Perfiles y semblanzas

El intelectualismo en la caracterización sociológica de Manuel Ugarte sobre América Latina

Marcos Olalla | Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza), Argentina

Resumen:

Este trabajo analiza el sentido intelectualista de la producción literaria modernista de Latinoamérica. Dicho enfoque es revisado en la obra del escritor argentino Manuel Ugarte (1875-1951) El porvenir de América Latina (1910). Nuestra lectura ofrece algunas líneas para la discriminación de las diversas fuentes ideológicas del intelectualismo en el “americanismo literario”. Consideramos en tal sentido la perspectiva historicista con la que Ugarte describe la composición social de América Latina.

Palabras claves: intelectualismo, modernismo, americanismo literario, historicismo, nación

Abstract:

This paper examines the intellectualistic aspect of Latin-American modernist literary production. This focus is analyzed in the Argentine writer Manuel Ugarte’s (1875-1951) work El porvenir de América Latina (1910). Our approach tends to provide some hints to sort out the diverse ideological fountains wherefrom intellectualism in “Literary Americanism” springs. We take into account Historicist Ugarte’s focal view point on his description of Latin-American social components.

Key words: intellectualism, modernism, Literary Americanism, historicism, nation

 

Introducción

Ya han pasado veinte años desde que A. Rama reclamara que la tensión desarrollada entre la especialización de la actividad literaria y la participación de los escritores en el foro público había sido descuidada por la crítica literaria. En un sugestivo contrapunto con el célebre historiador de la cultura latinoamericana P. Henríquez Ureña (1954, 165) el crítico uruguayo invirtió el signo de la valoración culturalista de la política (Rama, 1984, 108-109; 1985, 91-92). En efecto, si Henríquez Ureña lamentaba la especialización de la política en términos de su pérdida de contacto con los escritores latinoamericanos entre los años 1890 y 1920, Rama señalaba, al par de la efectiva intervención u ocupación en temas vinculados a la política -con lo que el concepto de “literatura pura” esgrimido por el sabio dominicano no hacía justicia a la valoración de este período-, que, de cualquier modo, la participación conciente de los intelectuales en el campo del poder no garantizaba la eficacia en la gestión de lo público. Por el contrario, esta improcedente forma de la nostalgia cuyo objeto era la autoridad perdida de los letrados no hizo más que enfatizar el mito acerca de la privilegiada intelección de los asuntos políticos por parte de aquellos (Rama, 1984).

El discurso por el cual se afirmaba la práctica del “arte por el arte”, que constituía un modo oblicuo de recuperación de la autoridad minada por la especialización, determinaba, al mismo tiempo que la configuración de un locus de enunciación en apariencia desinteresado, un recurso universalista compatible con el eclecticismo estético y doctrinario del modernismo. Además, el sesgo americanista promovido por la conciencia generacional y cultural de los autores del período, constituyó un modo de despliegue de la convicción formalista de los mismos. La determinación legítima de las objetivaciones que debían nutrir los discursos de identidad era una tarea propicia para los letrados en virtud de su libre incorporación de herramientas teóricas universales. Sin ser la única dirección de la producción modernista, el americanismo, mediado por esta forma de normatividad cognitiva universalista, se constituyó en un discurso de contornos intelectualistas.

Por otra parte, la percepción del avance del imperialismo norteamericano sobre América Latina constituyó un factor externo al reacomodamiento de la autoridad letrada pero sobre el cual ésta se montaría. La concepción de la necesidad de acentuar los lazos culturales y políticos de América Latina frente a la potencia del norte tornaba acuciante la tematización de la composición social de la misma. Las coordenadas intelectualistas sobre las cuales se estatuía la pertinencia de aquel análisis para la comunidad letrada profundizaba su distancia respecto de aquellos sujetos que debía diseccionar y se topaba frente al problema de la raza, fenómeno que revelaría algunos de los aspectos más negativos del discurso modernista [1] .

Independientemente de la imposibilidad de hablar en sentido estricto de una ideología modernista (Real de Azua, 1986), resulta evidente el desarrollo de una “función ideológica” (Rama, 1984) desplegada por los autores de aquel movimiento literario, consistente en la atribución de la determinación de las direcciones definitivas de un proceso que ponía de manifiesto su creciente complejidad social, pero al interior del cual aquel discurso acentuaba la distancia frente a lo popular (Montaldo, 1994; Pérez, 1995; Kirpatrik, 2005). En este marco destaca un autor que, acuciado por la coyuntura política latinoamericana de fines de siglo XIX y principios del XX, revela las tensiones de un pensamiento que, sin renunciar al intelectualismo modernista, interpreta en sentido dialéctico la composición social de América Latina y sus expresiones culturales (Olalla, 2005).

Intelectualismo y modernismo

La obra del escritor argentino Manuel Ugarte (1875-1951) representa un caso significativo para analizar la tensión entre ciertos tópicos de una estética modernista que comparte y una teoría de la literatura como “arte social” (Ugarte, 1905; Olalla, 2000; Peñafort, 2001) que se aleja de las reflexiones sobre la literatura en el modernismo (Polo García, 1987).

La preocupación ugartiana frente al avance del imperialismo norteamericano en América Latina le induce a ampliar el concepto de nacionalidad (Maíz, 2000). La percepción de tal coyuntura histórica determina fuertemente su elección del discurso ensayístico como forma de enunciación, por cuanto asume, con un sentido fuertemente programático, la necesidad de repensar las coordenadas sobre las cuales se configura aquel concepto [2] . El sentido coyuntural de este pensamiento da cuenta, al par del contenido performativo de un discurso que invoca la integración latinoamericana, de una concepción de la nacionalidad que atribuye a la historia su carácter de fuente de una cultura cuyos bordes exceden los límites territoriales asignados a los países latinoamericanos (Ugarte, 1906; 1908).

