Las ideas. Su política y su historia: HOMENAJE A FERNANDO SAVATER EN SU SEXAGÉSIMO CUMPLEAÑOS

Entrevista a Fernando Savater

 

Antonio Hermosa: A los 60 años, ¿ha dejado algún sueño por cumplir o alguna pesadilla por vivir?

Fernando Savater: Bueno, afortunadamente tengo sueños y no he tenido tantas pesadillas. Yo he vivido mucho en el presente, entonces mis sueños son más bien proyectos relacionados con cosas que quería hacer o que quería vivir.

Mis sueños, como vivir en una democracia, en un país normal, en el que se pudiese ir al cine o hacer sindicatos, etc., eso sí, eso lo he conseguido. Desgraciadamente, no he conseguido cumplir el sueño de vivir en un País Vasco democrático, en paz, sin terrorismo y sin las amenazas de los nacionalistas. Ése es un sueño incumplido y que me gustaría mucho poder realizar.

En cuanto a las pesadillas, no. Alguna se ha cumplido, pero las que más temo, que están relacionadas con las personas a las que quiero, ésas no han sucedido y ni quiero mencionarlo.

A.H. Un filósofo de la ética viviendo escoltado en una democracia relativamente bien asentada que respeta profundamente las libertades: ¿qué falla ahí?

F.S. Bien, exactamente, yo pienso muchas veces en eso que la gente te pregunta: ‘¿Qué se siente yendo con escolta?’ Y yo les digo, ‘¿qué sientes tú cuando ves que un conciudadano tuyo, una persona normal y corriente que trabaja en la universidad, o una castañera, tenga que ir con escolta?’ Eso no es un problema psicológico de los que llevamos escolta…, sino que el problema es cómo puede ser que ese escándalo ocurra, cómo puede pasar eso en un país con las libertades afianzadas. Se trata de una paradoja que ni siquiera se ha entendido en Europa, porque en Europa muchos hemos intentado durante muchos años decir: ‘Oiga, que en el País Vasco y en resto de España somos europeos como ustedes, parte de la UE, la única amenazada en estos momentos por el terrorismo’. La gente lo tomaba como si fuera algo folclórico, como si en el País Vasco tuviera que haber etarras como en Andalucía hay gazpacho o zapateados. Y mire, no, eso no es una cosa folclórica que tengamos como un rasgo de identidad cultural nuestro. Realmente, ha sido escandaloso que una parte de la UE haya tenido más de mil muertos y todavía siga hoy bajo amenaza; y, sin embargo, la gente se lo ha tomado a beneficio de inventario, como si no tuviera importancia.

A.H. ¿Qué bien ha sacado del mal? ¿Cuál es su experiencia personal e intelectual tras llevar años viviendo con la protección de escoltas? ¿Hay nuevas tareas para el héroe?

F.S. Yo, en eso, en el terreno personal, a pesar de su apariencia paradójica, a ETA le debo quince años más de juventud. No sólo no me han causado ningún perjuicio personal –molestias, sí-, sino al contrario, pues cuando ya terminó la dictadura, mi destino probable hubiera sido convertirme en un profesor universitario como los demás, sin ningún tipo de inquietud, tendente a la rutina, como la inmensa mayoría. Pero gracias al estímulo de luchar contra ETA, contra el terrorismo, he seguido en la brecha, me he mantenido joven –en ese terreno, en el otro, desgraciadamente, no-, inconformista, crítico. O sea, que tengo que reconocer que a nivel personal ETA me ha regalado 15 años más de juventud de los que habría tenido normalmente. Y desde luego, he sacado algo provechoso, ante todo el hecho de desarrollar unas capacidades cívicas, incluso de probarse uno mismo, viendo que uno puede ser coherente con lo que piensa; es esa cosa tan bonita que dice el Cantar del Mío Cid de que “boca sin manos no es de fiar”: uno no es una boca sin manos, sino que puede hacer lo que dice. En fin, que en el terreno meramente personal me ha resultado provechoso.

A.H. ¿Cómo valora la nueva política del gobierno y de sus aliados parlamentarios en relación con ETA? ¿Y cómo la del principal partido de la oposición?

