Perfiles:

Paul Groussac. Un articulador cultural en el pasaje del siglo XIX al XX argentino

Paula Bruno | Universidad de Buenos Aires, Universidad de San Andrés

 

Resumen

El artículo versa sobre la figura de un personaje destacado de la intelectualidad argentina del pasaje del siglo XIX al XX: Paul Groussac (Toulouse, 1848-Buenos Aires, 1929). Groussac fue un personaje muy versátil y se desempeñó como profesor de destacadas instituciones educativas, Director de la Biblioteca Nacional, polemista, director de destacadas publicaciones, ensayista, crítico literario e historiador; se presentan aquí algunas de los rasgos particulares de su trayectoria pública multifacética.

Palabras clave: Groussac, intelectual, cultura argentina (fines del siglo XIX y principios del XX).

Abstract

The present article is about a noticeable intellectual from Argentina of the passage from the XIXth to the XXth century: Paul Groussac (Toulouse, 1848-Buenos Aires, 1929).  They appear, in its main lines, the characteristics of his public path.  Groussac was a very versatile personage and he evolved like professor of distinguished educational institutions, director of the National Library, debater, counselor of outstanding publications, essayist, literary critic and historian; are presented here some of the particular features of his salient public path.

Key-words: Groussac, intellectual, Argentine culture (ends of the XIXth and beginning of the XXth century).

 

 

El nombre de Paul Groussac puede resulta familiar para quienes hayan concretado un acercamiento a la obra de Jorge Luis Borges; en varios de los ensayos del célebre escritor argentino resuena el eco de la vida y las acciones de este personaje que, como él, ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional Argentina. Así, por ejemplo, se deben a Borges las pintorescas caracterizaciones de Groussac como: “misionero de Voltaire entre el mulataje” y “Renán quejoso de su gloria a trasmano”. 

Pensar en Groussac es un ejercicio que permite dar cuenta de varios fenómenos ligados con la modernización cultural de la Argentina [1] . Nacido en Toulouse, Francia, en 1848, se instaló definitivamente en el país en 1866, y emprendió una serie de proyectos tendientes a ordenar la cultura argentina, que percibía como amorfa; además, escribió numerosos textos de géneros diversos, entre los que se destacan ensayos, obras históricas, notas periodísticas, folletos y apuntes de viaje.

Radicado definitivamente en la Argentina hacia mediados de la década de 1860, este intelectual de origen francés vio entrelazarse su período de mayor exposición pública con la confluencia de diversos procesos que cristalizaron en la modernización del país, en el marco de la cual destacadas figuras políticas e intelectuales emprendieron una acción renovadora en todos los ámbitos. Dentro de esta trama contextual, acompasada por las profundas transformaciones, Paul Groussac ocupó la  posición de un hombre de cultura, entendido en un sentido amplio del término, que realizó diversas actividades. Fue creador y difusor de diversos escritos, editor y director de destacados emprendimientos culturales, empleado del Estado, polemista y crítico.

Así, es fácil toparse con este letrado de origen francés a la hora de estudiar los diversos espacios por los que circulaban las elites políticas e intelectuales del pasaje del siglo XIX al XX argentino. Varios son los rasgos del perfil intelectual de Groussac que pueden ponerse de relieve, y son también numerosas las características de su trayectoria pública que lo diferencian de sus contemporáneos. En primer lugar, cabe destacar que el hecho de que el personaje haya nacido en Francia fue constantemente percibido como un plus diferencial prestigioso, tanto por él mismo como por sus contemporáneos. Su nacionalidad fue ponderada en numerosas ocasiones; a su vez, él se encargaba de remarcar que su formación intelectual respondía a parámetros franceses, pese a que, en realidad, había llegado a la Argentina sin ningún título universitario y sólo contaba en su haber con el ciclo del Liceo finalizado, un breve paso por el colegio dominicano de Sorèze y otro igual de fugaz por la Escuela de Bellas Artes de Toulouse.