Con este horizonte como fondo Manuel Ugarte publica en 1910 El porvenir de la América Española [3] . En esta obra la nacionalidad constituye el emergente de una articulación histórica entre el componente étnico de América Latina y la concreta situación política del continente signada por la agresión imperial. El modo como la historia atraviesa el registro etnográfico presente en el análisis de los diversos sujetos sociales que componen la sociedad latinoamericana constituye un índice de la resignificación política de las representaciones culturales a las que se asigna carácter nacional. Al mismo tiempo, la introducción de esta clave histórico-política de su lectura permite reconsiderar la carga axiológica fijada en las tradicionales interpretaciones de la historia latinoamericana fundadas sobre el eje categorial civilización-barbarie (Roig, 1991; Lojo, 1995; Arpini, 1997), desplazando en el eje de dicha oposición la identificación de la modernidad con la acción de Europa para remitirla a un registro histórico que permite evaluar la condición civilizada o bárbara de un determinado sujeto en función de la “atmósfera social” que lo engendra. Así, al referirse al descubrimiento de América, Ugarte enfatiza el carácter medieval del imaginario de los conquistadores:

En 1492 (…) el símbolo de la civilización seguía siendo una espada. Así se explica que los que multiplicaron la extensión del mundo y empujaron el límite de las estrellas, no zarparan con el fin de gritar una verdad a los cuatro vientos, como los calvinistas de 1532, o de ofrecer la libertad a otras naciones, como los republicanos franceses de 1796. Hijos de su siglo y prisioneros de la concepción caduca, sólo esgrimían como presente de rencor y de represalias su fanatismo y su crueldad. (Ugarte, 1953, 1-2)

El criterio de determinación del carácter civilizador de un proceso es formulado desde un enfoque eminentemente historicista que, si bien liga el estado de cosas analizado a las condiciones históricas de su surgimiento e implementación, como así también al universo ideológico que lo justifica, al mismo tiempo posee, aunque en la forma del contraste, un horizonte en el que se esbozan las ideas de “verdad” y “libertad”, proyectadas por la dirección previamente asignada como una dirección legítima de la modernidad. La imposibilidad de consumar en tal contexto una orientación novedosa para el curso histórico se ve inficionada por el “estigma de la vejez” (p. 3). No obstante, la natural conflictividad de una fusión semejante promueve el surgimiento de una conciencia de la novedad signada por la contradicción. Así, de la oscuridad del dogmatismo brota el deseo de reinterpretar el mundo, aunque en el marco de un contexto en el que la corrección epistémica asignada a tal representación resulta al mismo tiempo posibilitada y socavada por el desarrollo de la lógica imperial del capitalismo.

Desgraciadamente el ensueño no lo consumía todo. Mientras los poetas barajaban constelaciones y los geógrafos delineaban toscamente los perfiles de las costas que acababan de surgir, los jefes atestaban de metales los barcos que debían volver a la Península. Comenzaba el vértigo. (p. 3).

Esta tensión atraviesa la historia de América Latina e instaura una modulación que, expresada en la figura de lo vertiginoso, signa una relación ciertamente conflictiva entre la condición miserable de la explotación y el carácter pletórico de su Naturaleza. Este último extremo de una relación de impronta dialéctica, expresada en su “gradación de climas”, en su “vegetación lujuriosa”, en sus “llanos fertilísimos” y en sus “ríos caudalosos y navegables”, constituye una señal de la abundancia y anuncia la dramática emergencia de la solidaridad incorporada a la moderna concepción humanitaria de la sociedad. Este fondo de perfil romántico delinea el rol de la conciencia como espacio de síntesis de una contradicción postulada con un sentido histórico. La imposibilidad de aprehensión de semejante carácter de la naturaleza resulta, sin embargo, inducido por un límite material introducido por las coordenadas históricas con las que se explica el fenómeno del imperialismo, en lo que constituye un esfuerzo por articular condiciones objetivas y subjetivas para una superación de la lógica colonial, capaz de incorporar en su seno el progreso, la abundancia y la diversidad.

En su concepción de la nacionalidad Ugarte distingue el plano territorial respecto de la personalidad de un pueblo, con el propósito de postular los extremos de una tensión entre los aspectos naturales e históricos, étnicos y políticos. La articulación de tales planos es resultado de una síntesis desarrollada en clave historicista, es decir, como consumación histórica de una “orientación general” en la que confluyen las diversas fuentes de la nacionalidad y se plasma sobre el fondo de la primacía de ciertas formas de racionalidad orgánicas con las proyecciones progresistas del curso histórico.

Esta interpretación de la nación latinoamericana se inscribe en un análisis de los tipos étnicos en el marco de un esquema racial de explicación. Sin embargo, el uso de la categoría de “raza” en la obra de Ugarte no posee la función de explicar en clave biologista el pasado y las proyecciones de América Latina, sino la de expresar una síntesis cultural cuya evidente función política está dada por la invocación, proferida con lenguaje científico, de la necesidad de unir los destinos de los países latinoamericanos frente al avance del imperialismo norteamericano. Se expresa así la necesidad política y teórica de dotar a la interpretación de la situación latinoamericana de un marco categorial capaz de dar cuenta tanto de los rasgos históricos como ambientales que contribuyen a la percepción del carácter fáctico de la unidad política y cultural latinoamericana.