F.S. Esta política comenzó cuando ETA, mediante el Pacto Antiterrorista, la Ley de Partidos, las reacciones de la gente a los atentados de Al Qaeda, etc., vio bloqueada su función, y se quedó sin venta posible del terrorismo. O sea que el problema es que ETA dejó de matar no porque Zapatero le prometiera nada, sino porque no podía[*]. Y lo que antes era glamuroso y sonaba a Che Guevara y a guerrilla, ahora se había convertido en el moro loco del turbante al que nadie se quiere acercar. Se acabó, digamos, la venta del terrorismo como algo positivo, que desgraciadamente todavía en Europa había quien lo veía así. Entonces ETA rectificó y decidió que si no podía rentabilizar la violencia como había hecho hasta ahora iba a intentar rentabilizar el cese de la violencia, aunque fuera forzoso y no voluntario. Y por eso decidió acercarse al gobierno. Yo creo que el gobierno debió permanecer simplemente en la postura de ‘bueno, Vds. verán: si dejan las armas y vienen aquí de uno en uno, pues bueno, procuraremos…, y la sociedad, que ha sido generosa en otros aspectos, también lo será con Vds.’; y se acabó.

En vez de eso se creó una expectativa, alentada sobre todo por los nacionalistas no estrictamente violentos –que tanto han sacado de la violencia y tanto esperan sacar ahora del cese de la violencia-, de que algo se debía hacer con el País Vasco, como si todo lo que se había hecho durante los 30 años de gobierno nacionalista, el parlamento, la propaganda, etc., no fuera nada. Ahora resulta que hay que volver a hacer otra vez más concesiones. Yo no creo que el gobierno las haya hecho ya, pero sí ha dado a entender que se pueden hacer, sobre todo hablando de una mesa de partidos que es una imposición directa de ETA y Batasuna, y que estaría justificado.

También eso indica el adocenamiento intelectual del país en que vivimos, pues por qué debe establecerse una mesa de partidos. Porque, claro, las razones que se le ocurren a uno para establecer una mesa de partidos es hablar de Navarra, cosa que no se puede hacer en el Parlamento Vasco, o de Francia, e introducir temas ilegales: es dar un aspecto de legalidad a la ilegalidad. ¿No son esos los motivos? Pues que se nos explique. ¿Alguien ha oído a algún dirigente socialista aducir algún tipo de argumento? Lo único que dicen es lo siguiente: ‘Con violencia no se puede hacer nada’. Y bien, si con violencia no puede hacerse, por qué ha de hacerse sin violencia. Y para qué, si tenemos un parlamento y unas instituciones. Esas preguntas tan sencillas ni se han planteado ni se han respondido, creo, con suficiente nitidez. He ahí la chatarra de la actitud que ha tenido el gobierno hasta ahora.

En cuanto al principal partido de la oposición, habiendo llevado desde el principio un planteamiento muy truculento, se ha quedado un poco ronco; es como cuando los cantantes de ópera empiezan a dar el do de pecho desde que se levanta el telón, que ya en el segundo acto tienen que empezar a cantar por señas porque se han quedado sin fuerza; pues bien, aquí ha pasado lo mismo. Ya, cuando llevamos esa locura al parlamento, cosa que en el fondo era superflua si se quiere, pero no había por qué decirle que no, y al decírseles, ‘Oiga, ¿si estos señores quieren dejar las armas, etc., puedo negociar con ellos sin pagar ningún precio político?’ Pues sí, se arreglaba con sentido común. Pero en su lugar hubo un discurso de traición a los muertos; todo eso, que estaba completamente desplazado en ese momento, no ha dejado bien al gobierno. Pero como ya desde el primer día, sin que pasara nada, dijeron las mayores atrocidades, ahora qué van a decir.

De todos modos, el que tiene que convencer es el gobierno. La oposición se pone como se pone, pero el que tiene que convencer es el gobierno. El vídeo que acaba de sacar el PSOE [Partido Socialista Obrero Español] es una prueba de lo malos políticos que son, pues sacan un vídeo para probar que Aznar hizo tal y cuál. Pero bueno, eso es un argumento para tratar de evitar que se cometan los mismos errores. Malos son, pues, los del PP [Partido Popular], que niegan lo evidente, que eso pasó y que efectivamente Aznar habló y negoció con los terroristas. Pero es que en aquellos momentos no tenía nada de malo; lo malo es volver a hacerlo cuando ya se ha visto que se rompió la tregua, que hubo otra vez muertos, etc. Entonces, unos por creer que es un argumento a favor de lo que hay, cuando más bien es todo lo contrario, y otros porque niegan la evidencia… en fin, que estamos en manos de unos políticos muy mediocres.

