblo acosado por el deseo de imitación está en trance de cometer una impostura moral, un acto de "abdicación servil" de su propia personalidad, es decir, de su historia [10]. En ayuda del argumento filosófico subviene otro de naturaleza histórica, en virtud del cual la imitación servil del modelo comprimiría los flujos de la cultura en un solo sentido y hacia una dirección unilateral, dando así al traste con esa constante de la historia que cifra en la acción simultánea y contraria el nacimiento de los más luminosos períodos de la civilización (baste al respecto el ejemplo de Atenas y Esparta). La consecuencia final, como es lógico, abogará por la preservación del dualismo cultural originario de América, que no anula sino que, al contrario, favorece la concordia y solidaridad entre los dos polos de la civilización.

El último argumento contra la imitación es estrictamente cultural, y se salda con la tesis de que el norteamericano es un modelo imperfecto y tosco. Con todo, antes de llegar ahí, Rodó rinde homenaje a cuanto de grande y aun majestuoso ve en Estados Unidos, delineando un cuadro de sus logros históricos en el que se adivina la mano de Tocqueville en los trazos que componen sus figuras. Entre ellos los hay de todo tipo; políticos, morales, económicos y sociales. Limitémonos a su recuento, pues son de tal calibre que casi en cualquiera de ellos se aprecia la huella del gigante. El derecho y la política, por ejemplo, le deben un reconocimiento inmortal, pues Estados Unidos ha sido el primero en sacar el arte de las brumas inseguras o imaginarias del ensayo o de la utopía y elaborar con él la efigie de la libertad; el primero en ser realista, pidiendo lo imposible cuando erigió la república sobre un gran territorio, y cuando dio con la solución federal en la organización del territorio al hasta entonces enigma político de conciliar grandeza y libertad en un Estado [11]. La moral tampoco ha dudado en inmortalizar su dignificación del trabajo, el valor absoluto otorgado al sujeto, la voluntad como forja del destino individual y, por supuesto, la preservación de la individualidad en medio de esa maraña de asociaciones que es al mismo tiempo uno de sus más emblemáticos distintivos y el músculo de su poderío social, y que puede observarse por igual en el campo de la filantropía, la investigación o la industria. Las esferas económica y social han agrandado sus espacios para dar cabida a una desconocida eficacia a la hora de resolver fines prácticos, a una incolmable saciedad por transformar la naturaleza en objetos para el bienestar privado y colectivo; ya un deseo universal de instrucción que no atiende a la cuna del niño, ya ese tan humanitario sentimiento religioso -añade Rodó- en el que la libertad puritana se funde con la piedad. Fábrica, escuela y templo conformarían, pues, el resumen institucional del ideario norteamericano, el urbanismo arquetípico que caracteriza, material y espiritualmente, el paisaje de la idiosincrasia estadounidense (pp; 115-l20).

Llegados a ese punto, lejos de postrarse ante la religiosa imagen del cuadro en actitud de veneración y recogimiento, de dejarse deslumbrar o seducir por su radiosa luz, Rodó lanza su osadía más allá, al preguntarse por la aptitud de la cultura norteamericana para dar cumplimiento a las expectativas intelectuales y morales acordes a nuestra civilización. Y lo que ve es una tremenda "fuerza en movimiento" que, sin embargo, carece de objeto al que dirigirse y de estimulo que la justifique. Una fuerza que ha roto el contacto entre las estaciones del tiempo, pues vive por y para el aquí y el ahora, lo que le ha hecho perder la memoria de los valores -derrotados- del pasado y cegar con el tabique del presente el horizonte del porvenir. Una fuerza que anega toda espiritualidad porque, adorando permanentemente al ídolo de la utilidad, vive volcada hacia sí misma, como un pez que se muerde la cola, demostrándose insensible ante cualquier tentación de belleza o altruista generosidad. Una fuerza, en fin, que presa entre los invisibles barrotes de su eficacia productiva, reniega incluso hasta del calor espiritual que sube de la contemplación de dicha eficacia, como el legítimo sentimiento de orgullo por la obra bien hecha, traducible incluso en la conformación de un cierto egoísmo nacional.