No obstante sus pretensiones etnográficas, es significativa la caracterización del indio por cuanto revela, la complexión al reconocimiento de las condiciones históricas del carácter violento de la conquista de América. Sus adjetivaciones evocan una dinámica inherente a una contradicción histórica pero también lógica. Así, aquellos “heroicos aventureros” que realizaron un “viaje fantástico” se hallan determinados, como “hijos de un siglo que dignificaba la matanza”, por su deseo de aniquilar la diferencia, en lo que constituye una forma de expresión efectiva de sus “almas de inquisidor” (p. 5). Esta intersección de modulaciones da cuenta de cierta tensión entre las condiciones originales de un discurso y sus usos políticos, prefigurando una forma de lectura atenta al componente ideológico de los mismos. Dicha confluencia es histórica puesto que, al mismo tiempo que revela una concepción medieval del poder, prepara el terreno para la afirmación del sentido colonial de apropiación de la riqueza. La violencia es desplazada de una lógica a otra en virtud de lo cual se acentúa el carácter dramático de la historia y se asume la impronta dialéctica de su desarrollo. La imposición del esquema colonial configura dos clases de sujetos: “aquí el haz minúsculo y amenazante de los triunfadores, allá la masa innumerable y sometida de los conquistados” (p. 6). Su relación, en tanto, se halla mediada por la dominación material y por la alienación religiosa. Estas mediaciones explican la recurrencia de formas espurias de reacción por parte del indio como la “inmoralidad”, el “alcoholismo” y la “ignorancia”. Esta situación configura una forma de imposibilidad consistente en la ausencia de recursos simbólicos para orientar un curso de acción emancipador. La distancia objetivante interpuesta por esta forma de enunciación que asume el carácter dramático del desenvolvimiento histórico, resuelve la representación de una raza que “en su esencia ha muerto ya” (p. 7), desplazando en sentido “orientalista” (Said, 1978) el escenario de su actitud resignada desde el factum del fracaso político en un virtual intento de reconquista de sus territorios, al ámbito de cierta esperanza atávica de redención divina:

 

Se dejaron morir con la resignación de los pueblos del Asia, porque el americano tenía mucho del fakir. Después de haberlo esperado todo de las fuerzas celestes, en el derrumbamiento de sus dioses, vencido y despreciado en su propia casa, sin que nada en la Naturaleza contestase el llamado impotente de su angustia, el indio se convirtió en hoja que los vientos llevaron a su capricho. (Ugarte, 1953, 7)

El tópico orientalista encuentra en este discurso un sentido diferente del hallado en el Facundo de Sarmiento [1845] (1940). Si bien en ambos constituye un modo de tematizar el fenómeno del despotismo, lo que Sarmiento atribuye a la determinación de una coordenada geográfica como la extensión de la llanura (Altamirano, 1997), en Ugarte es el resultado de la forma efectiva de la alienación material, social y religiosa. Así, el referente que posee el registro orientalista en este discurso, invierte el sentido de su uso en Sarmiento. En la obra de este último la activación del imaginario asiático posee la pretensión de señalar una distancia definitiva respecto del fenómeno del caudillismo y su condición de obstáculo para el despliegue de la modernización capitalista, mientras que en el ensayo de Ugarte su referente es la resignación política del dominado y su función retórica no consiste en afirmar aquella distancia como sí su incorporación en la formación de la nación latinoamericana. La forma de enunciación orientalista en la obra de Sarmiento se plasma con la evidente función ideológica de negar historicidad al fenómeno representado remitiéndolo a un origen natural. En el discurso de Ugarte, no obstante destaca cierta condición residual precipitada por su regular enajenación, resulta superada por la conformación de la raza que en América Latina viene a expresar oportunamente las demandas impuestas por la coyuntura histórica. La historicidad no constituye como en el caso de Sarmiento el horizonte exclusivo de la interpretación del pasado, sino el pasado mismo, en cuyo caso el presente se halla atravesado por las relaciones de poder precedentes. Afirma Ugarte:

(...) en los territorios donde levantamos las ciudades no hay un puñado de tierra que no contenga restos de las víctimas de ayer. Algunos arguyen que desde el punto de vista de nuestro porvenir debemos felicitarnos de ello. Pero hoy no cabe el prejuicio de los hombres inferiores. Todos pueden alcanzar su desarrollo si los colocamos en una atmósfera favorable. Y aunque las muchedumbres invasoras han minado el alma y la energía del indio, no hay pretexto para rechazar lo que queda de él. Si queremos ser plenamente americanos, el primitivo dueño de los territorios tiene que ser aceptado como componente en la mezcla insegura de la raza en formación. (Ugarte, 1953, 8)

La acentuación del sentido provisional de los atributos de una raza cuya composición es todavía “insegura”, que permanece “en formación”, contrasta con el carácter definitivo de la incorporación de esta particular provisionalidad en el tronco sostenido por un modo “pleno” de ser americano. La historicidad del indio es recapturada en un movimiento que asume como eje de la valoración una idea de “porvenir” resignificada en virtud de tal recuperación, en el que su significado ya no aparece restringido a su condición de emergente de la modernización capitalista, sino a su función de índice moral consistente en la incorporación de formas de subjetividad subalternas.

La argumentación de Ugarte registra los hechos en función de su ubicación en el espacio determinado por la confluencia de las coordenadas social y de época. En este sentido es desarrollada su interpretación del rol de los españoles en la conformación de la raza latinoamericana. Así, el español, hijo de su siglo, despliega una crueldad asociada a cierto desfase entre una atmósfera ideológica medieval y los comienzos del desenvolvimiento de la moderna lógica de la acumulación de riquezas, fundando un orden de cosas que, al precio de exigir instrumentos simbólicos para asegurar la esclavitud del indio, termina por ser incorporado a la propia conciencia y funciona como limitación del progreso. Así, “la causa del estancamiento fue la altivez y la acritud puestas al servicio de dos fuerzas: el sacerdocio y las armas” (p. 10). Violencia y alienación son los tópicos que predominan en la caracterización del rol español en la conquista, sin que por ello deje de reconocer, entre las cualidades de este grupo, la perseverancia, la inventiva y la independencia, aunque significativamente latentes hasta la aparición, con la inmigración, del “español moderno”. En un movimiento que historiza la formulación de rasgos que fijan una determinada tipicidad, el carácter hispánico de América Latina es reconocido, lejos del postulado metafísico de un “origen”, a partir de la experiencia de la diferencia, promovida por el proceso inmigratorio, como una forma de activación de aquellas cualidades relativamente desdibujadas en el pasado, y cuya reaparición, mediada por la experiencia del presente, delinea una determinada filiación.