A.H. ¿A quién hay que vender el alma para ser un ciudadano virtuoso? ¿Qué es una conducta coherente cuando para ser, no ya ciudadanos, sino incluso hombres, necesitamos ser tanto ángeles como demonios?

F.S. Yo creo que el alma hay que írsela construyendo, como decían algunos gnósticos, que pensaban que nadie nace con un alma, pero que con un poco de suerte uno la puede desarrollar a lo largo del tiempo. Y yo soy partidario de esas teorías; en principio uno no tiene alma, los bebés nacen con ganas de mamar, pero no con alma, y con un poco de suerte uno va desarrollando un alma. Y eso es lo que hay que hacer. Una de las cosas es que el alma, digamos, esté al servicio de elaborar realidades y no puramente una coherencia en el sentido de que como una vez dije blanco en algún momento ya siempre tengo que decir blanco. Hay una frase muy bonita de Nietzsche que dice que hay quien escribe su vida en verso consonante, que no puede escribirla en verso libre. Y dice, ‘no, yo, es que tiene que rimar con lo que dije...’. Pues bien, no, la vida hay que escribirla en verso libre, no en verso consonante, y la coherencia tiene que guardar relación con esa alma que vamos construyendo, y no con eso que ya dije una vez.

A.H. Los sofistas y Spinoza, por citar sólo dos entre otros ejemplos, ¿lecturas recomendables?

F.S. A mí los sofistas, sobre todo como actitud y como fuente de problematización intelectual, me parecen enormemente sugestivos.

Spinoza ha sido y es el filósofo que más me ha convencido; cuando se dice lo de la isla desierta y los libros que uno se llevaría…, yo con quien me quedaría es con Spinoza, salvando naturalmente las distancias, los siglos, el lenguaje, etc. Pero, en fin, su visión del mundo es lo que más defendible racionalmente me parece, y que es el filósofo con el que cada uno debería relacionarse en un momento para tener cordura; yo creo que la cordura viene a través de un pensamiento como el de Spinoza, y que por lo tanto nadie debería renunciar a frotarse con él para tener cordura.

A.H. La irracionalidad galopante, en sus variantes política, religiosa y psicológica, su apuesta creciente por la violencia, las guerras gratuitas, etc., ¿son la prueba del fracaso del ideal ilustrado o de su insuficiente implantación?

F.S. En mi opinión, ningún ilustrado supuso nunca –quizá, ingenuamente, alguno sí- que su ideal iba a bastar para convertir el mundo en un paraíso y en un vergel en el que el león pastara junto al cordero y cosas así; es como decir, bueno, los avances de la medicina no impiden la muerte o que aparezcan enfermedades. ¿Y qué? De hecho, seguimos prefiriendo que la medicina avance a que no avance; el hecho de tener unos hábitos higiénicos, alimenticios, gimnásticos más o menos sanos, todos sabemos que benefician nuestra salud, que es inútil que por mucho que renunciemos a ciertas comidas y hagamos un poco de caminar al día pretendamos con eso impedir que un día nos llegue la muerte; aun así preferimos hacerlo. O sea, no se puede decir que las cosas están mal y por lo tanto la Ilustración ha fracasado, sino que las cosas están mal y por tanto es necesaria la Ilustración para que no empeoren, y los males no vayan más allá, y porque a veces cuando los bienes vienen, llegan por esa vía y no por otra. A mí lo que me interesa es constatar que los bienes que han venido a nuestro mundo –los derechos humanos, el desarrollo ecológico y otros- lo han hecho siempre por la vía de la ilustración de la razón, nunca por apasionamientos irracionales y supersticiosos. De ahí no ha venido nada.

A.H. ¿Cómo valora la no aprobación, por el momento, de la Constitución Europea? ¿Cree que Europa tiene futuro, o las diversas almas que en ella conviven acabarán por reducirla a un estado vegetativo, o bien, en el mejor de los casos, a dejarla más o menos como está?