Su llegada a Buenos Aires fue más bien azarosa y su destino en estas tierras podría haber sido el de tantos otros inmigrantes europeos arribados en el siglo XIX y principios del XX al país. A los 17 años, en 1865, se lanzó a recorrer el mundo y sus ahorros se agotaron al llegar a Burdeos. Allí decidió embarcarse hacia el puerto de Buenos Aires, una ciudad para él desconocida. Una y otra vez Groussac narra en sus textos que al llegar no dominaba el idioma, ni contaba con familiares o amigos en la Argentina. Trabajó como cuidador ganado en San Antonio de Areco, provincia de Buenos Aires por un tiempo y luego se lanzó nuevamente a la ciudad. Groussac empezó a ocupar cargos en instituciones educativas de renombre, como el Colegio Modelo del Sud y el Colegio Nacional de Buenos Aires, hacia fines de la década de 1860 y principios de la de 1870. En el mismo período publicó su primer texto en español, que versaba sobre José Espronceda, en la Revista Argentina, dirigida por una figura destacada de la intelectualidad católica: José Manuel Estrada. Luego de la publicación de este escrito,  Nicolás Avellaneda, Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, citó a Groussac en su despacho y le ofreció un cargo como profesor en el Colegio Nacional de Tucumán. En la provincia azucarera del norte argentino, el aventurero devenido letrado ocupó el cargo docente asignado, y desenvolvió actividades como periodista y como promotor de campañas de políticos locales. También en su estancia tucumana publicó su primera novela y sus textos pioneros de corte netamente histórico. De docente, pasó a ser Director de Enseñanza de la Provincia y, más tarde, Inspector Nacional de Educación, cargo que lo condujo a conocer diversas provincias argentinas.

Hacia 1880, dos hitos de la trayectoria intelectual del personaje delinearon el lugar que ocuparía en el ámbito cultural porteño en adelante: la publicación de su Estudio Histórico sobre el Tucumán y su exposición en el Congreso Pedagógico Internacional realizado en Buenos Aires, aparecida en El Monitor de la Educación Común y en un folleto titulado Estado de la educación común en la República; sus causas; sus remedios. Ambos escritos suscitaron comentarios y críticas que daban cuenta de los ecos de la presencia del francés en el horizonte de la intelectualidad argentina del período.

En 1883, Groussac regresó a su patria de origen, tras algunas postergaciones y demoras. Luego de diecisiete años de estadía en el país (cinco años en Buenos Aires y doce años en Tucumán), se dirigió a Toulouse y luego a París, dispuesto a cumplir el objetivo de conquistar un lugar en el mundo intelectual de la Ciudad Luz. Conoció a destacados literatos franceses de distintas generaciones, pero su intención de ocupar un rol como actor en los escenarios de la capital se diluyó rápidamente ante la realidad vigente en los cenáculos intelectuales y en los salones parisinos, que contaban con normas de sociabilidad bastante rígidas y mucho más pautadas que sus homólogos argentinos. Luego de este viaje signado por el desengaño, Groussac parecía estar decidido a instalarse en Buenos Aires definitivamente; se dispuso así a renunciar a la consagración en Francia y a lanzarse a la conquista de un espacio de preeminencia en la Argentina. La nacionalidad del personaje era, sin duda, una buena llave de acceso a un ambiente cultural deseoso de europeizarse y cuya realidad cultural, aún embrionaria,  contaba con dinámicas de funcionamiento muy incipientes. Sin dudas, para la elite que estaba conduciendo los procesos de modernización, contar entre sus conspicuos letrados con un personaje de origen francés se convertía en un buen augurio.

Luego de su regreso a Buenos Aires, en 1884, Groussac estuvo al frente de la dirección de un periódico político, el Sud-América. Publicó allí una novela de fuerte sesgo autobiográfico y  se convirtió, desde sus páginas, en paladín del laicismo en pleno contexto de las reformas laicas y secularizadoras propulsadas por la elite política del momento. Concluido este paso por el Sud-América, que le otorgó una visibilidad notable, a comienzos de 1885 fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, que había pasado a ser jurisdicción de la Nación en 1884 junto al Museo Público y el Archivo General. Una de las primeras medidas ejecutadas por Groussac consistió en generar un diagnóstico acerca del pasado y del estado actual del repositorio, para posteriormente escribir una historia-informe en función de los datos relevados. En el escrito resultante de esta tarea, la Biblioteca Pública aparece pensada como una maqueta, muestra pequeña pero representativa, de la cultura toda y de la dinámica histórica argentina, signada por cataclismos y crisis constantes y los directores de la biblioteca central, que aparecen descriptos y caracterizados en breves semblanzas biográficas, son retratados como portadores de los síntomas de su tiempo. Entonces, los conductores de la institución habían sido, en sintonía con los hombres políticos de cada etapa, artífices de los relativos progresos y de los retrocesos del establecimiento. En el texto de Groussac se perciben las siguientes ideas: ahora el país estaba en manos de personalidades políticas capaces de conducirlo por el camino del progreso y de la modernización definitiva, por lo que también el director del reservorio podía hacerse eco de ese clima de época y ordenar definitivamente un espacio considerado clave para el desarrollo intelectual del país.