Lejos de quejarnos de nuestra filiación [señala Ugarte], enorgullezcámonos de ella; porque lo que hace la fuerza de los grupos es la constante comunión con los antepasados, la solidaridad que prolonga el esfuerzo de unos en otros, haciendo que cada cual, al sentirse sostenido por los que le preceden, halle en el orgullo de lo que éstos lucharon por él la fuerza indispensable para servir de luz a los de mañana. No cabe alzar bandera donde cada individuo está desligado de los que le anteceden o lo siguen. El poder de los núcleos estriba en la prolongación de un esfuerzo central a través de las generaciones y en la estrecha fusión, dentro del progreso, de un pasado que se hizo presente con un presente que aspira a transformarse en porvenir. (pp. 11-12)

El tópico de la “iluminación”, de presencia recurrente en la literatura modernista, aquí es reconducido desde su original sentido subjetivista a la historia, territorio de un progreso asequible por una “fusión” que, si bien caracteriza la articulación de pasado y presente, evoca otras de sus formas. Menos que las puntuales representaciones que conforman la tradición hispánica el énfasis está dirigido al reconocimiento de un encadenamiento de sucesos caracterizados por su continua modificación y en función del cual la nacionalidad se convierte en agente del porvenir.

Entre tales componentes de dicha fusión se halla el aporte de los negros. Para Ugarte la razón de su forzada incorporación en estas latitudes obedece a razones económicas y políticas dadas, sin embargo, en el horizonte de una compleja estructura de variables que incluye los planos ambiental y cultural. En una argumentación de matriz romántica enfatiza la presencia de cierta imposibilidad de conducción en un proceso material de consolidación de las relaciones económicas coloniales en virtud de las experiencias de libertad inducidas por la naturaleza. Así, las manifestaciones de una atmósfera inmediatamente reveladora de la novedad estimulan las formas de reconocimiento de un sujeto socialmente construido. El sesgo paradójico de esta argumentación no se halla tanto en el modo como la naturaleza atraviesa el perfil social de una forma de subjetividad, sino más bien en la caracterización de esa experiencia libertaria de la naturaleza como un “soplo de regresión hacia la barbarie” (p. 17). La previsible afirmación en clave romántica del aporte libertario de la naturaleza, al mismo tiempo que asegura un soporte vital para la emancipación de América Latina, resulta incorporada al proceso de modernización, aunque, en este caso, críticamente valorado por la acción despiadada e inhumana de la esclavitud. La percepción de este proceso como una forma de desarrollo dialéctico adquiere claros contornos al interior de los cuales la evocación de los orígenes no constituye necesariamente una postulación regresiva de un fundamento [4] , sino la afirmación de un momento tan decisivo como su contradicción. En el escenario de tal conflicto la naturaleza resulta mediada por relaciones de poder que permiten deconstruir formas coloniales de representación de América Latina. Afirma el escritor:

Los que en este orden de ideas nos reprochan hoy, en el trópico, nuestra inestabilidad gubernamental, ignoran a su vez, que las conmociones son obra acaso de la Naturaleza, que al engendrar se retuerce, rememorando las luchas de elementos antagónicos en las tinieblas del mundo en formación. Europa ha pasado por esas latitudes. ¿Qué fue el feudalismo sino la niñez de una sociedad desorientada que busca rumbo y tropieza en grandes vuelcos de injusticia y de sangre? (p. 18).

 

El despliegue de este modo fáctico de conflictividad determinado por el desarrollo de la vocación imperial de las potencias europeas y de Estados Unidos posee un tipo de resolución intelectualista. Aunque Ugarte dialectiza el fenómeno analizado, lo resuelve en el plano de las valoraciones que los sistemas de ideas orgánicos con el sentido progresista del curso histórico promueven. Así, el negro se mantuvo durante siglos en la base de la estructura social “hasta que el progreso de las ideas le dio la libertad” (p. 19). En un mecanismo relativamente previsible delinea un escenario de resolución histórica al nivel de las ideas cuando el fenómeno representado actúa como operador de la situación que el escritor considera su coyuntura presente. Si el imperialismo es la causa de la esclavitud, también es el problema geopolítico más acuciante para América Latina y, por lo mismo, no extraña que su superación, ausente en el plano material, se asuma como un cierto retraso de lo político respecto de un fundamento ideológico. Pero este anacronismo en la relación entre las ideas y las relaciones de poder se revela en el caso de la liberación de los esclavos promovida en América a partir de las revoluciones de independencia con el signo inverso de la distancia precedente. De este modo, “cuando una ley discutida le concedió la libertad, el esclavo abrió los ojos sin alcanzar a ver” (p. 20).

Esta pretendida insuficiencia señala el objeto de una representación que, al precio de constituirse en una expresión elemental de paternalismo, invoca a la fusión como condición específica de la sociedad latinoamericana. Por lo mismo, el análisis de los grupos étnicos que conforman América Latina posee como fundamento el reconocimiento de las formas históricas de su hibridación. No obstante, la caracterización del mestizo y del mulato revela una estructura categorial construida a partir de la confluencia de modulaciones en apariencia contradictorias. Señala Ugarte, refiriéndose al mestizo:

Condenado a vivir entre dos contradicciones, con los atavismos indolentes de su origen y muchos de los orgullos del europeo, postergado en ciertas repúblicas por el blanco como inferior, considerado en otras por el indio como espurio, el mestizo vegeta y se multiplica en zonas vagas que su misma falta de ilustración hizo quizá fatales. (p. 13)

