Reseñas

«Dos Méxicos», uno más olvidado que otro

David. R. Maciel (coordinador). El México olvidado. La historia del pueblo chicano.
Ciudad Juárez, México. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y
The University of Texas at El Paso, 1996. [2 volúmenes; 388 y 574 pp.]
Colección Sin Fronteras [ISBN 968-6287-81-5].

Ricardo León | Universidad de Ciudad Juárez, México

 

El México olvidado es una recopilación de materiales escritos en su mayoría entre 1980 y 1993 que tiene la intención de abrir puertas y definir rumbos para la investigación histórica y sociológica sobre el pueblo chicano, ese segmento de la población de Estados Unidos que tiene sus orígenes en la república de México.

En los últimos treinta años, la producción historiográfica sobre los chicanos ha tenido sus altibajos. Entre 1970 y 1979 se produjo más de la mitad de las obras que sobre la materia se han escrito en las últimas tres décadas del siglo XX. Ni antes ni después se ha tenido el mismo empuje en cuanto a publicaciones se refiere, es por ello que el trabajo coordinado por Maciel empieza a llenar un hueco.

Indiferentes a los mexicanos y despreciados por la sociedad estadounidense, los chicanos han pretendido ser considerados por unos y otros. Al mismo tiempo, han pretendido crear una imagen de sí mismos que les permita lograr aglutinarse como colectivo identificado y de esa manera alcanzar sus derechos dentro de Estados Unidos. Para los mexicanos en México, ser chicano es ser "pocho", un individuo que reniega de sus raíces y pretende ser "gringo", sin lograrlo.

Para la mayoría de los habitantes de Estados Unidos, la masa amorfa y heterogénea de pobladores de origen latinoamericano y español no es más que "Hispanic-American" o "hispanos", término adoptado por los mismos descendientes "latinos" que se han apoderado de los medios masivos de comunicación destinados a este segmento demográfico que cuenta con casi 30 millones de individuos.

Los datos arrojan las encuestas censales son dramáticas para la población denominada hispánica: representan poco más del 11 % de la población total; el 56 % nació en territorio de Estados Unidos; el 36% tiene menos de 18 años de edad; el 9 % de los que tienen 16 años o más, se encuentran desempleados; el 26 % de los "hispanos" viven en condiciones de pobreza. ¿Quiénes son esos famosos "hispanos"? Según la misma oficina del Censo de Estados Unidos, dentro de su clasificación de Hispanic Population se incluyen principalmente los habitantes de latinoamericano [*].

Aun así, la propuesta de homogenización discursiva a través de los términos "hispano" o "latino" encuentra voces todavía tímidas que buscan obtener un trato diferenciado de acuerdo a sus orígenes. En este caso, la población de origen mexicano en Estados Unidos ha adoptado el término chicano para identificarse y diferenciarse. Mientras a principios del siglo XX "chicano" tenía connotaciones peyorativas, hacia los años 60 este vocablo se adoptó como forma de identificación y lucha.

Por otra parte, la indiferencia mexicana hacia los mexicanos y descendientes de mexicanos en Estados Unidos es patética. Debemos dejar en claro que la población mexicana en su vecino país norteño tiene varios orígenes. En primer lugar, están los descendientes de aquellos habitantes del territorio perdido por México a partir de la guerra contra Estados Unidos en 1848. Están además los hijos y nietos de los mexicanos que desde algunos años antes de la primera guerra mundial cruzaron la frontera para apoyar las actividades agrícolas que se desarrollaban con gran ímpetu en el oeste norteamericano y que de manera casi ininterrumpida fueron contratados de manera legal durante medio siglo. Pero existe también la inconmensurable masa de trabajadores mexicanos que llegaron de manera ilegal a los Estados Unidos y que permanecen allá con la angustia permanente de que en cualquier momento pueden ser arrestados y deportados (se calcula que son alrededor de 10 millones).

