Zapata después de Womack. Dos nuevas historias del zapatismo
Carlos González-Herrera | Departamento de Humanidades, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez
Suele referirse a los tristes acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 como la "pérdida de la inocencia" de la sociedad estadounidense, refiriéndose al despertar a una pesadilla: la del terrorismo en casa, de la enorme vulnerabilidad de su vida doméstica. La década de los años sesentas del siglo XX sirvió de escenario para otra pérdida de la inocencia, al ver fallar a su país como el eficiente melting pot cultural que creían ser, y también al atestiguar cómo la fanática guerra contra el comunismo, no sólo desangraba a una nación pobre como Vietnam, sino que fracasaba militarmente y en sus intentos por crearle un consenso dentro de los Estados Unidos.
La lucha por los derechos civiles protagonizada por las minorías afroamericana, mexicoamericana y por las mujeres y las notables manifestaciones en contra de la guerra en Vietnam, crearon un ambiente único para la vida política, cultural y académica en ese país, que además observaba con atención y entusiasmo los movimientos sociales latinoamericanos que se reconocían en el espectro de las ideas marxistas-leninistas-maoístas y aún de la teología de la liberación. La estrella indiscutible entre todos ellos: la Revolución Cubana.
Es en ese escenario de nuevos paradigmas que John Womack (1937- ) estudió su doctorado en la Universidad de Harvard y realizó la investigación con la que prepararía la tesis (1965), base del que sería su célebre libro. Pero no fue el notable movimiento campesino del estado de Morelos, que convertido en ejército se unió a la Revolución mexicana en 1911 encabezado por Emiliano Zapata el primer objetivo de estudio del joven Womack; fue la convulsionada Colombia la que primero atrajo su atención. Después de varias décadas de estabilidad, el tejido social colombiano fue desanudado, al inicio de los años cincuenta, por una guerra de guerrillas campesina, movimientos estudiantiles y un faccionalismo político feroz que sumieron al país en el llamado periodo "de la Violencia" facilitando el acceso al poder de la dictadura militar que encabezó el general Gustavo Rojas Pinilla.
Es difícil juzgar si fueron los riesgos de hacer trabajo de investigación por aquellos años en Colombia o la desilusión de no encontrar a un personaje hipnotizante por "descubrir" lo que hace poner su atención, a fines de los años sesenta, en Emiliano Zapata, el más importante líder campesino de la Revolución y de la historia de México. Para entonces, la memoria de Zapata y del zapatismo habían sido prácticamente secuestrados para el uso exclusivo de los gobiernos postrevolucionarios del otrora invencible Partido Revolucionario Institucional, no obstante la utilización que de la figura de Zapata hicieron movimientos guerrilleros como el de Rubén Jaramillo entre 1960 y 1965.
Sin menospreciar el notable libro de don Jesús Sotelo Inclán, Raíz y
razón de Zapata, aparecido en 1943, es con la aparición en 1969 de Zapata
and the Mexican Revolution de John Womack que es fue posible
volver a pensar a Zapata fuera del panteón oficial de los héroes nacionales.
Como nadie hasta entonces, Womack leyó la literatura disponible sobre el
tema, peinó archivos, y vio material gráfico y cinematográfico. Gracias
a ello y a su enorme talento, fue capaz de crear, con una narrativa bella
y poderosa, un fresco monumental sobre el movimiento zapatista. Ofreció
al público lector una visión en la que el zapatismo aparecía en el contexto
nacional sin descuidar una visión integradora del papel de Zapata, el resto
de los líderes y las masas campesinas, involucradas o no en la Revolución.
La lectura del Zapata de Womack salió de las aulas universitarias de México y los Estados Unidos. De alguna manera se convirtió en un best seller, y fue cobrando influencia en el medio cultural y político de ambos países.. Pronto Womack se volvió paradigma y sus límites fueron él mismo. Cual árbol gigante de sombra inmensa cubrió y amparó a todos los estudios sobre el tema realizados durante casi 25 años; otros muchos fueron inhibidos por la fuerza aplastante del texto "gurú". Para qué escribir otro libro sobre Zapata si ahí está el Womack que es insuperable, solía comentarse en los centros de investigación de los dos países. Un cuarto de siglo después dos historiadores dejaron de pensar así: el estadounidense Samuel Brunk, y el mexicano Felipe Ávila decidieron embarcarse en la aventura de retar al mito y escribir nuevas historias sobre el Zapatismo.
En 1995 aparece el ¡Emiliano Zapata! Revolution and Betrayal in Mexico de Samuel Brunk. El autor, por entonces de 36 años, se formó en un ambiente intelectual completamente diferente y con acceso a nuevas fuentes documentales y mejores condiciones para el trabajo de investigación. No obstante es de reconocer su arrojo al lanzarse al ruedo estadounidense del zapatismo que hasta entonces sólo conocía las artes de Womack.