Aunque enfatiza el rol productivo de la contradicción, pone en juego términos que, sobre el eje de la historicidad de estos perfiles subjetivos, resultan de diversa naturaleza. En un extremo se configura un horizonte cuyos límites aseguran el desarrollo de un tipo de acción considerada “atávica” y por lo mismo “indolente”, mientras en el otro la apelación tiene por objeto un sentimiento, el “orgullo” del europeo. Existe cierta indefinición en la formulación de una dicotomía entre la indolencia y el orgullo en virtud de que en el primer caso se apela más a una atmósfera que a una expresión humana. Si la interpretación del componente indio del mestizo evoca regularmente la naturaleza, el referente de la caracterización de su condición europea es una representación. El objeto de esta última adquiere forma histórica pues se nutre de los sedimentos anímicos depositados por el desarrollo de una política imperial. La afirmación del conflicto en el caso del indio es formulada en función del eje pureza-impureza, mientras que en el caso del europeo es realizada en torno del par superior-inferior, aunque las representaciones de este último funcionan como manifestación de un modo particular de resolución de una relación política. El mestizo “vegeta” como resultado de esta contradicción, en cuyo caso la “fatalidad” debe ser redimida por la “ilustración”. El tópico intelectualista da cuenta pues de la posibilidad de resolución efectiva de una contradicción soterrada. La historicidad es un registro introducido por la representación de un proceso que, comprendido de manera global, pone de manifiesto la inserción del mestizo en la formación de la “raza sudamericana” por dos elementos que nutren en clave dialéctica aquella conformación. Por un lado la acción de los mestizos en las guerras de independencia permite imprimir, con su entusiasmo, de sentido épico el “despertar de la civilización”, afianzando con ello su presencia histórica en tal proceso, y, por otro, la vocación civilizadora del inmigrante, que ha metamorfoseado efectivamente su atmósfera. Del ímpetu épico a la perplejidad suscitada por la modernización, el mestizo viene a instalarse en un lugar específico caracterizado por su dialecticidad. El orden que ha contribuido a fundar exige una transformación posibilitada por la mediación de la acción letrada.

El registro intelectualista con el que Ugarte juzga las proyecciones suscitadas por los conflictos sociales vinculados a una particular forma de subalternidad atraviesa también su caracterización del “mulato”. El carácter informe que el escritor atribuye a las demandas del mulato se asienta en una cierta confusión entre los planos social y político en la representación de su efectiva situación histórica. Si bien dicha caracterización acentúa la condición política de su dominación, alejándose de un esquema racial de argumentación, el cuestionamiento a la representación española del mulato como bastardo ofrece una solución idealista. Al par de su origen económico y político la hegemonía española se nutre de las representaciones del mulato que poseen por objeto un modo de identificación que no hace justicia con su carácter de subalterno. Esa “vanidad pueril” que los separa del negro ofrece las condiciones de posibilidad para el establecimiento de una forma alienada de subjetividad superable tan solo por la percepción de los ideales humanitarios configurados por el desarrollo de la racionalidad. En este sentido, Ugarte tiende a reconocer la historicidad de los esquemas de representación utilizados en la auto imagen de un sujeto determinado, pero recostando ese reconocimiento en la vigencia de ciertos ideales. Dicha vigencia, sin embargo, es resultado en este caso particular, del desarrollo de un atributo en principio europeo como es la capacidad de decodificar sus demandas en la forma de un sistema de pensamiento.

El mulato [dice el escritor] aceptó su situación con incuria y flojedad, limitando su orgullo enfermizo a cosas pequeñas y secundarias. Es lo que asombra cuando se considera el estado social del Nuevo Mundo en aquellos años. Ningunas de las grandes agrupaciones sometidas, ningún individuo dentro de ellas llegó a tener la noción de su derecho. Sentían un vago malestar y una inquietud creciente que se traducía en movimientos bruscos, pero nadie alcanza a darles forma en el pensamiento. (p. 22).

La incorporación de las demandas de los grupos subalternos en los discursos anticoloniales generados en América Latina, al par de permitir la visualización de una situación ideológicamente naturalizada, pone en evidencia la superposición de registros discursivos que posibilita aquella naturalización. Aunque la resolución del problema así planteado adquiere una impronta intelectualista, y en esta línea también paternalista, posee la virtud de esclarecer, historizándola, la relación entre las representaciones de la subjetividad fundadas en su condición social y racial. Sobre el plano de la sucesión progresiva de manifestaciones del “espíritu”, es asegurada una perspectiva universalista en la consideración de los fenómenos sociales, atenta, no obstante, a las condiciones materiales de su expresión.

En términos formales esta argumentación se halla compelida a remitir los fundamentos de la resolución de los conflictos sociales al plano de la historia. En este marco resulta esclarecido el mecanismo por el cual una representación adquiere un sentido ideológico al sobredeterminar la posición social de un sujeto en función de un registro racial de interpretación. No obstante, la solución modernista, consistente en la afirmación de tal historicidad como emergente del desarrollo de un “espíritu nuevo”, restringe su eficacia al ámbito en el que las ideas son regularmente contrastadas (Olalla, 2005). En esta dirección se configura un modo de resolución algo paradójica por cuanto la subalternidad del indio, el negro, el mestizo y el mulato puede ser tematizada al precio de serles negada la palabra.

En este contexto el papel de los criollos resulta vital puesto que a ellos es atribuida aquella cualidad presumida como ausente para los sujetos precedentemente analizados. Este grupo constituye no sólo un colectivo de individuos vinculados por diversas formas históricas de identificación, sino que también aparece como agente de un tipo de evolución material para la que dispone de los recursos materiales necesarios. Esta es la clave para explicar la emancipación política americana como un proceso en el que huelgan modificaciones de los privilegios vinculados a la distribución de la propiedad. Los criollos son pues el grupo social que expresa, aunque de modo abstracto el desarrollo del curso histórico. Las condiciones materiales de su predominio poseen la misma naturaleza colonial que el orden de cosas político que debe ser modificado. La contradicción configurada en torno de los planos económico y político resulta simbólicamente resuelta en la forma de una disputa ideológica entre lo viejo y lo nuevo:

(…) la verdadera división que por entonces existía era la división entre dos concepciones diferentes. Unos vivían con las ideas modernas, otros con los prejuicios viejos. Y esa demarcación se hacía sentir igualmente en la Península y en las colonias. En las alturas predominaba el autoritarismo. En la masa fermentaban las ideas democráticas. Si el movimiento de protesta cobró tal colosal empuje, fue porque la mayoría de los hispanoamericanos ansiaba obtener las libertades económicas, políticas, religiosas y sociales que un gobierno profundamente atrasado y conservador negaba a todos, no solo en América, sino en la misma España (…) No nos levantamos contra España, sino contra el grupo retardatario que en uno y otro hemisferio no nos dejaba vivir. (p. 29).