Así pues, cantidad sin calidad -o lo que es lo mismo, utilidad- es el histórico balance cultural del idealizado modelo del norte. Los "intereses del alma", los "derechos del espíritu" son fórmulas vacías e incomprensibles en la jurisdicción del interés inmediato y concreto, que flotarían como burbujas sin rumbo en un ambiente extraño y hostil al valor y al futuro. Cuando el espíritu atraviesa los espacios que la cultura norteamericana consagra a la estética, observa sólo mucha obra de arte, pero ningún gusto. Observa la rentabilidad dominando el ámbito moral del deber; la investigación enseñoreándose en el ámbito de la ciencia, pero sin preocupación por la verdad; el interés ejerciendo en la política un dominio tiránico sobre el derecho [12]. Nada, en suma, que justifique su elevación a futuro de los pueblos. A este respecto, contribuye como soporte material del que partirán los fines antevistos, pero que serán alcanzados por otros pueblos, o por el mismo Estados Unidos configurado de otra manera. El sentimiento, la razón, la "idealidad", como la llama Rodó, están en otro destino, y partieron de otros orígenes, que son, respectivamente, los de la nueva América -latina- y los de la vieja Europa -mediterránea-.

Estados Unidos era el hecho por antonomasia de la sociedad industrial, la civilización utilitaria hecha carne; de ahí que su crítica no fuera sino el compendio de la crítica de tal sociedad y civilización. Se le atribuía, en principio, un papel en la historia par al de un titán, pero a la postre se lo reconocía como un gigante con pies de barro. Capaz de suprimir mejor que nadie el tiempo que separa la idea de su realización, de hacer mejor y antes que nadie cuanto pudiera redundar en un beneficio individual o colectivo, se revelaba, sin embargo, incapaz de añadir y prolongar su actividad con sus emociones inherentes y orientarla hacia un futuro con valor; o de añadir a su material dominio del presente un sueño localizado en el porvenir. Por ello, Rodó sólo cuenta materialmente con él en la realización del sueño, en lo concerniente al dominio de la naturaleza, y por ello abandona su territorio cuando decide ir en búsqueda del ideal. Nos toca ahora a nosotros ver qué encuentra y comprobar cómo es posible, dejando para después su valoración.

Según Rodó, de los dos flancos del tiempo -inexistentes en el presente norteamericano-, y en concreto de un pasado cuya tradición se venera, y de un futuro [13] que se impulsa a poseer, surge la energía que lleva a las sociedades a intentar trascender las "limitaciones del presente" en aras de la obtención del ideal. El del ensayista uruguayo se personifica en Ariel, y reúne los siguientes atributos: "idealidad y orden en la vida, noble inspiración en el pensamiento, desinterés en moral, buen gusto en arte, heroísmo en la acción, delicadeza en las costumbres" (pp. 152-153). Pero cómo se llega a esa multiplicación de artistas encerrados en una única persona. Afirmábamos antes que el edificio de la perfección reposaba sobre dos pilares básicos: la ciencia y la democracia. Ha llegado la hora de explicitar dicho aserto. La nueva ciencia es fundamental porque la ley que preside su entero desenvolvimiento es la selección y la jerarquía (págs. 97 y 106) como agentes del progreso; es decir que coincide con el principio conducente al ideal, para el que se convierte en "inagotable fuente de inspiraciones morales". Será de este modo como reobre sobre la democracia a fin de hacerla compatible, en cuanto principio de organización sociopolítica, "con una aristarquía de la moralidad y la cultura". Con todo, la cabal intelección de tal idea exige retrotraerse hasta el origen mismo del discurso sobre la democracia, pues si bien ésta llega a ser valorada como "el más eficaz instrumento de selección espiritual", al principio había sido definida por la igualdad, y esa paradoja resulta en sí misma problemática.

La perspectiva de que el igualitarismo nivelase la vida humana aras de la mediocridad e impusiera el número como criterio de calidad infundía a Rodó, según vimos, el mismo temor que a los críticos radicales de la democracia. Y cuando se trataba de despojar a Estados Unidos de la consideración de espejo realizado del futuro, algunos de los encausados que peor parados salen son la banalidad de los fines, la venalidad de los medios, la tiranía de lo pragmático, el desprecio por lo espiritual de la libertad -todos ellos principios en la actual democracia norteamericana, de la cual habían terminado por exiliar la antigua virtud cívica. A pesar de todo, Rodó no duda en reconocer en la democracia uno de "los dos insustituibles soportes sobre los que nuestra civilización descansa" (pág. 99). No se tratará, por tanto, de rechazarla, ni tampoco de mantenerla americanizada, sino de reformarla para mantenerla. ¿Pero por qué se la reforma, por qué no se reconoce, como hacía Renán, que la uniformidad democrática es una enemiga nata de la selección intelectual y moral? Porque en el ideal de Rodó ni toda selección es buena ni la igualdad siempre mala. El problema es entonces hacerla compatible con la buena selección, lo cual -remacha Rodó- sólo en democracia es posible.