El intelectual de origen francés fue director de la Biblioteca Nacional desde su nombramiento en 1885 hasta el año en que falleció, 1929. Durante esos cuarenta y cuatro años cumplió una labor destacada. Entre las tareas que emprendió se destacan la confección de catálogos de los diversos materiales existentes en el repositorio y el ordenamiento de esos materiales, la realización de un fichero temático de dimensiones considerables, cuyas tarjetas se hallan íntegramente manuscritas por él mismo, la mudanza del repositorio a un edificio con mejores características que el que se encontraba cuando él asumió el cargo, la creación de una sección importante de copias de documentos que se encontraban en el Archivo de Indias de Sevilla. También bajo su gestión, y a instancias suyas, se dictó la Ley de Depósito Legal de ejemplares. Cada una de las acciones estuvo adecuadamente difundida y Groussac logró que su cargo fuera reconocido y destacado como lo era en Europa.

Si bien ordenar la biblioteca era una tarea costosa, pero posible, nuestro personaje no se contentó con esa tarea acotada, y emprendió algunas acciones tendientes a modificar y organizar diversas áreas del ambiente cultural argentino. Sus consideraciones sobre las dinámicas culturales del país que lo albergó fueron recurrentes. La esfera cultural aparece descrita en sus textos como ineficiente, escasamente desarrollada y desprovista de pautas constantes de funcionamiento. Sus representantes son pensados como improvisados u oportunistas, dada la inexistencia de tradiciones intelectuales (rasgo reivindicado por el francés a la hora de indicar parámetros en los ámbitos europeos). La ausencia de una tradición cultural explica una y otra vez la inexistencia de bases sólidas para la formación de la cultura argentina en el marco de las opiniones del personaje. Groussac no reivindicaba positivamente ningún elemento colonial. Desde su perspectiva, nada saludable podía hallarse en el legado español; tampoco en los legados que proponía el país ya independiente encontraba herencias destacables. El pasado aún no enterrado, entonces, no era susceptible de ser reivindicado a la hora de buscar referentes y encauzar el camino de la cultura argentina. Pero las expectativas de Groussac tampoco estaban depositadas en sus contemporáneos.

La siguiente pregunta ante la situación imperante pone en evidencia las inquietudes del francés: “¿Por qué no penetra en los países de habla española esta noción, al parecer tan sencilla y elemental: que la historia, la filosofía y aun esta pobre literatura representan aplicaciones intelectuales tan exigentes por lo menos, aunque no tan lucrativas, como las del abogado o del médico, no siendo lícito entrarse por sus dominios como en campo sin dueño o predio común?” [2] . La ausencia de especificidades condenaba a los intelectuales al aislamiento y la carencia de moldes disciplinares sólidos exacerbaba la condición de precariedad del ámbito cultural argentino. Por otro lado, a la falta de especialización dentro del ámbito intelectual se sumaba un rasgo extensamente criticado: la superposición de la esfera de la cultura con la política.

Ciertos testimonios, propios y ajenos, evidencian que Groussac se hallaba estrechamente vinculado con conspicuos hombres del mundo político, pero que, a su vez, pretendía conservar cierta exterioridad desde la cual resguardar su autonomía de opinión. Así, pese a la estrecha proximidad con los personajes del poder y pese al hecho de haber ocupado cargos públicos, cabe tener en cuenta la marcada distancia que intentó construir respecto de la dinámica efectiva de las prácticas políticas. La mayoría de las veces describió el ámbito de la política como un espacio contaminado del que prefería no formar parte, juicio evidenciable en la actitud general de custodiar celosamente su posición de intelectual no-político.

