César Cansino: El desafío democrático. La transformación del Estado en el México postautoritario
Cuadernos de Metapolítica. México D.F. 2005.
Samuel Schmidt | UACJ, México
Cansino es un autor normalmente optimista y yo prefiero considerar los escenarios catastróficos[1], y aunque ambas posturas pueden reflejar estados de ánimo, en realidad muestran divergentes posturas teóricas y quizá también ideológicas. Por eso discrepo de él respecto de la situación democrática actual de México.
En 1998 Cansino concluyó que México era democrático porque en 1997 por primera vez el gobierno no organizaba una elección y el partido en el poder había perdido el control del congreso, lo que no era poco considerando el largo período de control casi absoluto de las instancias de decisión que había mantenido un solo partido; pero de ahí a considerar que se había iniciado la transición a la democracia había un gran trecho. La realidad desmentiría al autor.
El largo y tortuoso camino mexicano a la democracia empezó en la década de los 50, cuando el PRI introdujo los diputados de partido, no para garantizar el derecho de representación de las minorías, sino para crear la impresión de que el congreso se democratizaba; de ahí en adelante la apertura, por lenta que fuera, se da para no perder del todo la legitimidad, aunque estos pequeños pasos iban minando el control del poder político. De manera paralela las iniquidades económicas, medidas básicamente por la distribución del ingreso y la riqueza, se iban agravando.
En este nuevo libro, Cansino se ha vuelto más cauto, pero sigue pensando que México ha dejado de ser un sistema autoritario; capítulo fundamental al respecto es el II, donde debate sobre la transición. (Pero, aunque sea de pasada, muy aconsejable es la lectura de otro capítulo, que no tiene desperdicio es el IV sobre los intelectuales).
Cansino es un autor que sustenta sus análisis en una teoría rigurosa, pero no raramente el optimismo le gana; por ejemplo, maneja que la derrota del PRI es una revolución democrática y sostiene que el del año 2,000 es el primer gobierno democrático, aunque no deja de reconocer que heredó muchos de sus problemas: y ésa es posiblemente la clave del error de Cansino. Heredar problemas no es culpa del que recibe; no poner las bases para resolverlos sí es, en cambio, de su entera responsabilidad y este libro se escribe cuando el gobierno ha tenido más de cuatro años de oportunidad para corregir el legado del pasado. Me pregunto qué hubiera escrito ahora, a unos cuántos meses de distancia, cuando ese mismo gobierno “democrático” ha manipulado la ley para deshacerse de su principal contrincante político (el alcalde de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador) -en lo que parece de paso una campaña en contra de la izquierda-.
La derrota del “dinosaurio”, como él y muchos lo definen, no implica que el sistema se haya democratizado; yo, por mi parte, sostengo que el nuevo gobierno heredó el autoritarismo y no se ha desprendido del mismo, porque finalmente es más cómodo gobernar desde el autoritarismo que desde la democracia. Si el voto de 2000 fue por la libertad, no se puede sostener ni que el partido ganador sea libertario ni que haya gobernado para enterrar los rasgos del régimen autoritario. Podríamos adelantar la hipótesis de que el PAN se benefició de la larga y muchas veces sangrienta lucha de los libertarios; los actuales gobernantes siempre se mantuvieron lejos de las barricadas en las luchas sociales de los 50, los 60 y los 70 del pasado siglo, y algunos se ubicaron en el terreno opuesto tratando de derrotar el avance democrático. De ahí se desprende que un triunfo electoral no equivale a una revolución, aunque la elección haya permitido sacar de la presidencia a un partido que la mantuvo durante setenta años –que, dicho sea de paso, no salió por completo de la casa presidencial: baste decir que el secretario particular de Vicente Fox durante la primera parte de la administración fue un priísta distinguido, y su ministro de Hacienda fue un destacado funcionario en esa misma área con sus antecesores. En realidad podría ser más conveniente considerar el 2000 como un parteaguas, tal y como lo considera Cansino en otra parte del texto (p. 98); pero el hecho de que el gobierno de Fox haya mantenido la misma política económica que los últimos tres gobiernos del PRI dificulta considerar este período con un criterio tan tajante; más aún, el PRI y el PAN (ya mejor conocido como el PRIAN) han votado conjuntamente algunas de las leyes que han derechizado al país. La poca diferencia en las políticas fundamentales respecto del pasado, el mantenimiento del privilegio (sesenta por ciento de pobres frente a la producción de multimillonarios en dólares), y la continuidad en la oligarquización del país, sugieren que tan sólo cambió el partido en el poder, pero que el régimen y las fuerzas que lo sostienen siguen incólumes; continúan las reglas que reproducen un sistema legendariamente inicuo.