El sentido universal de una contradicción que, a diferencia de aquellos otros conflictos que se expresan en términos de clase, atraviesa a cada uno de los sujetos sociales, explica la imposibilidad de caracterizar en clave política la orientación de una revolución en la que ocasionalmente confluyen sectores del “clero” o de las “oligarquías adustas”. Es decir, la clase social que efectivamente encabeza el proceso revolucionario se encuentra compelida a configurar una nueva contradicción consistente en la afirmación de un gobierno republicano y de una organización fuertemente antidemocrática. Si la coyuntura histórica determina el perfil político de la revolución en virtud de la incapacidad de España de ofrecer a sus colonias cierta autonomía liberal, es la naturaleza material de los intereses de la burguesía lo que configura el escenario autoritario de la revolución.

Esta caracterización de la burguesía introduce un matiz heredero de la representación marxista de esta clase social a la percepción modernista de la misma como forma parasitaria de desarrollo (Jitrik, 1978; Terán, 1979; Rama 1985b; Gutiérrez Girardot, 1987). Aunque Ugarte coincide con muchos de sus contemporáneos en asignar una condición explotadora para la burguesía (Terán, 1986), su enfoque historicista le permite identificar en ella una impronta revolucionaria fundamental para el desarrollo de la civilización. Así, la conciencia de su condición de agencia del proceso histórico determina tanto el carácter revolucionario de la burguesía, como también, a partir de la pérdida de dicha conciencia, la configuración de un papel ciertamente retardatario. La caducidad del momento revolucionario de la burguesía indica que, al par del despliegue indefectible de la historia en un sentido libertario, desconocido por la identificación burguesa de los logros alcanzados por la rebelión con una concepción estática de la legalidad, la representación del porvenir constituye ya un modo de intervención sobre lo real. Aunque el objeto de semejante representación resulta dificultosamente asequible, el esfuerzo de intuir la dirección asumida por el curso histórico garantiza el despliegue de un enfoque universalista que hace justicia a la dialecticidad de dicho curso por cuanto desde él se puede asumir, en clave intelectualista, la defensa de los ideales racionalmente determinados por la historia, independientemente de la realización de los intereses específicos de una clase. La afirmación del componente cognitivo de un proceso que exige ser esclarecido es tematizada por Ugarte en su caracterización del criollo en términos de una distinción entre el “primitivo criollo” y lo que “hoy podemos entender como criollo”. Señala el escritor:

Al llegar a este punto hay que tener en cuenta una transformación profunda. La ’élite‘ social que realizó la independencia con ayuda de los núcleos a los cuales hemos pasado revista en las páginas anteriores, sólo atendió a servirse de estos últimos, sin definir el porvenir. El primitivo criollo arrastró a sus esclavos a la guerra, embanderó a los aborígenes y utilizó el descontento de las masas que aborrecían la dominación, ignorando que al cabo de los años esos elementos llegarían a ser tan criollos como él. La evolución ha seguido su curso y hoy nos encontramos ante un mar donde las corrientes de preeminencia de las sociedades coloniales se han perdido, para dar lugar a recientes jerarquías económicas que metamorfosean el conjunto, imponiendo nuevas divisiones y acercamientos inesperados. De suerte que el grupo y la palabra sobreviven su antigua significación. (Ugarte, 1953, 32).

La pretensión de dar forma conceptual al porvenir, al mismo tiempo que activa la dimensión representacional que exige la decodificación letrada, reconoce una multiplicidad de planos sobre los cuales se despliega el curso histórico, pero en el que las ideas funcionan como fundamento. La coyuntura tiende a organizarse en la forma de articulaciones económicas, mas el horizonte que hace posible el surgimiento de los componentes de tal articulación es ideológico. No extraña la complexión a interpretar el conjunto de los componentes étnicos de América Latina en términos de una redefinición sobre el fondo de la cual realiza una evaluación crítica de las proyecciones históricas de la actuación respectiva de los grupos analizados. Sin que esta forma de historicismo sea consecuente con la matriz materialista que por momentos Ugarte parece esbozar, se impone un modo de comprensión de la subjetividad que supera el momento etnográfico de la exposición, para, renunciando a la caracterización ontologista de los orígenes atribuidos a aquellos sujetos, desarrollar una lectura del proceso que, a fuerza de dar cuenta de aquella dimensión cognitiva, apela a la conciencia histórica de los mismos y desplaza el eje de las identificaciones del terreno de las condiciones naturales al de las relaciones sociales, políticas y culturales. La historicidad de las identificaciones, en virtud de las cuales atribuir cierto perfil al grupo de los criollos, se nutre de muy diversas vertientes. Tanto el descendiente directo del español, pasando por los indios, los negros, el mestizo y el mulato, hasta el hijo de inmigrante o los extranjeros llegados muy jóvenes son caracterizados con la categoría de “criollo”. Esta modulación consistente en el desplazamiento del eje de la representación del plano etnográfico al histórico se realiza todavía con categorías cientificistas. En efecto, la inclusión de los diferentes grupos sociales analizados en la noción “criollo” es descripta con la categoría de “raza del porvenir”, cuya evidente referencia temporal da cuenta de su condición provisional pero al interior de un lenguaje de pretensiones científicas. La preceptiva inherente a semejante discurso asegura una matriz crítica sobre la base de la cual es posible deconstruir formas sedimentadas de caracterización del criollo en términos económicos o étnicos, así como también el desarrollo de una herramienta asequible exclusivamente a científicos y artistas [5] .