Su pretensión consistía en que la injerencia de los intelectuales en la escena pública estuviera signada por competencias específicas y escapara de las lógicas coyunturales y los ritmos fugaces y desordenados de la política. De este modo, la búsqueda y la concesión de la legitimidad de las letras no debía provenir de terrenos ajenos al de la cultura, sino que debía desprenderse del ejercicio de intervenciones propiamente intelectuales.

Así, los remedios a la falta de consolidación de la cultura argentina, de acuerdo con la perspectiva del francés, no debían buscarse en el pasado, carente de modelos o dotado de paradigmas rudimentarios, ni entre sus propios contemporáneos, pero tampoco en los ámbitos educativos formales. La falta de especialización y de formación real de quienes ejercían tareas intelectuales era una y otra vez la explicación última de los desarreglos visibles en cada uno de los rincones de la aldeana cultura argentina.

Considerando intolerable esta situación de caos cultural y de superposición de roles, no encontraba, empero, soluciones posibles en las otras alternativas disponibles. De hecho, su confianza tampoco recaía sobre la tendencia estética más renovadora de su época: el modernismo. Más bien leía el modernismo como sinónimo de la más exacerbada imitación de los referentes del viejo continente, y no reconocía en él ninguna de las características originales autoproclamadas por su célebre líder nicaragüense, Rubén Darío, considerado más bien como un arrogante que sólo encarnaba una actitud servil frente a los ritmos impuestos por los modelos europeos.

Por lo expuesto, las soluciones del atraso cultural argentino debían encontrarse en la modernización que debía ser encabezada por un solo hombre de origen francés: el “misionero de Voltaire entre el mulataje”. Asumiendo su misión, Groussac se convirtió en un articulador cultural que sistemáticamente diseñó y puso en marcha distintas maniobras destinadas a modificar la esfera cultural en la que se hallaba inmerso. Estas operaciones, a su vez, actuaron como prácticas autoconsagratorias que lo posicionaron en un plano de superioridad en relación con el resto de los intelectuales. Desde la Biblioteca Nacional, considerada un lugar clave dentro de un marco cultural sólo escasamente institucionalizado, lanzó algunas acciones que dotaron de visibilidad a sus medidas, con la intención de lograr establecer ciertas pautas especializadas en el mundo de los letrados.

El movimiento autoconsagratorio básico consistió en reforzar la idea de que su extranjería era una marca diferencial indiscutible para circular con tranquilidad y destreza por los terrenos de la pampa cultural argentina. Ser francés era sinónimo de ser portador de la civilización y de la tradición. Groussac se postuló como portador de una suerte de esencia francesa superior que le permitía autoproclamarse, en el contexto argentino, discípulo de Hippolyte Taine, Ernest Renan y Charles Agustin Sainte-Beuve, pero también continuador de los representantes más destacados del romanticismo francés: Victor Hugo, Alfred de Musset, Augustin Thierry, Prosper de Barante y Jules Michelet (siempre reconocidos como guías intelectuales). Junto a la excesiva ponderación de su francesismo, fueron también su formación inicial europea y su contacto con las novedades del Viejo Continente, propiciado por su rol en la Biblioteca Nacional, otros medios que le permitieron consolidar una imagen de erudición suprema.