F.S. Sinceramente, no te sabría contestar. A mí, debo decirte, la Constitución Europea no me gustaba sin más. Pero por otro lado creo que se debería haber aceptado como base, como primer escalón de algo. En primer lugar, porque que una constitución no te guste no es mala señal, es decir, que no le guste a nadie del todo no es mala señal, porque eso quiere decir de alguna manera que está compensada, pues una constitución que encantara a unos y desagradara a otros sería muy mala. Si dejara a todos con una sensación de fracaso está bien, porque eso quiere decir que todos han renunciado a algo buscando la propia razón de ser. No me gustaba mucho, pero creo que tenía esa ventaja, y que había que apoyarla.

Fracasó. Yo creo que Europa está demasiado cargada de historia para que sea fácil organizarla de acuerdo con una visión unitaria. En nuestro inconsciente de europeos, el enemigo, el adversario, el rival, por decirlo de alguna manera, tiene siempre rostro europeo. O sea, que nos es más fácil llevarnos bien con los neozelandeses, etc., que con los vecinos de siempre, porque toda nuestra historia está hecha de encuentros y desencuentros con ellos. Yo tengo la esperanza de que Europa se convierta, no ya en una unidad cultural, porque eso ya lo es. Nadie ignora que lo es y que cada vez más lo será más educativa, etc. Pero lo importante es que eso no lo haga con una pérdida de calidad. Porque cuando uno ve las disposiciones de Bolonia sobre la universidad, etc., se alarma un poco porque a pesar de nuestro antiamericanismo visceral, luego lo que se lleva a la universidad son los planes de estudios de las universidades americanas, lo que no deja de ser por lo menos irónicamente divertido. Pero, en fin, yo soy de la generación que creía que Europa era nuestra salvación, y aunque de alguna manera ya lo veo bastante más templado de entusiasmo, sigo pensando que nuestro destino es europeo.

A.H. ¿Qué es Turquía, una amenaza venidera más o un principio de solución a la idea de Europa? Y en conexión con eso, ¿es realmente democratizable el Islam?

F.S. Sinceramente, creo que hay razones a favor y en contra de la entrada de Turquía en la UE. Turquía, por un lado, siempre ha estado en Europa, y los europeos han sido conscientes de eso. No es ninguna arbitrariedad afirmar que “el gran enfermo”, como a veces se la llamó, desde la toma de Constantinopla lo estuvo siempre, y quienes lo nieguen simplemente ignoran la historia. Lejos de ser un invento, la Historia lo que te revela es que Turquía está en Europa en parte como puente con otras realidades, porque en el fondo Europa o la UE son convenciones, y no una realidad inventada por la mente. Convencionalmente decimos que geográficamente llega hasta aquí, pero sin duda podría llegar más allá.

Ahora bien, hoy hay razones a favor y en contra, aunque yo tiendo a pensar que sería mejor que estuviera dentro de Europa, pero eso sí, cumpliendo una serie de requisitos que, sin duda, hoy aún no los cumple, como la libertad religiosa, etc.

No se puede decir que de por sí el Islam sea incompatible con la democracia, porque sería condenarlo a una situación muy incómoda. Europa, en efecto, está llena de musulmanes, y no todos son enemigos de la democracia. Los hay, sí, intransigentes que se comen a los niños crudos y los hay completamente normales que cumplen con las leyes y que no tienen objetivos diversos a los de los católicos. Más difícil que fue introducir al catolicismo en la democracia no puede ser nada; más condenas contra los derechos humanos que las efectuadas por los papas nadie puede emitir; en países como el nuestro, hoy día, con lo que tropieza la democracia no es con los musulmanes, sino con la propia Iglesia Católica, con sus ideas, que tratan de imponer dogmáticamente. Es verdad que por una serie de razones históricas el Islam ha seguido otro camino; el hecho de que no haya tenido una cabeza visible, el propio califato, etc., explican que haya tan poca democracia en los países musulmanes, pero eso no significa que sea imposible metafísicamente hacer que los musulmanes acepten el laicismo; hoy se habla de integrismo, etc., pero en el siglo XIV toda Europa estaba llena de integristas y ahora los vemos por la calle y son todos unos señores muy agradables. Y en España incluso los hemos conocido personalmente.