En México existe un resentimiento un tanto inconsciente hacia la mayoría de todos esos mexicanos y descendientes de mexicanos. Se les supone traidores que han preferido huir de la miseria y la falta de oportunidades antes que ayudar a construir una mejor sociedad. Se les considera extraños por aceptar los valores de la American way of life en lugar de la tradicional vida apacible de la campiña mexicana. Pocos se acuerdan de ellos: las familias que en conjunto reciben millones de dólares anuales producto del ahorro de los miserables jornales que se les pagan por trabajar de manera ilegal; las compañías que se dedican a hacer los traspasos de dólares desde Estados Unidos hacia los pueblos en los que falta todo, menos la oficina de cambio de divisas; los políticos mexicanos solamente en tiempos de campaña electoral y pretenden hacer votar a los nacionales ubicados en el extranjero; las autoridades que tratan a toda costa que el gobierno estadounidense no vaya a emprender una política de deportación masiva de ilegales puesto que dislocaría la ya de por sí débil economía mexicana.

La antología que ahora comentamos, es producto de las necesidades de un grupo de intelectuales chicanos que desde los años 70 comenzaron a formar centros de investigación en diversas universidades del suroeste de Estados Unidos. La producción bibliográfica de chicanos sobre los mismos chicanos había sido muy corta; más aún, la demanda de los propios chicanos para romper con la indiferencia mexicana hacia su problemática existencia tiene una respuesta en este esfuerzo de coordinación de David Maciel, un historiador chicano formado tanto en Estados Unidos como en México, quien utilizando sus redes de relaciones académicas logra conjuntar una serie de ensayos que invitan a introducirse a lo que ha sido, es y tiende a ser el pueblo chicano, desde una amplia gama de puntos de vista.

La primera parte de la antología versa sobre el proceso de formación de una comunidad "extranjera " en lo que había sido su propia tierra, desde el inicio formal de las hostilidades entre la población anglosajona de Tejas y el gobierno de la República Mexicana en la década iniciada en 1830 hasta los albores de la interminable diáspora de miserables campesinos mexicanos hacia los campos mineros y de cultivo del suroeste de Estados Unidos durante la primera década del siglo XX.

Destacan en el primer volumen los trabajos de Rodolfo Acuña ("El legado de odio: la conquista del sudoeste de los Estados Unidos"), que trata de desmitificar la concepción estadounidense sobre una adquisición pacífica de territorios despoblados e insiste en el carácter colonial de su ocupación. Agustín Cué Cánovas ("El despojo de tierras"), Américo Paredes ("Los rurales de Texas"), Carlos Cortés ("El bandolerismo social chicano"), Mike Webster ("Juan N. Cortina, defensor de La Raza") y Robert Rosembaum ("Las Gorras Blancas, ejemplo de resistencia chicana en Nuevo México") consideran que al menos durante las primeras décadas de esa ocupación colonial ala que se refiere Acuña, el punto central del conflicto, más que racial, es agrario y se extiende desde Tejas hasta California. Pero al mismo tiempo que existe la relación de despojo y explotación, los chicanos del siglo XIX comenzaron a organizarse para enfrentarse ala nueva situación de acuerdo a las reglas del juego marcadas por la tradición norteamericana, como lo demuestran David Weber (" Asimilación y acomodamiento"), Juan Gómez Quiñones ("Sociedad y clase obrera") y Martín González de la Vara ("La historia política de los chicanos de Nuevo México, 1848-1912"). Al finalizar el primer tomo, nos encontramos con los trabajos muy sugerentes de Ricardo Romo, Pedro Castillo y Louise Año Nuevo de Kerr en los que se marcan los inicios de la ocupación chicana de los espacios urbanos, para crear comunidades citadinas de gran importancia política y económica en Los Ángeles, Chicago y la franja fronteriza con México justo antes de iniciar la Gran Guerra.