El prestigio que su nacionalidad y su erudición autoproclamada le conferían fue apuntalado por varias acciones que signaron su posicionamiento y su trayectoria pública en la curva temporal que va desde 1880 hasta, aproximadamente, 1910. Desde fines del siglo xix, los posicionamientos del personaje en el ámbito intelectual estuvieron más ligados a una serie de proyectos de sesgo fuertemente personalista. Entre éstos, se destacan dos revistas que fundó y dirigió: La Biblioteca (1898-1896) y los Anales de la Biblioteca (1900-1915). Ambas revistas fueron consideradas como espacios de publicación muy destacados. En el caso de La Biblioteca, se pueden encpntrar escritos de destacados hombres de cultura de la época: Joaquín V. González, Miguel Cané, Rubén Darío, Juan Agustín García (h.), Lucio V. López, Eduardo Schiaffino, Leopoldo Lugones, Bartolomé Mitre, Lucio V. Mansilla, Ernesto Quesada, Luis M. Drago y Antonio Dellepiane, entre otros. La selección de las colaboraciones, y las políticas de edición en general, caían bajo la responsabilidad privativa de su director, quien definía las pautas de admisión o rechazo de los textos que engrosarían cada número. El francés publicaba numerosos escritos, y la presencia de su pluma rozaba casi la omnipresencia. Se encargaba de difundir gran cantidad de artículos (sobre todo de carácter histórico). La experiencia de dirigir una revista cultural que le sirviera para construir, dentro de su cosmovisión, un bastión desde el cual delinear su base de operaciones para consolidar su injerencia se repetiría, con algunos matices, entre 1900 y 1915 con la dirección de los Anales de la Biblioteca. También las tareas emprendidas desde sus páginas tuvieron un tono civilizador y de la misma manera la revista trabajó sobre los terrenos inhóspitos de la cultura argentina.

Un análisis detenido de las revistas permite sostener que las acciones emprendidas por Groussac desde estas empresas lo habilitaban para impulsar o censurar trayectorias y establecer límites entre lo aceptable y lo prescindible en lo que respecta a las producciones culturales; para señalar quiénes eran para él protagonistas destacados de la intelectualidad argentina y quiénes, decididamente, eran sólo figuras secundarias; para establecer qué personajes del pasado cultural eran portadores de algún atributo recuperable, o bien representantes de lo que definitivamente debía omitirse; para impulsar trayectorias de letrados en ascenso; para intervenir en debates específicos y acotados y en otros ampliados, por su mayor resonancia pública, sobre las más variadas temáticas; para publicar sus propias investigaciones, jactándose del sostén erudito sobre el que se montaban sus interpretaciones, y difundir sus piezas literarias; para mostrar cuáles eran las tradiciones y las novedades europeas modélicas y cuáles las repudiables.

Un segundo rasgo de las estrategias desplegadas por Groussac para convertirse en un árbitro de la cultura argentina del pasaje del siglo XIX al XX se encuentra en su afán por mostrar cómo debían cumplirse ciertas tareas intelectuales y quiénes estaban validados para realizarlas. Con el objetivo de colocarse en un plano de verticalidad en relación a sus contemporáneos, el intelectual de origen francés participó en numerosos debates públicos aparecidos en periódicos y prestigiosas publicaciones (se destacan las polémicas mantenidas con Miguel Cané, Calixto Oyuela, Manuel Láinez, José Ingenieros, Eduardo Schiaffino, entre otros). Una y otra vez las publicaciones abrían sus puertas a su belicosa pluma, dispuesta a defenestrar con dureza a quienes consideraba letrados improvisados y sin preparación.

Además de fundar empresas editoriales prestigiosas y convertirse en polemista tenaz y temido, Groussac publicó, a lo largo de su trayectoria pública, obras de carácter disímil que ponen en evidencia la multiplicidad de sus intereses. Un núcleo fuerte de sus publicaciones son sus escritos de carácter histórico. Todos ellos abordan temas relacionados con los procesos del pasado argentino y, en algunos casos puntuales, rioplatense o latinoamericano. Dentro de la evaluación de su labor historiográfica debe destacarse también que practicó tempranamente los principios difundidos en Europa a partir de la publicación de manuales metodológicos, como el de Ernst Bernheim (Lehrbuch der historischen Methode und der Gechichtsphilosophie, 1889) y el de Charles Victor Langlois y Charles Seignobos (Introduction aux études historiques, 1898), y estuvo al tanto de los debates mantenidos en los más prestigiosos cenáculos intelectuales acerca del carácter y el estatuto que se le debía otorgar a la Historia como rama del saber. Las obras históricas más notables del personaje son Santiago de Liniers (1907) y Mendoza y Garay (1916). Cuenta, además, en su haber con numerosos ensayos sobre diversos procesos y personajes históricos sobre el Virreinato del Río de la Plata y los tiempos de emancipación, independencia y consolidación de lo que sería la República Argentina. Su producción histórica versa sobre temas de la historia argentina y se inscribe en el contexto en el que diversos intelectuales comenzaron a abordar el problema de la configuración de una nación argentina y tendieron a generar una serie de modelos posibles de identidad nacional; pese a ello, Groussac se mostró reticente y contrario a todos los ejercicios históricos y literarios proclives a generar una dinámica identitaria o a cumplir un rol a la hora de formar al ser nacional, dado que consideraba a este tipo de funcionalidad de las producciones intelectuales como uno más de los síntomas del subdesarrollo cultural argentino.