Esta concentración (de la propiedad de la tierra), que pudiera determinar en el porvenir grandes conflictos, no es ahora tan absoluta a causa de los fraccionamientos que impone la inmigración, pero suscitó en ciertas épocas una variante sui generis de potentados, a los cuales se dio por antonomasia el nombre de criollos. También se ha designado así a los que tienen unas gotas de sangre aborigen. Pero la palabra no puede ser desviada de su verdadera significación. Al hablar de la raza del porvenir, trataremos de saber cuáles pueden ser mañana las características finales del tipo que se acumula. Porque el criollo definitivo no ha nacido aún. Existe el armazón y el perfil flotante, pero todas las fuerzas concurrentes no han cuajado todavía en una personalidad o en un símbolo. (p. 34).

Es significativa en este orden de cosas la fuerza de una concepción de lo ideológico que articula los enfoques sociológico y estético desde una matriz positivista. Si la significación evocada es la “verdadera”, sin embargo, su verdad no se resuelve en el espacio estático de la determinación correcta del enunciado, sino en la dinámica de la enunciación de una forma de tipicidad regularmente comprendida como provisional. El carácter “flotante” [6] del significante “criollo” da cuenta de una concepción estética naturalista sobre el fondo de la cual es solicitada aquella tipicidad, aunque representada como una estructura históricamente modificada. Esta recurrente tensión entre formas de determinación estructural e histórica es el recurso del escritor para afirmar la existencia de aquellos intersticios que justifican la codificación letrada de la creciente complejidad de lo social asumida como un modo de irrupción de lo “nuevo”.

La evaluación de Ugarte del aporte de los inmigrantes a la conformación de la nación latinoamericana se encuentra fuertemente vinculada a la convicción modernista acerca del carácter civilizador de la deconstrucción de los significados fijados por la tradición. Además de encarnar en sentido material el curso progresista de la historia, la inmigración permite configurar los extremos de la contradicción que hace posible el despliegue de la racionalidad. Sobre el factum de la conquista española de América y su explotación económica, política y cultural del continente, la ideas de libertad y progreso, resultan afirmadas a partir de la emergencia, en el escenario de una tradición retardataria, de la “savia civilizadora del espíritu francés” (p. 35). Aun cuando la inmigración es una forma de expresión histórica del progreso material, los vínculos establecidos con la nacionalidad continental son previamente determinados por el origen latino de los grupos que, como los españoles, italianos y franceses, mejor se “confundieron con los nativos” (p. 36), asegurando la cohesión cultural de América del Sur. Luego de afianzada en el seno de la matriz latina, la diversidad cultural introducida por la inmigración, esa misma pluralidad debe ser manifestada en términos políticos. Frente a la consideración para entonces abiertamente reaccionaria y autoritaria de Lugones (Pérez, 1995; Altamirano y Sarlo, 1997) sobre la participación política de los inmigrantes y las reservas respecto de aquella del espiritualismo nacionalista de Rojas y Gálvez (Ramaglia, 2001), la posición de Ugarte, aunque se construye en función de un mismo registro culturalista, es desplegada en el marco de un enfoque socialista e historicista. En efecto, la posibilidad de participación política de los inmigrantes se funda en su carácter de “obreros de la civilización”. Lejos de considerar la acción de éstos como una amenaza cultural o política, concibe la clave para una “normalización” de los “resortes democráticos”, que permitiría neutralizar el sentido oligárquico del caudillismo presente al interior del régimen institucional latinoamericano de las primeras décadas del siglo XX.

La articulación del afianzamiento de la diversidad cultural inserta en el espíritu de la cultura latina y la normalización del sistema político, proyecciones atribuidas a la acción de la inmigración, resulta posibilitada por un discurso que en el plano de las ideas tiene por función determinar aquellas formas de síntesis que garanticen la orientación de un proceso social complejo. Señala Ugarte:

(…) hay un tejido de realizaciones mentales y de fórmulas prácticas que pueden atenuar la desorientación o favorecer el empuje de los que acuden a las tierras nuevas en busca de posible bienestar. La inmigración no debe continuar siendo entre nosotros una cosa informe. Es uno de los hechos más culminantes de la vida sudamericana y tiene que imponerse por lo tanto a la atención colectiva, suscitando un gran movimiento de refundición y equilibrio. (1953, 38).

El uso de conceptos como “tejido”, “fórmula”, “informe”, “refundición” o “equilibrio” revela la pretensión ugartiana de asignar un rol político a los letrados latinoamericanos por cuanto representan un sentido de la complejidad sólo decodificable en el lenguaje de los intelectuales. El énfasis del escritor en la posibilidad de ofrecer una interpretación adecuada de las proyecciones del proceso histórico, si bien acentúa la modulación intelectualista, configura una respuesta que explicita la vocación política de la literatura y de la ciencia, así como también constituye un aporte desde este específico locus de enunciación para el problema del imperialismo (Maíz, 2001). Ugarte intenta construir categorías que sean capaces de sintetizar datos científicos y provisionalidad temporal en un corpus de representaciones que poseen como referente a la especificidad cultural de América Latina. “Raza del porvenir” es una de tales categorías.

Después de haber agrupado alrededor de los diversos componentes algunas de las características principales, trazando así al pasar y en bloque un cuadro vertiginoso de nuestra historia social, vamos a remover ahora las posibilidades que dejan colegir la forma y la esencia de la evolución posible. (Ugarte, 1953, 39).

La confluencia de las mismas fuentes étnicas como la india, la española, la africana y la “resultante criolla”, sumado al aporte de la inmigración hacen de América Latina un continente culturalmente cohesionado por la intersección de tales fuentes. Pero aun cuando aquella confluencia sea el resultado de un proceso histórico de alcance global la unidad cultural constituye una construcción de naturaleza cognitiva y política:

A medida que se expande el pensamiento [aduce el argentino] y se unifica la atmósfera de las diferentes repúblicas, a medida que la ilustración se difunde y surgen hombres de tendencias altas, a medida que nos damos cuenta de nuestra situación general y de los intereses finales, empieza a surgir un alma colectiva, una conciencia continental, que añade una cúspide en el escalonamiento de nuestros patriotismos y crea algo así como un sentimiento nacional nuevo que, elevado por encima de los odios provinciales, resulta lógicamente de la identidad de historia, lengua y origen, casi tanto como de la inferioridad en que se encuentra aisladamente cada uno de los Estados ante las posibles asechanzas del imperialismo. (p. 39).