Hay que ver, como hace Cansino, la transición como un proceso, y no quedarse en el análisis de momentos definitorios. Aunque posiblemente su error consiste en otorgarle un peso tan elevado al proceso electoral; aunque acierta en pleno al considerar que ahora corresponde la consolidación de la democracia, para lo que se requiere un gran cambio cultural, tanto como la reforma del Estado.
Debemos ser muy cuidadosos y evitar el riesgo de sobrevalorar señales como la alternancia, o la derrota del PRI en una elección, por importante que esto sea. Tras el 2000, este partido ha impuesto su predominio en la mayoría de las elecciones estatales, municipales y en el Congreso (2003), y hasta le ha arrebatado el poder al PAN en estados tan importantes como Chihuahua y Nuevo León (de este último salió una buena parte del financiamiento para Fox en el 2000).
Como bien establece nuestro autor, en 2000 hubo un voto por la libertad; sólo que eso no convierte a México un país democrático. Aceptar el argumento libertario acríticamente puede llevarnos a la trampa de los publicistas del gobierno que luchan por convencernos que todas la libertades llegaron con Fox, lo que Cansino refuta con todas sus palabras sosteniendo que el golpe al dinosaurio se lo dieron los miles que se jugaron la vida en la lucha por la libertad.
Aquí conviene detenerse en la consideración de si la salida del PRI implicó el fin de la “dictadura”, como erróneamente se le considera, o si la salida ayudó a crear nuevos valores; ¿estamos hablando del fin de la dictadura o se trata más bien de un simple receso provocado por un presidente débil e incompetente que entendió tardíamente los poderes metaconstitucionales, y que cuando los atisbó fue para destruir a su enemigo (AMLO)? Cansino sostiene que “terminaron por imponerse nuevos valores políticos”, aunque no los especifica. Nuestro autor subsana la deficiencia cuando acepta que no se ha alcanzado la calidad de la democracia porque los avances electorales no “significan que el régimen se haya democratizado plenamente” (p. 93). Por el contrario, se puede considerar que los valores básicos del autoritarismo siguen presentes, aunque se han debilitado las instituciones. En contra de lo que él sostiene, no desapareció el presidencialismo y el presidente ha hecho todos los intentos por convertir a su partido en un partido hegemónico. O sea, que todos los esfuerzos por sacar al PRI del poder llegaron al punto donde el nuevo partido hace todo lo posible por copiar el modelo; el hecho que no haya podido no implica que si se restaura el gobierno del PRI éste no recupere todas las reglas escritas y no escritas con las que gobernó setenta años. Al parecer, México está muy cerca de la restauración del priísmo, en parte porque el priísmo es un estilo de vida y su reproducción está presente en todo proceso político. El presidente Fox comparte la cultura autoritaria del priísmo; si acaso carece de la sofisticación y experiencia de los priístas para manejar hábilmente el autoritarismo, habiéndose creado así la posibilidad de contemplar un gobierno con el presidencialismo intacto pero con un presidente débil; cuestión muy interesante para el futuro mexicano y para la teoría de las transiciones.
El segundo capítulo es muy importante, porque ahí el autor define lo que considera la transición; sostiene la necesidad de la reforma del Estado para construir un Estado de derecho y poner en marcha un nuevo pacto social, que con independencia de ulteriores precisiones teórico-conceptuales, son de por sí condiciones ineludibles para la construcción democrática. Hay que agregar también la resistencia de las élites, en especial de una élite como la mexicana que configuró una red de poder muy sólida; esta ha facilitado una alternancia muy “suave”, pero al mismo tiempo ha frenado las transformaciones estructurales. Es por eso importante la discusión del autor sobre la transición y la revolución, y los dilemas pos-transicionales.
Cansino pone énfasis, con razón, en la herencia del pasado. El siglo XX mexicano generó un sistema que produjo una gran estabilidad pero también un manejo perverso del poder; el autor menciona repetidas veces acertadamente que no será tan fácil desprenderse de el. La permanencia de la cultura política es crucial porque en este período no se han construido nuevos valores, nuevos símbolos ni nuevas instituciones, mientras que las viejas están en el terreno nebuloso de su posible desuso y esto puede llevar a un vacío que propicie una gran inestabilidad y eventual violencia, como en su día sugiriera el análisis de Feierabend (1969).