El tomo segundo de la obra está centrado en los distintos procesos de formación de la conciencia del "ser chicano" y las formas de lucha, políticas y culturales, a lo largo del siglo XX. Comienza con lo que podríamos interpretar como el reclamo que hace la comunidad chicana ala indiferencia de México hacia sus congéneres. Es un intento por reafirmar las bases mexicanas del pueblo chicano, no son españolas ni indias, son sin duda mexicanas, independiente- mente de lo que ello pueda significar. Arranca este propósito con el intento de Victoria Lerner de demostrar la influencia política de los exiliados mexicanos en Estados Unidos durante la revolución de 1910-1920. Juan Gómez Quiñones hace un balance a largo plazo de las relaciones entre México y la comunidad chicana desde la formalización de la nueva frontera en 1848 hasta 1980 concluyendo que la agenda bilateral entre México y Estados Unidos cada día estará más influida por las opiniones de los chicanos, al menos ese es su deseo expresado y forma parte del reclamo del México olvidado. Remata la sección el propio coordinador de la obra, David Maciel, cuando afirma que el movimiento cultural chicano es producto de la lucha de este pueblo por construir su propia identidad dentro de un ambiente siempre hostil y, de igual manera que Gómez Quiñones, reitera que la resistencia política y social de los chicanos está avalada religiosa, política y culturalmente por el apoyo de los mexicanos en México.

El grueso de la comunidad chicana en Estados Unidos ha sido y es de extracción campesina y obrera. En números relativos, sólo una minoría ha lo- grado la tan ansiada movilidad social hacia los estratos que significan el ejercicio del poder económico y político. Es por ello que una parte importante de la obra está dedicada al movimiento obrero chicano, iniciado a partir de la ocupación de la mano de obra de origen mexicano en la industria norteamericana a partir de la Gran Guerra, proceso consolidado durante la Segunda Guerra Mundial. Esto ha significado el desplazamiento masivo y definitivo de los chicanos desde el sector agrario hacia las actividades de transformación. Los individuos de origen mexicano en el sector primario son aquellos que recién llegan, sobre todo de manera ilegal, a ocupar los puestos con menores salarios, a ejercer las labores más pesadas, que requieren de menor capacitación y que, además, representan las peores condiciones de empleo y de vida. Esta sección de la antología se liga con la parte final del primer volumen cuando se explicaba la apropiación de los espacios urbanos por parte de los chicanos.

El grueso del segundo volumen es la declaración quizás involuntaria de que el movimiento chicano es más que nada una expresión urbana. Es cierto que se incluye un breve trabajo de César Chávez, líder de los trabajadores agrícolas mexicanos (¿chicanos? de ninguna manera) en los años 60. Los capítulos dedicados a explicar el movimiento obrero, la lucha política, el movimiento chicano propiamente dicho y el florecimiento cultural chicano no dejan lugar a dudas: el pueblo chicano es aquél que ocupa barrios enteros dentro de los conglomerados urbanos, el que labora en las fábricas, en los restaurantes, en los almacenes o en las actividades de la economía subterránea. El campo se ha ido dejando a los que alcanzan a cruzar la frontera a pesar de los intentos del gobierno de los Estados Unidos por detener la inmigración ilegal.

Lo anterior no descalifica al movimiento chicano, no le resta méritos ni desautoriza las justificaciones para seguir el intento de construcción de una identidad propia y en constante enfrentamiento con la oleada cultural de la sociedad estadounidense. Lo que deja mirar al adentrarse el lector en el segundo volumen es que el discurso chicano es excluyente, pretende el reconocimiento de la comunidad anglosajona y de los mexicanos en México, pero los mexicanos que día a día llegan a engrosar las filas del empleo sucio y mal remunerado quedan fuera. Los chicanos buscan el reconocimiento "de afuera", de los sectores que tomen las decisiones más importantes en Estados Unidos y en México. Los recién llegados, los que abandonaron el terruño para mendigar una primera oportunidad en el mercado laboral de los Estados Unidos, tendrán que pagar su cuota de sangre y sufrimiento antes de poder ser aceptados como parte de la comunidad chicana. Serán incluidos en el discurso de reafirmación de la identidad chicana en tanto permitan que se les siga considerando para las estadísticas... y nada más.

 


[1] «Persons of Hispanic origin, in particular, were those who indicated that their origin was Mexican, Puerto Rican, Cuban, Central or South American, or some other Hispanic origin. It should be noted that persons of Hispanic origin may be of any race». (US Census Bureau, «The Hispanic Population in the United States: March 1993, Current Population Reports, Population Characteristics", Series P 20-475). Como podrá notarse, en la misma definición hay demasiadas ambigüedades que van desde cualquier origen nacional hasta el «concepto racista de raza»