La frontera: de línea a continente
Carlos González. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez
Ilán Stavans es un joven académico que ha dedicado sus esfuerzos al estudio de la historia cultural de la enorme y diversa comunidad latinoamericana o (como él prefiere llamarla con razón), hispánica en Estados Unidos. Su situación de mexicano emigrado y casi autoexiliado en el poderoso vecino del norte le crea una situación de identidad difusa que se agrava y enriquece por su origen judío. Su condición de doble desplazamiento cultural: judío en México y mexicano en Estados Unidos lo vuelven, desde mi perspectiva, doblemente apto para mantenerse a flote en la turbulenta confluencia de tres ríos culturales poderosos y encontrados: el judío, el mexicano y el estadounidense.
Siempre he pensado que la gente más propensa a las crisis de identidad es también la más alerta y, quizá paradójicamente, la que sueña mejor. El libro La condición hispánica, comienza con la narración de un sueño que me ha fascinado. Según ese sueño, dentro de veinte años un futuro colega mío, el doctor Alejandro Morales III, y desde esta misma universidad para la que yo trabajo, escribirá un libro que habrá de convertirse en un texto fundacional para el entendimiento de la realidad cultural, pero también racial, económica y política del continente americano: Caliban's Utopia: or Barbarism Reconsidered.
Morales explicaba o explicará, de volverse realidad el sueño de Stavans, el nacimiento de una nueva raza: "la arroza de bronce, la raza de bronce de la gente del arroz", producto de la prodigiosa mezcla de hispánicos y asiáticos. Estos arroces bronceados se convirtieron en el sector dominante de la América del Norte, provocando que el último reducto de la idea de la pureza étnica y cultural, desapareciese.
Calibán es anagrama de caníbal. A principios del siglo XVII, cuando Shakespeare escribió La tempestad, fue algo más que un juego de recomposición de palabras: era una clara proyección de la mente colonialista de los ingleses de su tiempo hacia los submundos allende el Atlántico. Calibán es sucintamente descrito en los personajes de La tempestad como "un salvaje y deforme nativo de una isla imaginaria". En esa isla -llamada Bermoothes, quizá por las Bermudas- vive en exilio el noble y civilizado Próspero, Duque de Milán, junto a su hija Miranda. La trama narra las penas sufridas por el Duque en esa antípoda del mundo civilizado al que pertenecía. No obstante su adversa situación, Próspero podrá transformar esa tierra salvaje -sintetizada en el bruto y deforme Calibán, su habitante nativo, a quien en nombre de la civilización habrá de hacerlo su esclavo- gracias a su carácter y a la comprensión de sí mismo como ser superior. Ilán Stavans, ya de regreso de su sueño, sigue perseguido por la alegoría shakespiriana del título de este posible futuro libro y señala:
"Próspero es la voz de la sabiduría y del intelecto que entiende su relación con Calibán como la de un amo con su siervo: uno controla, educa, ilumina, manda; el otro es controlado y educado y se vuelve un siervo del amo."
A pesar de los esfuerzos de Próspero, la transformación de "el otro", nunca será total: su naturaleza incivilizada y su facha horrible siempre serán un peligro.
Pero el libro de Stavans hace mucho más que advertirnos de probables textos del futuro y de invitarnos a leer o releer a William Shakespeare. La tempestad nos propone la narración de la expansión colonial e imperial de Occidente hacia los submundos fuera de la historia. Próspero el civilizado viaja hacia la isla remota habitada por Calibán el bárbaro, para crearle su lugar en el mundo, en la Historia.
Recordemos que más de un siglo antes de que esa historia tuviese lugar, Cristobal Colón había viajado de regreso a España cargando con sus "calibanes" capturados en el Caribe [*] y los había presentado enjaulados. Cuarenta años después, en Valladolid, Juan Ginés de Sepúlveda seguía oponiéndose a la idea utópica sobre la humanidad de los nativos del nuevo mundo defendidos por Bartolomé de las Casas.
Siglos después, Estados Unidos se convirtió en el mayor y mejor de los éxitos de Occidente por expandir los límites de su proceso civilizatorio. Pero a pesar de haber prácticamente exterminado de manera física y cultural a los calibanes locales, de la Nueva Inglaterra a California, el siglo XX les trajo un nuevo Calibán: los inmigrantes provenientes de México, el Caribe, Centroamérica, y en menor medida de América del Sur.