Otro núcleo importante de sus textos es el que corresponde a sus ensayos sobre temáticas variadas y sus libros de viajes. Entre estas obras cabe destacar: Del Plata al Niágara (1897), los dos tomos de El viaje intelectual (1904 y 1920) y Los que pasaban (1919). En estas obras se pueden encontrar opiniones e impresiones sobre diversos temas destacados del pasaje del siglo XIX al XX: el avance arrollador de Estados Unidos y sus efectos internacionales, las transformaciones europeas, las nuevas tendencias políticas surgidas en el mundo, las tensiones generadas por los procesos de modernización en Europa y en América (siempre encaradas con una mirada más bien aristocratizante tendiente a remarcar y criticar escenas recurrentes de decadencia, vulgarización y masificación), el rol de los políticos y los intelectuales en la conducción de sociedades “civilizadas” y modernas.

En suma, a la hora de evaluar al personaje pueden rastrearse varias canteras en las que desarrolló acciones tendientes a poner de relieve cuáles serían, desde su perspectiva, las formas correctas de dar forma al mundo cultural argentino, al que siempre evaluó muy duramente. A juzgar por los testimonios de sus contemporáneos y de las generaciones intelectuales que lo sucedieron, Groussac supo cultivar su mito de origen y moldear su leyenda en tanto articulador del espacio intelectual argentino con voz autorizada en diversos terrenos. Circulando por un mundo de las letras sólo escasamente definido en términos institucionales y profesionales, el francés evaluó el terreno y se adjudicó el rol de pionero. Su desempeño estuvo apuntalado por una serie de estrategias de posicionamiento que le permitieron autoconferirse legitimidad intelectual y convertirse en un personaje altamente visible. De ahí que asumiera la interpretación de un rol protagónico en un escenario propicio y afirmara que el progreso intelectual del país debía estar conducido por los efectos del trasplante de un emisario de la esencia francesa. Desde su perspectiva, debía llevarse a cabo un proceso de depuración cultural en varios sentidos y se debían buscar las formas de encarar los ritmos de la modernización y la especialización de tareas intelectuales.

Con vistas a estos objetivos, no trazó un plan sistemático ni depositó su confianza en las soluciones más cercanas; tampoco bregó por la construcción de ámbitos tendientes a formar a hombres de letras ni adhirió a corrientes de pensamiento que se estaban consolidando entre sus contemporáneos. En contrapartida, el francés fortaleció la idea de que sus acciones podían convertirse en fuerza educativa y en ejemplo moralizante único, y se posicionó en un plano de superioridad con relación a sus contemporáneos y a sus antecesores. La mayoría de sus acciones y prédicas estuvieron ligadas a la crítica y a la reprensión. En este sentido, las maniobras consagratorias que desplegó parecían ser bastante visibles. Ponderó recurrentemente algunos rasgos diferenciales de su vida y su obra y convirtió el despacho de la Biblioteca Nacional en decorado privilegiado para la puesta en escena de sus operaciones, que le permitieron convertirse en un personaje de referencia que difícilmente podía ser ignorado por sus contemporáneos: la gran cantidad de debates que entabló a lo largo de su trayectoria y la omnipresencia de su pluma en periódicos y revistas son pruebas suficientes para sugerir que sus palabras no pasaban desapercibidas. Así, este aventurero que se convirtió en un destacado letrado europeo en Argentina, se mostró sistemáticamente preocupado por la modernización cultural del país que lo acogió e intentó articular diversas prácticas culturales e intelectuales para convertirse en un personaje preeminente y poner algo de orden en lo que él consideraba que era aún una gran aldea con aires de ser una nación moderna.

 

Bibliografía básica sobre Paul Groussac 

AA.VV.: Nosotros, Número extraordinario: A Paul Groussac, nº 242, Bs. As., julio de 1929.