La primera verdad del Estado democrático consiste en atribuir a todo individuo idéntico derecho a aspirar a las "superioridades morales". Esto constituye la transcripción jurídica del igualitario principio antropológico que reconoce en cada miembro de la especie humana un ser racional naturalmente dotado de facultades susceptibles de un noble desarrollo. Y su primer deber, que es también su función, es poner a todos los ciudadanos en las mismas condiciones de salida. Pero existe una razón más a favor de la igualdad: su capacidad de allanar las injustas y arbitrarias desigualdades con las que un poder sin regla humilla a la naturaleza en sociedad, y con ese efecto precioso cuenta el ideal para realizarse. Será justamente entonces, cuando ya no hayan diferencias injustas porque todos estén en idéntica situación de salida, cuando la propia naturaleza, y con ella la justicia, reconozcan las diferencias de llegada como las únicas propias. Sólo así tiene sentido la existencia de jerarquías sociales, y sólo así surgen las "verdaderas superioridades humanas ", aquellas en las que los héroes de la moral -el carácter, la virtud, el espíritu-, al erigirse en destino individual, se elevaron a criterios de distinción social. El " imprescriptible elemento aristocrático", inmanente a toda democracia auténtica, queda así realizado. La consecuencia será el "dominio de la inteligencia y la virtud " en la sociedad y el permanente recambio de las élites donde ambos atributos se plasman, merced al generoso reparto de dones por la naturaleza, y por ende, una mayor cohesión y felicidad sociales. La noble aristocracia de la moral, que rinde homenaje al esfuerzo por ser mejor, reemplaza en la nueva democracia las vejatorias aristocracias tradicionales, aliadas del privilegio y la opresión, contra las que el espíritu democrático enarbolara el estandarte de la igualdad en señal de rebeldía.

Así pues, la gran contribución de la democracia, según la entiende Rodó, es su capacidad de ajustar la sociedad al paso de la ciencia y operar esa "selección de las costumbres " con la cual la política realiza en la primera las exigencias jerarquizadoras de la segunda. En otras palabras, la nueva democracia es la ciencia social práctica. De este modo queda instituida como condición y como contexto del ideal, el cual tiene ya, así, media obra hecha gracias a aquélla. Sólo queda determinar la idea que dará formas a esa materia, y a tal empresa nos toca ahora aprestarnos. Es decir, puesto que Ariel ya puede existir, hemos de intentar mostrar -muy sucintamente- de dónde le viene el ser, y cómo será.

Quizá no sería exagerado decir que para Rodó el Mediterráneo era algo así como la poesía de la historia [14]. Sus riberas dieron cobijo a las más altas ideas y sentimientos nunca producidos -e igualmente a sus expresiones humanas-, y barcos para extenderlos más allá de sus propios confines. Sus aguas bañaron los cielos de los más nobles ideales concebidos y ejecutados por cualquier civilización, dejando con ellos encantado al tiempo. Dos son los destacados sobre los demás: Grecia y el cristianismo, y de su mezcla saldrá la arcilla que moldeará la figura de Ariel. Grecia es "el alma joven", el tiempo sin edad, que en su principal joya, Atenas, uniendo cuerpo y alma, instinto y razón, trazó el círculo de la perfección originaria y el rumbo a seguir por todo aquel que sueñe ideales. La otra forma de juventud elegida por la historia es la del cristianismo [15], dominado por la sencillez, con su colorido de candor y gracia. La nueva perfección actualmente buscada surgirá del sincretismo de las dos juventudes en una sola, y se obtendría al "infiltrar el espíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega" [16]. Con todo, hemos de añadir que la nueva perfección es nueva no sólo en relación con el modelo actual, sino también con los dos modelos históricos antevistos. En efecto, aun cuando Rodó no haga ningún esfuerzo por resaltar las diferencias entre su modelo y el de los antiguos, éstas existen, ya que el nuevo, fundiendo en una sola obra trabajo y selección, igualdad y armonía, depura las versiones iniciales de sus respectivas tosquedades: al cristianismo, de su "ascético menosprecio por la selección espiritual y la cultura"; al helenismo, de su "aristocrático desdén por los humildes y los débiles" (pág. 107).