A.H. ¿Por qué en su opinión Latinoamérica no termina de levantar cabeza? [¿Ha visto los chavecitos que en Venezuela ha regalado el aspirante a Castro a sus votantes: qué concepción tiene realmente de su gente un soberano así?].

F.S. Para mí, desde luego, América Latina es uno de esos sueños incumplidos de los que hablaba anteriormente, pues yo, desde muy joven, he viajado mucho por Latinoamérica, tengo una fortísima vinculación con ella (sobre todo con México, quizá el país que más llevo en mi corazón, pero también con Colombia, Argentina, Venezuela), mis libros se venden allí quizá más que en España, he sido profesor en muchas universidades de allí y conozco a muchísima gente. En fin, que vivo todos esos problemas de manera muy directa.

Hay un cuadro general en América Latina: su gran problema es la pobreza, que trae miseria, ignorancia, e imposibilita el desarrollo de una clase media. Eso ha sido y sigue siendo un gran problema por todas partes. Países como Perú, Bolivia, etc. tienen un 60 ó 70% de pobres; Evo Morales, por ejemplo, si se presentara en Suecia, seguramente lo votarían pocos, pero es que se presenta en Bolivia; cuando uno habla de izquierdas… bueno, en mi opinión, votar en AL a un candidato de derechas es ser un poco suicida, es ser masoquista; ahora, claro, dentro de las izquierdas, hay figuras como Bachelet, Lula, que son figuras homologables en lo bueno y en lo malo a los políticos de otros lugares y con políticas progresistas; y figuras que representan el halago a ese lado que perpetúa los males: en nombre de que existen lo que hacen es perpetuarlos.

¿Recuerdas la revolución de los claveles en Portugal? Hay un personaje hoy poco recordado, Otelo Saraiva de Carvalho, que fue a Suecia a pedir apoyo a Olaf Palme, y cuando éste le preguntó por los objetivos de la revolución aquél le dijo: ‘vamos a luchar para acabar con todos los ricos que hay en el país’; a lo que repuso Palme: ‘pues mire usted, nuestro objetivo es precisamente el opuesto, o sea, acabar con los pobres’. Todo eso lo digo a propósito de Chávez; yo comprendo que allí las desigualdades son tan hirientes que la gente acabe votándole, pues Chávez, desde luego, no es un paracaidista que haya caído de la luna, sino el resultado natural de una situación en la que una clase política corrupta, vendida al capital extranjero e incapaz de generar riqueza, se despreocupó por entero de la suerte del país. Chávez quiere también acabar con los ricos. Está alimentándose de esos fracasos económicos y sociales, pero sigue halagando ese populismo de masas que no crea ni infraestructuras, ni inversiones, ni un país moderno, y perpetúa el odio social; y por ahí no se va a ningún lado. Otro ejemplo es el propio Castro; cuando tomó el poder, Cuba tenía una renta per capita superior a la de España, y ha terminado convirtiéndola en un lisiado político sin salida. El fracaso no puede ser mayor.

A.H. Tras la guerra de Irak, ¿qué diferencia a una democracia de un régimen tiránico, o algo aún peor, en la sociedad internacional? Y en conexión con eso, ¿qué esperanzas quedan de supervivencia a la libertad cuando la seguridad impone su dictadura en el interior de un régimen democrático? ¿Hay equilibrio posible entre ellas? O mejor: ¿hay modo de convertir la seguridad en una función de la libertad?

F.S. Cuando se habla de que en pro de la seguridad se limitan las libertades, hay que reconocer que eso es lo que ha hecho siempre el progreso; un ejemplo: la enseñanza obligatoria es una merma de la libertad que antaño tenía el padre de enviar a su hijo a recoger aceitunas o a lo que fuera sin ninguna obligación, en tanto ahora tiene que mandarlo obligatoriamente a la escuela. Su seguridad educativa se paga en pérdida de libertad. El hecho de que todos tengamos que pagar obligatoriamente parte de nuestro sueldo y dedicarlo a la seguridad social es para conseguir seguridad: el Estado Providencia, en eso, actúa de manera opuesta a como piensan algunos neoliberales de hoy, para quienes cada uno debería ahorrar su dinero como quisiera y gastarlo como le viniera en gana.

