VIAJE DE ESTUDIOS
(Habla C.)
El aire es de cristal y la ciudad
está guardada dentro de una urna.
Inútilmente alargo la mano hasta tocar
su superficie satinada.
Y esa luz en los techos de los coches:
élitros bajo el sol filtrado entre los árboles.
Ahora todo está desenfocado.
Mis recuerdos operan, no sobre la experiencia directa de las cosas,
sino sobre recuerdos anteriores,
y las imágenes que guardo
de la ciudad no son de la ciudad,
sino meros reflejos de reflejos,
la foto que se superpone
a la imagen real de lo vivido,
la rosa que es la rosa que es la rosa.
Y he perdido las fotos como perdí mi infancia.
Y ya no soy quien era entonces.
Y si me acuerdo ahora de París
(aquellos élitros que destellaban
bajo las ancas poderosas
de la Torre –Bergère ô tour Eiffel–)
es porque ya mi infancia se me ha borrado igual;
es porque ya cumplí los dieciséis;
es por la lejanía de mis padres
y sus abrumadoras convicciones
y su asfixiante intimidad
y sus cenas con vino
y sus extenuantes confidencias,
y su decirme cómo era,
cómo tiene que ser, París,
donde nunca han estado.