AA.VV: Centenario de Groussac. 1848 -14 de febrero-1948, Bs. As., Coni, 1949.

Alfieri, T.: Una brecha en el umbral. Ciencia y literatura en Groussac y Ramos Mejía, Bs. As., Losada, 1987.

Benarós, L.: Paul Groussac en el Archivo General de la Nación, Bs. As., Ediciones Archivo General de la Nación, 1998.

Borges, J. L.: “La ceguera”, en Siete noches, México. Fondo de Cultura Económica, 1980, pp. 143-160.

Borges, J. L.: “Paul Groussac”, en Id. : Discusión, en Obras completas I, Bs. As., Emecé, 1996, pp. 233-234.

Bruno, P.: “Paul Groussac y La Biblioteca (1896-1898)”, en Hispamérica. Revista de literatura, año XXXII, nº 94, 2003, pp. 87-94.

Bruno, P.: Paul Groussac. Un estratega intelectual, Bs. As., Fondo de Cultura Económica/UdeSA, 2005.

Bruno, P. (Estudio preliminar y selección de textos a cargo de): Travesías intelectuales de Paul Groussac, col. La Ideología Argentina, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, Bs. As., 2005.

Cuffia, R.: Conoces a Paul Groussac?, Bs. As., De los Cuatro Vientos Editorial, 2001.

Echagüe, J.: “Paul Groussac”, en Id.: Escritores de la Argentina, Bs. As., Emecé, 1930, pp. 9-30.

Eujanian, A.: “Paul Groussac y la crítica historiográfica en el proceso de profesionalización de la disciplina histórica en la Argentina a través de dos debates finiseculares”, en Estudios Sociales, a. V, nº 9, Santa Fe, segundo semestre de 1995, pp. 37-55.

Eujanian, A.: “Paul Groussac y una empresa cultural de fines del siglo XIX: la revista La Biblioteca, 1896-1898”, en AA.VV., Historia de revistas argentinas, Buenos Aires, Asociación Argentina de Editores de Revistas, 1997, tomo II, pp. 9-44.

Gallo, E.: “Paul Groussac: reflexiones sobre el método histórico”, en Historia, nº 3, septiembre de 1981, pp. 19-23.

Jorge Luis Borges selecciona Lo mejor de Paul Groussac, Bs. As., Fraterna, 1981.

Laferrère, A.: Noticia preliminar, en Páginas de Groussac, extraídas de sus Obras completas., Talleres Gráficos Argentinos, Bs. As., L. J. Rosso, 1928.

Lagmanovich, D.: “Paul Groussac, ensayista del 80”, en Revista Interamericana de Bibliografía-Inter-American Review of Bibliography, Vol. XXXII, nº 2, Organización de los Estados Americanos, 1982, pp. 28-46.

Martínez, J. G.: Francois Paul Groussac. Su vida, su obra, Bs. As, Cuadernos de Historia argentina y americana. Centro de Historia Mitre, 1948.

Noel, M.: Paul Groussac, Bs. As., Ediciones Culturales Argentinas, 1979.

Páginas de Groussac (Seleccionadas por el autor), Bs. As., Editorial América Unida, 1928. Noticia preliminar de Alfonso de Laferrère.

Romero, J. L.: “Los hombres y la historia en Groussac”, en Nosotros, Número extraordinario, nº 242, Bs. As., julio de 1929, pp. 107-112.

Stortini, J.: “Teoría, método y práctica historiográfica en Paul Groussac”, en AA.VV.: Estudios de historiografía I, Bs. As., Biblos, 1997, pp. 4-19.

Zuleta Álvarez, E.: “Paul Groussac”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, vols. VXX y VXXI, 1997-1998.



[1] Los argumentos presentados en este escrito se basan en lo ya expuesto por la autora en Paul Groussac. Un estratega intelectual, Fondo de Cultura Económica/UdeSA, Bs. As., 2005 y Travesías intelectuales de Paul Groussac (Estudio preliminar y selección de textos a cargo de Paula Bruno), col. La Ideología Argentina, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, Bs. As., 2005.

[2] Groussac, P.: “Escritos de Mariano Moreno”, en La Biblioteca, tomo II, Bs. As., 1896, p. 124.