Su hombre, el nuevo tipo de joven idealmente madurado, no tendrá por tanto las características del ateniense -menos aún del platónico-, ni tampoco las del renacentista -menos aún si el prototipo es el de Erasmo-, si bien se parecerá mucho más a éste. Quizá la encarnación histórica que más se le asemeje sea la del schilleriano, pues tal vez es ésa la que más intensa y armónicamente aspira a conciliar razón, sensibilidad y sentimiento [17] en una pieza única -aun cuando tampoco renegará su estrecha filiación de parentesco con el trazado anteriormente por algún ilustrado, como Diderot, o con el que trazarán posteriormente liberales de la talla de Wilhelm von Humboldt o John Stuart Mill. La preservación de la igualdad por la democracia era, recuérdese, el punto inicial que permitía, finalmente, dar rienda suelta al genio en sociedad. A él, a ese mítico Ariel reencarnado, le correspondería el máximo reconocimiento y honor de la vida social, así como, por el derecho que le otorga tal mérito, la dirección política de la sociedad. Lo cual, a causa de la actual "concepción cristiana de la vida", no significa otra cosa que la conversión de tales derechos en "deberes", en el deber general de darse "a los demás en igual proporción que los excede en capacidad de realizar el bien" (pp. 103-104)18. De este modo, la justicia, en vez de ser sacrificada por la fuerza al interés, ocuparía en el altar de las aspiraciones humanas el lugar del dios al que la historia hasta hoy veneró como un desconocido y que la sociedad deseó siempre adorar. Ahora bien, ¿cómo se llega a tan anhelado paraíso, cómo tira la realidad del ideal hasta hacerlo suyo?

A lo largo de la historia de las doctrinas políticas, con inexorable frecuencia, el trayecto en el que el ideal debe hacerse real se convierte en el sendero de los pasos perdidos, y obras que nacieron sin vocación de utopía acabaron cayendo o bien directamente en ese limbo de la razón (en donde, también con inusitada frecuencia, aquélla pare monstruos), o bien indirectamente, a través del rodeo de su personificación por una agorera experiencia que metamorfosea el ideal en sueño. Platón y Kant son un ejemplo de los dos extremos que terminan en el mismo lugar [19]. La transición ideada por Rodó coincide, según creemos, con la primera variante del género apenas aludido, pese a su proclamada hostilidad al mismo. Y, añadamos, no es destino impropio ni dramático para una doctrina que en más de una ocasión ha caminado, como un equilibrista, con un pie en el vacío [20] el acabar dando un paso en falso que le haga perder los dos.

¿Cuál es el sujeto político de la transición, según Rodó? ¿Cuál es la estrategia a desarrollar durante ese lapso, tanto en el ámbito interno como en el internacional? El ensayista uruguayo presenta dicha cuestión práctica como mera teoría, como asunto puramente intelectual. En efecto, a la primera cuestión responde sustituyendo la política por una suerte de biología social, y de la segunda ni siquiera hace problema. De lo que se trata es de saber cómo los jóvenes lograrán hacer madurar el ideal en ellos y llevar la juventud al entero cuerpo social, a fin de dejar indeleble huella de su nombre en la historia y ocupar un lugar perdurable en la memoria de otros pueblos venideros. Esa tarea al inicio aparece sombreada por la duda, que se ve rápidamente erradicada por una esperanza mesiánica, confirmada a su vez con la certeza de un perfecto mañana que vendrá, y del cual ya se adivinan presagios en el presente (págs. 51, 55 y 145). Y la respuesta parece ser ésta: la juventud es una fuerza que, educada en la idea de que el mundo mejor es el mundo por venir, y excitada por el entusiasmo que en su corazón enciende dicha esperanza, debe alumbrar el futuro. Es la "obrera" de su propia fuerza, la responsable de sacar beneficio al "tesoro" que tal fuerza constituye, lo cual presupone el ser "consciente" de la empresa, de las penalidades que implica y los riesgos que supone. Pero también de las garantías que conlleva, por cuanto el "entendimiento", al "insistir en ser", desencadena un proceso imparable que, sin la ayuda de ningún otro agente de la vida individual o social, sólo se para cuando alcanza la cúspide de la sociedad. Y una vez instalado en el trono, reina; sin contestación ni límite, reina. ¿Y cuándo se producirá tan augusto evento? Pues ..., cuando se produzca, al decir de Rodó, ya que los portadores de semejante fuerza no deben competir con la prisa por llegar arriba, sino más bien preservarse "de las impaciencias que exigen vanamente del tiempo la alteración de su ritmo imperioso" [21].