El ensayo de Cansino es breve pero sustancial. Aborda las cuestiones teóricas de la transición y aspectos prácticos como el reflejado en el capítulo III, que lleva el sugerente título del “El evangelio de la transición”. En este capítulo explora la tesis que los intelectuales son agentes clave para la transformación política; ahí detalla el papel distorsionador de un grupo de intelectuales que se puso del lado del gobierno (intelectuales orgánicos los llamaba Gramsci) para medrar con el poder y que hoy intentan apropiarse de la transición y su explicación, como si fueran los artífices de la misma, con lo cual estarían justificando su papel histórico. Cansino correctamente indica que un grupo de éstos se alió con el Estado y le ayudó a frenar la transición.
Cansino muestra que éstos intelectuales se han acomodado a las necesidades del poder y han facilitado la continuidad del mismo; todo ello, claro está, a cambio de las correspondientes prebendas y oportunidades político-económicas. Puede considerarse que la transición suceda sin los intelectuales, pero queda claro que éstos la han dificultado, porque le han aportado al Estado el soporte teórico y simbólico para continuar, con lo que cargan la responsabilidad de haber frenado un proceso que pudo haber avanzado más temprano y mucho más lejos. Para que no quede lugar a dudas dice: “Son éstos los mismos que apuntalaron hasta el final al régimen priísta, aún después de que los ciudadanos ya habíamos decidido rescindirlo por la vía de las urnas”. Es éste un tema central, habida cuenta del interés que en México se presta a los intelectuales, considerándolos un valor de cambio.
El libro de Cansino establece sin lugar a dudas que todavía queda mucho por decir sobre este momento en la historia mexicana, tanto que nos permitirá aportar un grano de arena para la teoría de las transiciones.
La corrupción es el gran freno a la democratización y se requiere reforzar a la sociedad civil para resistir a las “tentaciones autoritarias” (p. 48), aunque es ineludible reconocer los problemas estructurales para entender las barreras a la transición. Es difícil consolidar la democracia en un país analfabeto funcional, donde el mexicano promedio no tiene habilidades para leer la Constitución y las leyes; donde más de cuatrocientasmil personas abandonan el país anualmente por falta de oportunidades económicas; donde la sociedad está subordinada a los dictados de una oligarquía voraz y pantagruélica; donde la opción preferida de gobierno es el asistencialismo[2], que destruye la inventiva y la autonomía social y refuerza la dependencia, el clientelismo y el paternalismo.
La lectura de Cansino confirma que cada transición es distinta, lo que no es poco. Es frecuente escuchar en México que las oposiciones requieren un pacto de la Moncloa; los que lo dicen al parecer no saben ni qué es la Moncloa ni, menos, qué fue lo que se pactó allí. La transición mexicana, cuando suceda, habrá sido muy distinta de la española, como ésta lo fue de las sudamericanas. Insistir en la necesidad de un pacto puede tener mucho sentido por lo que toca a la necesidad de construcción del consenso, pero esto reclama discernir los temas centrales del pacto. Es por eso que aunque uno encuentre similitudes y diferencias, los análisis concretos, como éste, nos enseñan que todavía hay mucho camino por recorrer.
Referencias
Barzun, Jacques: Del amanecer a la decadencia. Madrid, Taurus, 2004.
Cansino, Cesar., coord.: 1998. Después del PRI. Las elecciones de 1997 y los escenarios de la transición. México, CEPCOM, 1998.
Tocqueville, Alexis: Democracia y pobreza. Memorias sobre el pauperismo. Madrid, Trotta, 2003.
Feierabend, I., R. Feierabend, and B. Nesvold: "Social Change and Political Violence: Cross National Patterns," in Hugh D. Graham and T. Gurr (eds.), Violence in America: Historical and Comparative Perspectives. A Report to the National Commission on the Causes and Prevention of Violence. New York: Signet Books, 1969.
[1] Jacques Barzun (2004) dice que en el renacimiento “guerras incesantes, repetidas epidemias de peste (tuberculosis, cólera), la nueva maldición de la sífilis (SIDA), la disposición a asesinar por lucro o venganza... justificaban el pesimismo” (las palabras entre paréntesis para mostrar la sustitución de términos son mías).
[2] Frente al empobrecimiento de la sociedad el gobierno ha aplicado programas asistencialistas que reclaman ingentes cantidades de dinero y no logran resolver nada porque no son factores de crecimiento económico, sino simples paliativos (ver un magnífico análisis sobre el asistencialismo de Antonio Hermosa (2003) en la introducción a la traducción que hizo del libro de Alexis de Tocqueville).