Educado en la Universidad de Nuevo México después de la caída del muro del Berlín, en plena desaparición del bloque socialista soviético y durante una época de destierro del pensamiento marxista de los ambientes universitarios -que en muchos casos fue suplantado por ingenuos apoyos y devaneos a "las causas" latinoamericanas-, Brunk escribe lo que pretendió fuera una biografía política de Emiliano Zapata ya que, según sus palabras, tanto Sotelo Inclán como Womack habían minimizado "la importancia de las acciones y elecciones individuales … [ sosteniendo que]… Zapata más que una persona es el representante perfecto de los sentimientos populares".
Brunk está distanciado de Womack no sólo en el sentido generacional. La lucha por los derechos civiles de los sesenta, Vietnam, la guerrilla latinoamericana, la Revolución Cubana y el 68 no forman parte sus referentes anímico y cultural. Además, Brunk como la mayoría de su generación, transitan el mundo académico sin arquetipos teóricos que los aten, pero que también los fortalezcan. Congruente con su propuesta de sacar a Zapata de la bruma del mito, Brunk encontró una ayuda de viaje adecuada en Max Weber, para alejarse así de los excesos del populismo nacionalista, del marxismo y de los estudios antropológicos que hasta entonces nutrían los estudios sobre el campesinado del estado de Morelos y del zapatismo que sólo veían comunidades y colectivos igualitarios y libres de contradicciones internas.
La tesis principal que recorrerá el libro de Brunk sostiene que no había nada en la naturaleza del zapatismo que lo condenara, sin remedio, a la derrota. En un extremo de la propuesta, Brunk demuestra con argumentos que convencen, que Zapata no fue ese revolucionario –narrado por Womack- que de tan congruente y puro, se volvió intransigente. Por el contrario, los años 1911 y 1912, de muestran que era un revolucionario tan pragmático como el legendario revolucionario norteño Francisco Villa, que realizó elecciones estratégicas y fue en esa capacidad que siguió opciones que los llevaron a ejercer un liderazgo de nivel nacional muy poco exitoso y a desarrollar una diplomacia fallida con el resto de las facciones revolucionarias. Fue la utilización de los llamados "asesores urbanos", que ideológicamente eran más radicales que Zapata, los que condujeron al movimiento hacia la intransigencia y lo orillaron a un ostracismo regional. Fueron pues, las elecciones voluntarias de Emiliano Zapata las que hicieron que a mediados de 1915, el zapatismo empezara a declinar sin que el carisma o el liderazgo de su líder pudieran hacer algo.
En el otro extremo de su tesis, Brunk señala que tampoco había nada en la naturaleza de los opositores del zapatismo que les hubiese impedido llegar a un acuerdo con los campesinos en armas. Vista a la distancia la década revolucionaria mexicana (1910-1920), da cierta razón al historiador estadounidense: 1914 hubiera sido un año clave para lanzar una estrategia de alianzas ya que ninguna de las facciones era suficientemente poderosa y al menos dos de ellas, hubiesen visto con ojos de interés una negociación con el Zapatismo, la de Pancho Villa, que controlaba una buena parte del norte de México y contaba con simpatías del gobiernos estadounidense, y la de Venustiano Carranza, que finalmente resultaría vencedora. Brunk, como en un juicio, reúne pruebas, las analiza y juzga: Zapata hizo una elección miope, dejó que un lugarteniente, Manuel Palafox, llevara la jugada e impusiera la línea antidiplomática, sellando así el destino del movimiento.
El libro de Felipe Ávila es también una historia de arrojo y valentía y para que no queden estos calificativos colgados como medallas sin valor, empecemos por señalar que la importancia de Womack y su libro en nuestro país, son infinitamente superiores a la que tienen en los Estados Unidos. En México su influencia proviene, además de sus evidentes méritos académicos, de esa atrayente y perversa mezcla entre el medio intelectual y el poder político. Durante la década de los ochentas, Womack se convirtió en uno de los intelectuales favoritos de la élite gobernante mexicana alcanzando su momento culminante durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, quien fue su alumno en la Universidad de Harvard. Así pues, el respeto que merece un libro tan bello y sólido como el Zapata y la Revolución Mexicana, de alguna forma se envileció por el secuestro de Estado que experimentó su autor, y contra el que no mostró oposición importante. En ese marco decidir la escritura de una historia general del zapatismo, cuya primera parte es Los orígenes del zapataismo, representa en mi opinión un evento historiográfico que merece reconocimiento.
Con una formación mezclada de sociólogo e historiador, Ávila enfrenta al zapatismo con unas propuestas teórica y metodológica más complejas que las ofrecidas por Brunk. En primer lugar no hay una renuncia a la utilización del marxismo como herramienta para el análisis de las contradicciones sociales, que enriquece con ideas de la economía moral de James Scott, para el análisis de las comunidades campesinas, y una muy sopesada inserción del movimiento zapatista en la pista del largo plazo, a la que Ávila entiende correctamente como la formación del Estado-nación mexicano.