Con todo, las cosas no son tan claras como parecen, y el resumen anterior nos adentra de lleno en el misterio, y no precisamente por su brevedad. ¿Quiénes son esos jóvenes depositarios del tesoro del futuro? ¿Son todos los jóvenes? Próspero -el de Rodó, no el de Shakespeare- se dirige a sus discípulos cuando habla a los jóvenes de sus tareas y responsabilidades venideras, en quienes ve la personificación [20]. ¿Pero representan realmente aquéllos a todos los jóvenes? ¿A los ilustrados como a los que no, a sus discípulos tanto como a los partidarios del pragmatismo de la utilidad o los devotos de la religión del interés? No se olvide, además, que estamos en América Latina, donde numerosas culturas indígenas se yuxtaponen a la occidental. ¿Comprende el ideal proyectado por Rodó a esa otra juventud? No hay respuesta a dicho interrogante en la presente obra, pero desechemos su versión negativa para no producir una primera e irreversible discriminación social. ¿Cuál será la obra de persuasión a llevar a cabo con estos otros jóvenes? ¿Quién y cómo la hará?

A ese altisonante silencio [23] siguen otros de enorme relieve social: ¿quién educaría a esos jóvenes y con qué ideas nuevas apuntalarán ideales antiguos pero renovados? ¿Qué garantías ofrece el conocimiento, aparte del fideísmo de Rodó (fiel discípulo aquí de Platón, no sólo en su deseo de llegar a la verdad, sino -y sobre todo- de mantener a los alumnos en el bien mientras se llega hasta ella)? ¿Qué mecanismo de prevención se ha establecido, a fin de restituir al conjunto su armonía, si durante el trayecto hacia la obtención del ideal alguno de los elementos del haz que la constituyen -por ejemplo, el heroísmo en la acción y el buen gusto en el arte- no madura a la par de los otros, se echa a perder o entra en colisión con los demás? También estas cuestiones, como otras muchas más [24], son guardadas casi en su integridad por el pensamiento de Rodó bajo el mismo velo que las anteriores, pese a constituir en fuerte medida la política de su ética. Por la demás, son también el secreto de esos frecuentes transvases semánticos -y confusiones- entre las dos acepciones impresas en el término juventud, y de los paralogismos que sellan su razonamiento, ya que los jóvenes que pueden aprender mediante el entendimiento la magia de la juventud, para distribuirla después por el entero organismo social, deben poseer previamente algunos de los elementos constitutivos de ese brebaje de perfección [25].

Pero demos un salto con la imaginación sobre el proceso de transición y figurémonos el ideal constituido como una sociedad más. ¿Qué modelo de futuro regalaría ese futuro próximo a otro más remoto? Ni más ni menos que el de una sociedad asentada en dos pilares inseguros a causa de sus grietas y, en cabal congruencia, un edificio que se desplomará sobre el organicismo y la desigualdad. Siendo aún más breves que en la crítica anterior, de por sí meramente apuntada, no queremos finalizar nuestra interpretación sin señalar que el primero de los pilares, el de la ciencia, de la que se resalta su apuesta por la cualidad, se presta eo ipso a la fuerte ideologización a la que finalmente se ha visto sometida. En su mundo regular y objetivo, el pensamiento que opta por la selección social halla esa garantía de universalidad que, en su opinión, acompaña como una de sus sombras a la verdad. El segundo pilar del ideal, la democracia, es también su sustancia, y su fiabilidad queda en entredicho en cuanto sornatiza de inmediato la endeblez del primero. Sin duda, es menester resaltar esa adscripción de Rodó a la escuela del individualismo democrático radical cuando anota como deber del Estado la creación de una igualdad que ponga a todos los individuos en idénticas condiciones de salida a la hora de buscar su múltiple y completa autorrealización -condición sine qua non, ya lo vimos, para declarar justa la desigualdad de llegada. Pero es la ausencia a referencias acerca de quién elige a los mejores o el umbral a partir del cual se actúan los criterios con los que se procede a la decisión lo que hace agitar en el espíritu el espantajo del arbitrio, infundiendo un cierto aire de inestabilidad al edificio. Y es su función de rectores de la vida pública lo que agita en el espíritu el espantajo de una élite infalible, comunicando a la inestabilidad sus aires de grandeza. Con esa medida, en efecto, Rodó suprime la democracia como sistema político, preservando sólo de ella el principio axiológico de la igualdad, medida a todas luces insuficiente, incluso para garantizar la supervivencia de la propia igualdad [26]. Pero es que, además, con una élite que es la encarnación colectiva del filósofo platónico, toda ella razón y moralidad, y que se renueva sin elección popular, dónde irán a parar esos dos voceros supremos de la democracia que son el pluralismo y la participación, sin los cuales puede haber política, pero ésta no puede recibir la calificación de democrática [27].