La utopía de este nuevo Calibán no reside en venir a destruir a quien pudiese considerar como destructor, a dominar y a vengarse de quien dominó e hirió. La condición hispánica de Stavans no es una historia de los hispánicos en Estados Unidos: de su sufrimiento, o de la violencia que la cultura anglo dominante ha ejercido sobre ellos. Su libro es un empeño por demostrar que no hay forma de pensar la historia y el futuro de nuestros países si olvidamos a las docenas de millones de compatriotas que viven en aquel país. Pero también, lo vano que resulta pensar a Estados Unidos sin este contingente de culturas, texturas, colores y sabores que es la población que pragmáticamente han llamado Hispanicé people, para diferenciarla de los caucásicos, asiáticos, negros.
Stavans no propone un marco teórico para entender a los hispánicos en Estados Unidos; arma, en su lugar, una estrategia intelectual y propone -se me antoja- un estado de ánimo para hacer preguntas pertinentes y lanzarse a buscarles respuestas abiertas, complejas, no conclusivas, divertidas incluso. ¿En qué es diferente un inmigrante latinoamericano a otro europeo? ¿Es la mismo pertenecer a la minoría hispánica que a la negra o la asiática? ¿Hablar castellano es suficiente para que los hispánicos o latinoamericanos se consideren a sí mismos como un todo unificado? ¿Cuáles son los lazos que se mantienen con los hermanos y compatriotas al sur del Río Bravo? y de estas grandes preguntas, Stavans saltará a otras de precisión. ¿Se puede seguir escribiendo literatura mexicana o cubana o salvadoreña en Estados Unidos? ¿Qué papel juega el bilingüismo entre las distintas comunidades nacionales de los hispánicos en ese país? ¿Hay una singularidad en las actitudes y movimientos de los homosexuales latinos en aquel país? Stavans no responde a cada una de estas preguntas; crea, como señalé, un marco intelectual flexible que intenta descubrir las tensiones de una minoría que es, al mismo tiempo, similar y diferente, que tiene "...una abundancia de historias, unidas a una raíz común, pero con tradiciones definitivamente diferentes ".
Para ello, Ilán Stavans recurre a rastrear en los legados intelectuales y artísticos hispánico-norteamericanos y latinos: literatura histórica, obras de ficción, artes visuales, cine y teatro. Estos legados, no sobra decirlo, serán los producidos por las culturas latinoamericanas tanto en Estados Unidos como en sus países. Así el fenómeno transfronterizo va complicando la definición de frontera en ambos sentidos: norte-sur / sur-norte, y también en ambas acepciones: border y jrontier.
Por la anterior, José Martí, Eugenio María de Hostos, José Enrique Rodó, José Vasconcellos y Alfonso Reyes formarán parte de la raíz de esta diáspora latinoamericana en Estados Unidos. Igual sucederá con los muralistas Orozco, Rivera y Siqueiros; el discurso errático y vengador del cómico Cantinflas; las luchas reivindicativas de Joaquín Murrieta, Gregorio Cortés y César Chávez, así como las de Ricardo Flores Magón, Emiliano Zapata, Pancho Villa o aun los neo-zapatistas de fin de siglo. De igual manera, Stavans se detiene para advertir la enorme importancia de los medios de comunicación en castellano como herramientas para reforzar la lengua, la presencia tanto de, la cultura popular como la del espectáculo meramente comercial provenientes de México, Panamá, República Dominicana, Guatemala, Ecuador o Argentina. Particularmente la radio y la televisión ofrecen fascinantes y divertidas muestras de un castellano hablado con entonaciones y modismos diferentes.
La condición hispánica, leído como un texto de historia cultural de Estados Unidos, no deja dudas: el siglo XX estadounidense es un siglo con un fuerte sabor latinoamericano, aunque esta presencia haya sido negada o subvalorada, en el mejor de los casos. Piénsese sencillamente en el desconocimiento -políticamente calculado- de la participación de los latinoamericanos en los ejércitos estadounidenses, desde la Guerra Civil hasta la Guerra del Golfo. Hoy, a fuerza de una realidad que insiste testaruda en ser reconocida, el ciudadano estadounidense anglo comprende que San Antonio y Los Angeles son ciudades mexicanas, así como Miami y Nueva York son urbes caribeñas.