Consideraciones finales

Aunque las reservas señaladas por la crítica al intelectualismo modernista resulten razonables, huelga aún una discriminación de las diversas fuentes que nutrieron aquella posición. Sin dejar de aceptar las conclusiones de Rama (1984) acerca de las prerrogativas de la ciudad letrada en una época de cierto retraimiento de la legitimidad política, ni los análisis de P. Bourdieu (1983) sobre la situación de clase inherente a los reacomodamientos del campo literario en el momento de la emergencia de su autonomía, se impone distinguir tres fuentes que determinan el cariz del señalado tópico de la literatura latinoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX.

Si bien no hay espacio aquí para explayarse sobre tal discriminación se deja apuntado que frente a las impugnaciones de matriz espiritualista del proceso de modernización en América Latina, que fundan su intelectualismo en la pretendida superioridad de las manifestaciones del espíritu sobre los proceso materiales, así como frente a la caracterización positivista de la atribución científica de evaluación de los condicionamientos raciales para la incorporación exitosa o deficitaria de los diversos grupos sociales al proceso modernizador, se expresa una forma de determinación de la función letrada de rasgos historicistas. Aun cuando esta perspectiva comparte privilegios y algunas categorías con los precedentes enfoques, intenta reconocer el sentido dialéctico de del curso histórico, en cuyas proyecciones los sujetos que expresan alguna forma de subalternidad participan plenamente. Esta última posición se halla encarnada en el pensamiento estético y político de Manuel Ugarte.

 


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[1] “El problema racial era difícil de evadir. Sin embargo, fue precisamente el problema de la raza el que reveló las más grandes fallas de la generación: la tendencia de sus miembros a sentirse pertenecer a una casta superior y su falta de deseos para despojarse de esa superioridad. Aunque el atraso de los no blancos y las razas mixtas era claramente producto de la esclavitud económica, pocos escritores del período parecieron considerar el fin de la servidumbre económica, ni entendían que fuera necesario emprender cambios importantes en la estructura social para que progresaran los otros miembros de la población. En vez de ello, depositaron su fe en soluciones que complacían su autoestima, tales como la inmigración europea (que alteraría la composición racial de América Latina) o la educación, en la que ellos serían los mentores.” (Franco, 1971, 51).

[2] Maíz distingue correctamente, en función de la dilucidación del papel de la literatura en la construcción de las representaciones de lo nacional, el papel que los diversos géneros literarios desempeñaron en Europa y en Hispanoamérica. “(...) dentro de la literatura hispanoamericana es evidente que la función, al menos en el transcurso del siglo XIX, asignada a la narrativa no es la misma que la europea. Otro fue el discurso que tematizó la problemática de la conformación de las nacionalidades. El lugar de la reflexión y la imaginación sobre estos temas lo ocupó el discurso ensayístico. Una función que no perdió con el cambio de siglo, más bien se afianzó en la estructura formada por el género (el ensayo), el horizonte (la modernidad) y el método (la interpretación de la realidad).” (Maíz, 2001, 174).

[3] El título de esta obra sería rápidamente modificado en las siguientes ediciones por el de El porvenir de la América Latina. Se utiliza aquí la edición de 1953.

[4] La impugnación de S. Castro Gómez (1996) al modernismo como un movimiento que profundiza la lógica instrumental de la modernidad en la forma de la redención letrada de la cultura, entre otras razones porque promueve representaciones de una edad de oro en la que se hallan las fuentes de la cultura propia, así como la pretensión de encarnar con ella la expresión de una forma de alteridad absoluta respecto de la modernidad es insostenible respecto de Ugarte, autor al que el colombiano incluye en su caracterización de este movimiento literario, puesto que la manifestación de la identidad continental es considerada por el argentino como resultado específico de una forma de conflictividad configurada por la acción del proceso de modernización en América Latina.

[5] “Esta concentración (de la propiedad de la tierra), que pudiera determinar en el porvenir grandes conflictos, no es ahora tan absoluta a causa de los fraccionamientos que impone la inmigración, pero suscitó en ciertas épocas una variante sui generis de potentados, a los cuales se dio por antonomasia el nombre de criollos. También se ha designado así a los que tienen unas gotas de sangre aborigen. Pero la palabra no puede ser desviada de su verdadera significación. Al hablar de la raza del porvenir, trataremos de saber cuáles pueden ser mañana las características finales del tipo que se acumula. Porque el criollo definitivo no ha nacido aún. Existe el armazón y el perfil flotante, pero todas las fuerzas concurrentes no han cuajado todavía en una personalidad o en un símbolo”. (p. 34).

[6] La noción de “significante flotante” como objeto de una lucha por su apropiación hegemónica ha sido analizada por E. Laclau y Ch. Mouffe. Las luchas libradas en el espacio del discurso por tal apropiación dan cuenta del carácter político de esta forma de intervención discursiva. En la medida en que no existe un único principio que fije todo el campo de las diferencias sociales la sociedad se halla atravesada por una falta estructural que explica la articulación hegemónica de significantes como una práctica política (Laclau y Mouffe, 2004) En consecuencia, “lo ideológico no consistiría en la falsa representación de una esencia positiva, sino exactamente en lo opuesto: consistiría en el no reconocimiento del carácter precario de toda positividad, en la imposibilidad de toda sutura final. Lo ideológico consistiría en aquellas formas discursivas a través de las cuales la sociedad trata de instituirse a sí misma sobre la base del cierre, de la fijación del sentido, del no reconocimiento del juego infinito de las diferencias. Lo ideológico sería la voluntad de “totalidad” de todo discurso totalizante. Y en la medida en que lo social es imposible sin una cierta fijación de sentido, sin el discurso del cierre, lo ideológico debe ser visto como constitutivo de lo social.” (Laclau, 2000, 106).