Así pues, y para concluir, tanto por lo que omite como por lo que resalta, tanto por su caracterización sustancial como por la del trayecto que lleva hasta él, el ideal de perfección de Rodó -que se remata en un individuo cabal y plenamente autorrealizado, entre cuyas misiones figura el deber de gobernar- expresa toda una serie de tensiones y exhibe tal cúmulo de insuficiencias como para legitimar la pretensión de la utopía de incluir el nombre de Ariel entre sus vástagos. Empero, en el proyecto de Rodó brilla con luz propia toda una pléyade de héroes cuyo vigor desafía tanto las citadas imperfecciones del razonamiento como la erosión inherente al paso del tiempo.

La aplicación de la ciencia a la mejora de la convivencia humana, la pasión ética que toca a rebato contra el dominio exclusivo del interés material, la sensibilidad estética como dimensión irrenunciable de la humanidad, la democracia como requisito y medio de la felicidad individual, o la confianza en un futuro al alcance del hombre y que éste puede hacerse a su medida forman parte del legado con el que el mundo del ensayista uruguayo ha entrado y se ha quedado en el nuestro.



 [1] No es que Rodó ignore la frivolidad de pensamiento, la acción reducida a juego o el solipsismo egoísta, ese triángulo de notas con que se califica negativamente la conducta de cierta juventud, pero no es ésa la que le interesa. Ver págs. 52-53 de la edición de Austral (Madrid, 1991), a partir de la cual citaremos en todo el articulo.

[2] "Grecia hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el ambiente de la acción, y el entusiasme, que es la palanca omnipotente" (pág. 47).

[3] "...cabe salvar una razonable participación de todos en ciertas ideas y sentimientos fundamentales que mantengan la unidad y el concierto de la vida, en ciertos intereses del alma, ante los cuales la dignidad del ser racional no consiente la indiferencia de ninguno de nosotros" (pág. 62).

[4] O, más en concreto, del "trabajo útil" (pág. 68). Señalemos aquí la indefinición de ese concepto, pues lo útil para Rodó no es lo útil para la cultura contemporánea, en cuyo seno prevalece un concepto de utilidad que, en parte, está en las antípodas del de Rodó, si bien le será útil a la nueva utilidad (más tarde veremos en qué sentido).

[5] Esa unidad queda proclamada contra viento y marea, pese al reconocimiento "de una belleza del mal y del error" (pág. 80), que aparentemente representa su fatal contravención. Pero se trata de un reconocimiento que Rodó valora casi como un accidente, como una excepción que refuerza el poder de la regla; regla ésa, la de la unidad, cuya validez alcanza por igual a individuos y sociedades.

[6] El término nos remite, ciertamente, al cristianismo. y éste será -como veremos después- el otro integrante del ideal de perfecci6n concebido por Rodó.

[7] En este sentido puede entenderse por qué, según Rodó, "dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia" (pág. 73).

[8] Por lo demás, el arte no ha agotado ahí su función. Recordemos, a título de mera información, que no hay amigo de la humanidad sin una porción de arte en su alma, y que su función moral adquiere tal relieve que llega a convertirse en "una segunda conciencia" (págs. 75 y 78).

[9] "El igualitarismo, en la forma mansa de la tendencia a lo utilitario y lo vulgar, puede ser objeto real de acusación contra la democracia del siglo XIX" (pp. 95-96).

[10] Señalemos que esta defensa a ultranza de la identidad de cada pueblo es perfecta y necesariamente compatible con la vocación cosmopolita que debe impulsar la acción de sus más preclaros hijos. Por eso no da lugar a ningún resabio nacionalista, ni es el rezagado alegato del romántico que quiere proteger al débil del apetito del fuerte (pág. 113). El trazo ilustrado final corrige el posible defecto de la línea romántica.