O sea, mejor no nos escandalicemos tanto, porque la merma de ciertas libertades en pro de una búsqueda de seguridades colectivas y de no vivir en una jungla de lucha de todos contra todos lo venimos haciendo desde el siglo XIX. Lo que sí es verdad es que algunas veces las limitaciones son gratuitas, como las impuestas recientemente en la UE relativas a determinados productos que ahora se prohíbe llevar en los aviones…

Dicho eso, es verdad que la mayor fuente de seguridad en el mundo es la justicia. ¿Por qué un país como Holanda está más tranquilo que Colombia? Pues porque es más justo; y lo que se debe hacer es buscar más justicia para lograr una mayor seguridad. Es cierto que hay excepciones en los mismos países desarrollados, donde hay justicia y democracia, como ocurre en el País Vasco, en los que una banda de fanáticos crea terror, pero es menos probable. En cambio, donde las desigualdades son enormes, la aparición de elementos de inseguridad es mucho más brutal. Con esto cabe enlazar la idea de la inmigración, etc.; el inmigrante no es ni más ni menos proclive al delito que el nativo, pero como tiene menos oportunidades, está menos protegido y más discriminado, se ve abocado a veces a solucionar sus cosas de manera ilegal. En mi opinión, la verdadera búsqueda de seguridad debe consistir en la búsqueda de una democracia entendida no en el sentido de una mayor amplitud de mercados, al modo de los americanos, sino de una democracia entendida como justicia. No lo resolverá todo, pero resolverá mucho.

A.H. Esa misma guerra, y la protesta mundial que desató contra ella, hizo concebir como real el, para algunos, sueño de una opinión pública mundial. Creer en ella, ¿es sueño y realidad a un tiempo, o los sueños, sueños son?

F.S. Hannah Arendt, en su libro Sobre la revolución, en el que compara la revolución americana con la francesa, también habla de ese tema, y nos dice que la cuestión no es crear una opinión pública más o menos unánime, cuanto dar la posibilidad de que cada uno pueda tener su opinión; es decir, la cuestión es crear no una opinión pública, sino una opinión individual fundada, que es lo que hoy echamos de menos. No se trata de que todo el mundo salga a la calle diciendo que le va bien, mal o regular la guerra de Irak, sino de que quien salga lo haga porque tiene razones fundadas y pueda argumentarlas.

A partir de Francia, nos dice Arendt, la idea es la masa vitoreando toda junta. Pero esa opinión pública no tiene por qué ser la opinión de nadie porque nadie sabe de qué se está tratando realmente, sino que la gente lo que tiene es la necesidad de compartir un mito, como magistralmente nos muestra Shakespeare en su Julio César, donde la multitud nada sabe de César, sino que comparte la opinión del orador de turno según cómo le cae en gracia.

La utilidad de la prensa y de los medios de comunicación sería formar una opinión individual fundada que, naturalmente, entraría en complicidad y apoyo con otras del mismo género. Pero la idea de que todo vale intelectualmente igual, y que lo importante es tener una opinión, aunque uno se moleste en dar razones, se halla cada vez más extendida –se trata de algo que se fomenta desde ciertas webs o blogs, donde cada uno dice lo que quiere, y como todos salen allí con el mismo tipo de letra, por así decir, acaban equiparándose las opiniones del premio Nóbel y las del ignorante, con sus supersticiones y tonterías. Hace poco, tras una entrevista concedida a una ex alumna, que deseaba promocionar una web recién lanzada, en la que yo insistía en la necesidad, hoy mayor que nunca, de discernir entre opiniones fundadas y opiniones infundadas, ocurrió que hubo una oleada de indignación y de protesta por el elitismo presente en lo que yo había dicho. O sea, está injustificado distinguir entre opiniones fundadas e infundadas. Todo vale igual, pues: esto sí que es intolerable y alarmante.

A.H. Entre los miedos a la libertad, los miedos al terror, los miedos a la globalización y los miedos al calentamiento de la Tierra, algunos de ellos interrelacionados hasta cierto punto, ¿queda ya algún resquicio para la acción democrática, algún destino para la justicia, la paz y la libertad?