Pero Ilán Stavans ha escrito también un libro de historia cultural latinoamericana que analiza las distintas etapas de la presencia de esta minoría en Estados Unidos, desde la tradición popular, que canta corridos a héroes populares como Joaquín Murrieta y Gregorio Cortés -que desde su condición de forajidos o renegados, desafiaron las injusticias y el abuso de poder de las autoridades y la justicia estadounidenses- hasta los luchadores sociales Reyes López Tijerina y César Chávez, que hicieron públicas las demandas de la comunidad méxico-americana durante los convulsos años para la reivindicación de los derechos civiles de otras minorías. Stavans insistirá no tanto en narrar estos episodios de guerra con los anglosajones, sino en las transformaciones que en la percepción de su situación como minoría han experimentado los propios latinoamericanos.
Esta percepción que los hispánicos han desarrollado y documentado sobre su condición, sus identidades y fortalezas culturales en Estados Unidos, ha ido moviendo su centro de gravedad conforme su presencia se ha ido imponiendo más que aceptando. Durante buena parte del siglo XX, la naturaleza de lo hispánico nutría y se nutría al mismo tiempo de una oposición sistemática a la cultura dominante al norte del Río Bravo que afirmaba la necesidad de no contaminar la tradición y la cultura originales. Esta forma de fundamentalismo desarrolló su propio marco conceptual y a sus intelectuales orgánicos, que impulsaron entre otros movimientos el de la "estética de la resistencia" o la historiografía chicana. Su dimensión política nunca se trató de ocultar, pues su intento era la incorporación de la agenda hispánica en el movimiento de los derechos civiles durante los años 60.
Pasada la beligerancia de esa turbulenta década, los latinos -señala Stavans- han cambiado su estrategia. Su lucha ya no es de fuera hacia dentro, sino de dentro hacia fuera; se asumen así como parte del mosaico étnico-cultural estadounidense. Son latinos y son estadounidenses, y no resistirían ninguna prueba que intentase medir pureza cultural. No obstante, los hispánicos y muchos de sus artistas, intelectuales y líderes de hoy, no asumen esta confusión como una debilidad. Han ido asumiendo de manera consciente que esta identidad ambigua y laberíntica es su "rúbrica cultural", y ello significa un escenario político menos desigual para negociar y acceder a mayores espacios de poder y desarrollo.
Conforme Estados Unidos baila más frecuentemente a ritmos de salsa, merengue, cumbias y música de banda, y se acostumbra a incorporar a sus gustos gastronómicos la comidas mexicana o antillana, la frontera pierde rigidez, se mueve. Los ritmos y sabores latinos ya no están sólo en Guadalajara, Bogotá, Santo Domingo y San Salvador; son también característicos de Miami, Nueva York, Chicago, Los Angeles y San Antonio. Son ciudades cuya cultura y composición demográfica retan a diario a quien considere que el continente latinoamericano o el Tercer Mundo comienzan en Tijuana, Ciudad Juárez o Matamoros.
Los latinos o hispánicos que viven en Estados Unidos han ido haciendo algo que a los latinoamericanos que vivimos en nuestros países de origen nos parece difícil de entender, o que consideramos incluso aberrante: la construcción pragmática de su identidad. Para muchos que hemos crecido en una tradición de que la identidad y la nacionalidad son atributos pétreos e inamovibles y que están prácticamente fuera de la historia, la experiencia de nuestros paisanos en Estados Unidos nos muestra la esencia instrumental e histórica de las identidades (culturales y nacionales) .Los hispánicos han escrito un guión para su identidad, tal como lo hacen el resto de la minoría en una sociedad multiétnica. Estamos, en los hechos, frente aun muy novedoso ciclo de comunidades imaginadas de cara al siglo XXI, que bien podría interesar a Benedict Anderson.
En su sueño, Ilán Stavans abría el libro Caliban 's Utopia y encontraba que todas sus páginas estaban en blanco. En este aparente absurdo y en esta paradoja reside el optimismo del autor: hay una creciente calidad y cantidad en los elementos que nutren la condición hispánica, ya que éstos no sólo son producidos en Estados Unidos sino que los sazones siguen llegando del sur de la frontera. Los hispánicos han redefinido la frontera y crecientemente la entienden como "un estado mental, un abismo, una alucinación cultural, una invención" .Esta situación, lejos de preocupar, es fuente de iluminación. La confusión, dice Stavans, una vez reciclada, se vuelve efusión y reforma; y esa situación, lejos de mantener a los hispánicos como una minoría marginal y en condición de eternos mutantes, está transformando a Estados Unidos y lo convertirá con el tiempo en un país radicalmente distinto. Mientras tanto, nos confiesa divertido el autor, "estamos experimentando un renacimiento y la pasamos muy bien al decidir ser indecisos".
[*]El propio Stavans comenta que el Calibán shakesperiano deriva de la palabra Caribe.