[11] Fue el primero en la práctica, pero no en la teoría. Rodó parece atribuir el mérito a Tocqueville -como anteriormente (pág. 57) atribuía a Guyau la idea de que, ante todo, los individuos deben ejercer la profesión de hombres. En ambos casos, no obstante, debería haber retrotraído el mérito a Rousseau, quien en el Contrato social primero, y en las Consideraciones sobre el gobierno de Polonia después, había puesto en circulación la primera idea. La segunda forma parte del patrimonio originario del Emilio.

[12] En realidad, Rodó ve la actual democracia norteamericana amenazada por dos males, pues al tradicional del número -con su desprecio tribal por lo selecto- se une el más tradicional aún de las riquezas (serían los trusts la pujante encarnación contemporánea de Pluto) (pág. 130).

[13] Ciertamente, el anhelo de perfección debe al futuro más que al pasado, pues "el porvenir es en la vida de las sociedades el pensamiento idealizador por excelencia" (pág. 151).

[14] y tan concreto, además, que no dudó en atrapar a sus pueblos en el cerrado molde de una "raza" (pág. 113).

[15] En concreto, la del cristianismo "naciente" (pág. 48), no su versión más próxima a nosotros.

[16] Según Rodó, esa fusión tendría además su figura propia en el epistolario de San
Pablo, manifestación primera de una caridad helenizada (pág. 77). -8

[17] En cualquier caso, en el ideal de Rodó desaparece la jerarquía que recorre vertical- mente el interior de la citada armonía o el carácter sincrético de moralidad y experiencia propios del elaborado por el gran dramaturgo alemán. Tampoco es la misma la ley moral que preside el ámbito del deber en uno y otro autores.

[18] y de ese nuevo orden social, el fundamento que le dará eterna estabilidad será el amor (ibidem).

[19] Un lugar, señalamos, adonde van aparar asimismo otros caminos que se sitúan entre ambos polos, como nos muestra con su caso Guicciardini.

[20] Recuérdese por ejemplo hasta qué punto el ideal idealizaba sus fuentes o, en el otro extremo, renegaba de sus condiciones materiales (con lo cual, por su parte, el futuro renegaba del inmediato presente, y el fin de algunos de sus medios).

[21] Hemos resumido brevemente un razonamiento cuyo planteamiento tiene lugar en la sección inicial del texto y su desenlace en la sección final (cfr. págs. 44-46 y 145 y 55).

[22] " A la juventud que se levanta... Quiero considerarla personificada en vosotros." (pag.145).

[23] Si se hubiera dado voz al problema, nos hubiéramos encontrado con el debate de dos problemáticas de diferente genealogía histórica pero de similar trascendencia social: el reciente de la multiculturalidad y el antiguo y recurrente de la conformación de una nación homogénea por grupos sociales heterogéneos, con el casi adosado de su constitución o no en Estado, y el posible ulterior de su organización democrática.

[24] El lector habrá notado la omisión que hemos llevado acabo de cuestiones puramente políticas, como las relativas a la administración de la sociedad durante la transición, el traspaso de poderes, la posible o no regeneración de la sociedad, etcétera.

[25] "y aun cuando supierais que las primicias del suelo penosamente trabajado no habrían de servirse en vuestra mesa jamás, ello sería, si sois generosos, si sois fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia" (pág. 149). Hemos elegido tal fragmento (al que hemos puesto nosotros las itálicas) no sólo porque vuelve transparente la conversión en supuesto de parte de lo que en el discurso se presenta como fin, sino también porque se presenta en un contexto que muestra en toda su violencia la escatología laica en la que acaba sumiéndose el ideario de Rodó. Esos jóvenes a los que se dirige no son los futuros demiurgos de la sociedad, sino sólo los profetas de los verdaderos demiurgos, que habrán de venir después. El lector no dirá que por lo menos el ideal no se hace querer antes de realizarse.

[26] La formal ya se ha perdido con la consagración de la élite en el gobierno, y la material se ha visto suspendida tan pronto como el individuo es abandonado a su suerte por el Estado.

[27] Cabe, sin duda, ampliar el elenco de insuficiencias del ideal, por ejemplo desarrollando la anteriormente aludida superación del hombre autorrealizado, querido por Rodó, del cruce entre helenismo y cristianismo del cual lo hace surgir, etc. No obstante, detendremos aquí el recuento.