F.S. Una cosa es el miedo razonable, que es uno de los grandes pedagogos de la humanidad, a través del cual se adquiere sensatez: por miedo a no ser amados, por miedo a enfermar, a la violencia, etc. dejamos de hacer cosas que son peligrosas; al niño, por ejemplo, hay que explicarle que meter los dedos en el enchufe puede tener malas consecuencias; y otra cosa muy distinta es el pánico, que, como decían los clásicos, sirve para paralizar completamente; cuando el pánico paraliza ante algo, no sirve de nada, sino al contrario: el exceso de terror, el terror irracional, que anula todas las posibilidades de salir de él, es muy negativo, y efectivamente puede llevar a un país a buscar a alguien que le descargue de su pánico, aunque sea a costa de otras cosas más espantosas todavía.

Miedo es algo que hay que tener, pero como motor, sino como elemento paralizador. Los que vivimos en este mundo, y de momento no tenemos otros, debemos tener miedo a que abusos industriales, etc., lo hagan invivible; es algo remoto, pero no improbable, y que desde luego deberíamos prever cuanto antes. Tener miedo ante eso no es una histeria, sino una forma de prudencia. Naturalmente, el hecho de que eso nos llevara, digamos, a querer destruir toda la civilización industrial y volver a las cavernas para así asegurarnos la supervivencia sería una exageración.

A.H. ¿Cuál debería ser la institucionalidad de ese mundo quizá posible? Por ejemplo, ¿en qué dirección debería ir la reforma de la ONU?

F.S. Partamos de que no hay, ni puede haber, alianza de civilizaciones, porque sólo hay una civilización, que es la civilización técnica que vivimos todos; de hecho, Bin Laden, cuando quiere volar una torre, o Bush cuando quiere curarse un cáncer, apelan todos a lo mismo: nadie llama al hechicero, ni invoca la danza de la lluvia, ni otras cosas por el estilo. O sea, que no hay alianza de civilizaciones. Es verdad que cada uno puede llamar a las cosas por el nombre que quiera. Hay quien habla de la filosofía de ventas de El Corte Inglés; pero igual eso no es filosofía; ni tampoco las que suelen llamarse civilizaciones lo son. Lo que sí hay ya, y firme, es una alianza de países, una alianza de Estados, que es Naciones Unidas.

Eso sí, Naciones Unidas tiene dos problemas fundamentales; uno, que en su deseo de abarcarlo todo lo mismo vale un país democrático que otro que no lo es; entonces, las satrapías más repugnantes o los países más escrupulosos en la defensa de los derechos humanos, son medidos por el mismo rasero, y por eso te puedes encontrar a Cuba dirigiendo la comisión de derechos humanos, etc. Esto habría que cambiarlo. Debería haber unas exigencias democráticas básicas en los países para ser aceptados en Naciones Unidas, y ya en ese caso, es decir, cuando hubiera igualdad democrática, el veto habría que suprimirlo. El veto, de hecho, sólo se aplica a los países pequeños que no tienen posibilidades de enfrentarse a los grandes, mientras que los grandes siempre tienen posibilidades de excluirse de las decisiones desfavorables. El veto es por tanto una fuente de discriminación.

En cualquier caso, la vía está ahí. Seis mil millones de seres humanos en crecimiento no podemos seguir viviendo en tribus, no podemos seguir viviendo en oposición unos con otros, no podemos buscar unos cuántos una balsa viendo cómo a los demás los devoran los tiburones. Un mundo tan bipolarizado es muy inseguro, por volver al tema de la inseguridad de que habláramos antes. De ahí que Naciones Unidas tengan que buscar un mundo cohesionado, al menos en lo esencial. Y luego está la diversidad de culturas –de culturas, que no de civilizaciones-, que pueden cada una de ellas tener sus fines propios, mestizarse, etc. Sabiendo combinar elementos comunes y diferencias se van dando oportunidades a la paz.



[*] Cuando se realizó esta entrevista, el lunes 4 de diciembre, ETA llevaba ya tres años y medio sin asesinar a nadie. Pero el penúltimo día del pasado año, una bomba hizo explosión en el aparcamiento de la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas, en Madrid, causando dos nuevas víctimas. La banda terrorista reivindicó la autoría del atentado algún día después.