El libro de Ávila tiene la virtud de desvelar al lector del fenómeno zapatista, las dos "ilusiones" creadas por Womack y por Brunk 25 años después. Zapata no fue ni el revolucionario intransigente y símbolo inmaculado de la liberación de las masas rurales (imagen rescatada con gran imaginación por el sub comandante Marcos, líder del zapatismo chiapaneco de fin de siglo XX), que termina produciendo el libro de Womack, pero tampoco la cabeza de una rebelión campesina incapaz de articular una propuesta nacional y de un movimiento social contradictorio, violento y finalmente conservador, que se llega a leer entrelíneas en la obra de Brunk.
Los orígenes del zapatismo, resulta una afortunada apuesta por la reconstrucción, integral y "desde abajo", de un movimiento social masivo emblemático, como pocos, de las luchas campesinas del último siglo. Propuesta intelectual que emparenta al texto con aquéllos de James Scott o Alan Knight, pero que también lo ubica en la muy compleja discusión sobre el carácter subjetivo de los actores de las revoluciones que planteara de manera magistral Barrington Moore en Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia. ¿Cómo decidieron los campesino del estado de Morelos dar el salto al vacío, inventando su propia revolución y creando juntos el zapatismo? Parece ser el fantasma que guía a Felipe Ávila y lo llevará a contradecir abiertamente a todos aquellos que consideraron y consideran que el campesinado es incapaz de articular una propuesta propia de sociedad, de nación y de Estado.
Para quienes pudiesen pensar que la de Ávila es una reconstrucción populista, romántica o voluntarista del movimieno zapatista, permítaseme aclarar que uno de los valores fundamentales del libro es precisamente equilibrar el evidente acuerdo y entusiasmo por las causas que defendió Zapata –y que defendería si viviese- y un análisis riguroso de las evidencia históricas que le permite mostrarnos que si bien el zapatismo fue un movimiento de masas, nunca hizo que la totalidad de la población luchase a su lado, o simplemente coincidiese con su espíritu; aún más, hubieron formas de organización social popular que se opusieron con las armas al zapatismo, entre otras cosas por la existencia de líderes abusivos que saquearon aldeas y villas abusando de su poder y violentando la dignidad de comunidades completas. Ávila tambien hace un claro deslinde de las posiciones populistas, presentes en prácticamente toda la historiografía del tema incluído Womack, al rechazar las apreciaciones que se habían hecho relativas a la total pauperizacion de las comunidades campesinas del estado de Morelos y a la tendencial desaparición de los pueblos y las pequeñas propiedades a manos de las grandes haciendas azucareras.
El rescate holístico que logra Ávila de la sociedad rural morelense, nos deja ver como la tierra y el problema agrario, si bien eran los núcleos de su vida diaria y de sus pesares e inconformidad, fueron en realidad ejes articuladores de una realidad de enorme complejidad, que incluía la defensa de una forma de organización social, de defensa de recursos naturales, y de la dimensión política, cultural y aún moral de los agravios recibidos por los terratenientes y por las imposiciones que conllevó el fortalecimiento del Estado nacional. La incorporación de la lucha zapatista a la Revolución Mexicana iniciada en 1910, fue la manera en que una batalla de muy vieja historia se potenció en una coyuntura de carácter nacional y con repercusiones internacionales. De hecho, mucho antes de haber zapatismo, había una lucha por el reestablecimiento de una justicia social fracturada.
No resulta vano invitar al público de cualquier latitud, a leer esta obra que, en palabras de su autor, es el primer volumen de una historia general del zapatismo. Me parece que se encontrarán con muchas pistas del México de nuestros días y de la conflictiva realidad de muchos otros países que son incorporados con tanta violencia y en condiciones de extrema y peligrosa desigualdad al mundo global. El zapatismo, surgido hace casi un siglo, se mantiene como un momento protagónico de resistencia de los más débiles. Quizá por ello en 1994, su nombre fue adoptado por los rebeldes de Chiapas que muchos consideran es la primera revolución de la posmodernidad.
Al término de la lectura de estas dos nuevas historias del zapatismo original, queda la idea de que se deja todavía que la presencia de Womack, ponga obstáculos. Hay uno notorio en mi opinión: Brunk y Ávila, sus libros, no dialogan como debieran. Sirva esta reseña como reconocimiento a ellos que, por separado, rompieron el tabú.
John Womack Jr. Zapata y la Revolución Mexicana, México: 11ª edición en español, Siglo XXI Editores, 1980 [1ª edición en inglés 1969]. 443 pp.
Samuel Brunk, ¡Emiliano Zapata! Revolution and Betrayal in Mexico. Albuquerque: University of New Mexico Press, 1995. 360 pp.
Felipe Arturo Ávila Espinosa, Los orígenes del zapatismo, México: El Colegio de México-Universidad Nacional Autónoma de México, 2001. 332 pp.
Sam Bunke Dr. John Womack